Los comienzos.

 


Hacía varios meses que no quedaba con Manuel a solas, y si no fuera porque Leo tiene esa capacidad para aparecer cuando menos te lo esperas, lo habría conseguido el pasado martes. Manuel llegó con su acostumbrado paso lento. Parece que flota cuando estira la pierna para avanzar, parece que no pesa y que todo el suelo que pisa está mullido como los parques infantiles modernos. Me quedé mirándolo para verlo llegar, pues pienso que la forma en la que alguien llega influye en el tiempo que se queda. Y yo a Manuel lo quiero tener cerca todo el tiempo que pueda. Cuando sólo unos pocos metros lo separaban de donde yo estaba sentado, me sonrió con dulzura y empezó a quitarse los cascos que tan bien le tapan las orejas. Con la misma sonrisa, que es una mezcla tibia entre dulzura y alegría, me saludó:

— Hola, ¿cómo estás?

— ¿Qué dices, Manuel? Aquí estamos, terminando de esperarte.

Separó una de las sillas sin hacer ruido, pues parece que todo lo que hace Manuel está bañado en un mutismo encantador. Más encantador si cabe cuando descubres qué sonidos despliega cuando coge un instrumento, y da igual cual sea. Se dejó caer en la silla mientras estiraba el brazo para llamar la atención del camarero, que estaba distrayéndose con los chistes de otro cliente un par de mesas más allá. Se dio cuenta y de un salto se plantó frente a nosotros.

— Un café con leche, por favor.

— ¿Algo más? — dijo el camarero mirándome a mí con las manos en la espalda.

— A mí otro — dije cuando me percaté que el que me estaba tomando estaba ya a puntito de agotarse.

— Serán dos — dijo el camarero, que giró sobre sus tobillos grácilmente antes de volver adentro del bar.

Leo llegó unos veinte minutos después. Su voz nos llegó ascendiendo por una de las calles que desembocan en la catedral. Ese timbre cantarín y siempre alegre iba acercándose saludando a todo el que se encontraba hasta que se topó de frente con nuestra mesa. A Leo se le agrandaron esos preciosos ojos azules y vino directo a hacia nosotros y con toda la confianza del mundo se acercó una silla para sentarse al calor de nuestra conversación. Ambos, Manuel y Leo, se saludaron mutuamente y pude apreciar los matices que distinguían ambas sonrisas: una siendo comedida y cálida, emanando de los labios de Manuel como brotan las fuentes en el campo. La de Leo era más ruidosa y escarpada, formando en las comisuras de la boca unos ángulos más pronunciados. Llegamos a la hora en la que ya se permite tomar cervezas y pedimos una ronda.

— He oído que has montado otro grupo — dijo Leo dirigiéndose hacia Manuel, el cual asintió gravemente.

— Sí, otro grupo — en el tono de Manuel flotaban virutas de desidia.

— ¿Qué te pasa, no te hace ilusión? Canciones nuevas, nuevos sonidos,… — dije.

— Sí bueno. Los comienzos siempre son bonitos. Hay sonidos y letras que no encajan en el grupo anterior; uno va viviendo y lo que dijo hace siete meses difícilmente refleja lo que hoy siento. Ni si quiera las cosas que quería ser antes son las mismas ahora.

— Bueno, los cambios son buenos — dije intentando descifrar lo que Manuel sentía y le costaba expresar.

— Tío, empezar de cero trae muchas cosas buenas, puedes deshacerte de algunos pesos muertos — Leo buscaba contagiar algo de su bien humor a Manuel, que estaba hundido en la silla, con los hombros metidos algo hacia dentro y la mirada clavada en el borde de la mesa.

— Sí, si lo que decís es verdad. Pero… ¿qué pasa cuando sólo sabes empezar a contar? Los comienzos son preciosos, los de cualquier cosa. Da igual que sea un grupo de música que una persona: las primeras veces tienen una pátina efímera que las embellece, las barniza con algún tipo de aceite que además las engrasa, y así pueden dársele todas las vueltas que se quiera, que no se queman.

— ¿Y eso no te gusta? — Leo se recostó y tomó la palabra — a mí eso es lo que me mueve: el estar atento a las sucesiones de casualidades. No es tanto lo inesperado como lo nuevo. No me gusta dormirme en la rutina, me provoca legañas en el ánimo, no sé si me explico: se me crea una costra de pereza alrededor de las ganas y no hay quien me saque de cuatro calles. Y estoy a gusto, y contento, pero acabo marchitándome.

— Ya… si a mí también me gusta esa sensación — continuó Manuel, que aún tenía palabras en la boca por soltar — Pero ver crecer… Quiero tener memoria tío. Que pueda mirar para atrás y ver todo lo que he andado. ¿Sabes? Decir, joder, he estado tres años alrededor de esta movida, conociendo a tal persona, ahondando en el cariño que siento por ti, Leo; por ejemplo. Es que las inercias de los comienzos me están empezando a molestar, me pican en todo el cuerpo y sangro de tanto rascarme. Si siempre estamos pensando que si algo se desgasta o se ensucia o si molesta se puede cambiar y empezar de cero… ¿cómo se sale de ahí?

Manuel dejó en el aire el complemento de lugar hasta que, como si estuviera hecho de humo, se fundió con las nubes grises que nos sobrevolaban. El eco de un chiste malo de otra mesa llegó a nosotros y yo me sonreí ligeramente. Bebí un trago de cerveza para saborear ese silencio que tenía algo de gnóstico y del que se traslucía cierta trascendencia.

— Las cosas no pueden abandonarse cuando cansan. Hay que tener cierta fe, como en el campo, y regar y estar atento porque hay mucho tiempo en el que las cosas que están pasando no se ven, están soterradas. Ojo avizor y paciencia. Con lo bien que esperas tú tienes que estar de acuerdo conmigo. — dijo Manuel mirándome. No pude negárselo. Siempre he sostenido que la paciencia es una virtud.

— ¿Pero dónde está el límite entre la paciencia y hacer el tonto? Lo que tienen los comienzos es que se terminan. Saber que algo tiene un final te libera de cierta forma — Leo defendía su postura ligeramente echado hacia delante en la silla.

— ¿Y qué pasa con todas esas cosas descubiertas que se pierden, que se volatizan cuando empiezas otra cosa? Las cosas buenas se pierden dejando el mismo rastro que las malas, y si un comienzo es una oportunidad, también es, en cierta medida, un asesinato — Manuel estaba utilizando un tono seco y duro, pero en ningún momento parecía haberse enrocado. Sus palabras tenían las aristas afiladas pero por culpa de estar rotas.

— Pero cuando no abandonas también hay cosas que nacen y cosas que mueren, eso es irremediable, no puedes esperar que una cosa sea del todo beneficiosa, ni si quiera el agua es en grandes cantidades mejor que una sequía. Termina pudriéndose — dije.

— Es más — Leo había alzado la voz para imponerse — si lo pensamos con un poquito de imaginación podríamos decir que ese nuevo comenzar eterno es la forma perfecta del carpe diem. Siempre repitiendo, como en un eterno retorno a la casilla de salida, siempre probando, ahondando en las cosas que no sabemos. La vida como descubrimiento.

— Eso suena precioso, Leo, y tiene sentido. Pero de la misma manera que un padre que pasa mucho tiempo fuera por trabajo se lamenta de no ver crecer a sus hijos, yo me lamento de no ver que algo perdure, que se mantenga, se riegue y que se imponga a las vicisitudes varias que nos salpican y escuecen y permanezca a pesar de la gente, del tiempo y de los bajones. Creo que el cambiar constantemente es una forma de huir de uno mismo, una pataleta contra las propiedades curativas del tiempo; digo más: el reinicio crónico no busca curar nada, pretende cercenar y utilizar los restos y las vísceras vertidas como abono de nuevas víctimas.

— ¿No crees que estás exagerando un pelín? Ya has dicho asesinato y víctimas, y estábamos hablando de tu grupo nuevo… — Leo se terminó la cerveza, la cual hizo un ruido sordo al apoyarse en la mesa.

El camarero estuvo atentísimo y presto se presentó para tomarnos nota de una nueva ronda. La conversación se había tornado seria y aunque se palpaba la tensión, ninguno pensábamos abandonar. Yo por lo menos no pretendía cambiar de tema. Tenía curiosidad por los derroteros que tomaría la conversación, enroscándose sobre sí misma incansablemente, buscando tanto morderse la cola como desasirse de su propio nudo. Manuel terminó por confesarnos que ayer había hecho ya dos años desde que estaba saliendo con Clara y que eso le había hecho pensar en todas esas chicas anteriores, tan fugaces que sólo recordaba ya el nombre. Y también nos dijo que estuvo pensándose a sí mismo en la cama de esas muchachas como si se viera desde los ojos de ellas; se preguntó si él también habría sucumbido al olvido en sus cabezas. Siguió hablando de lo que había pensado y nos contó que no se sentía igual que cuando comenzó con Clara, pero que sí se había sentido igual cuando había empezado con ella que cuando salió durante dos frenéticas semanas con Teresa.

— Cada vez pienso más en la virtud que tiene el estatismo. Claro que no quiero decir que lo ideal es estarse completamente quieto, eso es estar muerto, pero sí que sostengo que a las cosas hay que echarles un poco de paciencia y que es bastante saludable adaptar la vista al tiempo y no al revés. No sé, estoy bastante contento, no se me nota pero lo estoy, pero no puedo evitar pensar en todas esas veces que por cobardía, desidia, miedo o vergüenza he cortado la progresión de mi felicidad por culpa de la promesa de un comienzo mejor, más bonito, más fácil.

No cambiamos de tema, pero lo estiramos tanto que pudimos arroparnos con él y nos fuimos tanto por las ramas que por entre las copas de cerveza llegamos a divertirnos correteando tras los argumentos de los otros como niños que no saben qué hacer y se persiguen.

Las puertas.



Oí el enredar de unas llaves en la puerta de mi casa, pero en la oscuridad en la que me encontraba no le hice demasiado caso. Mantuve la postura horizontal en el sofá mientras me llevaba el cigarro a la boca y vertía la ceniza sobre mi pecho, en el que reposaba un cenicero, pero no prestaba atención alguna a si acertaba o no. Oí el leve sonido de la puerta cerrándose y unos pasos lentos e inseguros se acercaban por el pasillo, que tiene que estar hasta el techo de oscuridad. 

¿No podías haber puesto alguna lucecita en algún sitio?

Mónica estaba de pie bajo el marco de la puerta mirándome, y aunque la oscuridad la abrazaba, noté ciertos reflejos de pena en sus pupilas. La miré de vuelta pero no cambié ni la postura ni el gesto. En ese momento la canción que me arrullaba terminó y, como había estado pasando durante las últimas dos horas, volvió a empezar. 

¿Cuánto llevas escuchando a Babi en bucle? — preguntó acercándose, rodeando el sofá y dirigiéndose hacia el frigorífico. 

Dos horas, o media vida; no sé. Puedo decirte cuántos cigarros me he fumado, pero tampoco sé cuánto ha durado cada uno…

Mónica no quiso disimular el ruido de las dos latas de cerveza contra el cristal de la mesa. Se sentó en una silla y se echó hacia atrás para beberse la suya mientras rumiaba pensamientos para decirme. 

Ahí te he dejado una cerveza — se limitó a decir, pero yo la entendí. Me resistí con todas mis entrañas, un regusto de amargura tomó mi boca y disipó un poco mi tristeza, lo que me molestó. No hice ningún ademán de levantarme, solamente volví a verter la ceniza donde creía que estaba el cenicero, pero me cayó toda en la camiseta.

No puedes estar así — Mónica había bajado el tono y me llegaba rasgado, como si las consonantes rozaran demasiado en sus cuerdas vocales. 

Es muy fácil estar así, no tengo que hacer nada. Cuando ya no entiendo ni la letra entro en un estado casi místico, y si cierro los ojos la oscuridad se pone de fiesta y veo cientos de luces que nacen y mueren. 

¿Qué te pasa? 

No quise contestar en seguida porque no sabía muy bien qué me pasaba. Había naufragado hacía casi dos semanas, pero mi situación ya no podía achacársela a ese accidente. Más bien se trataba ya de la imposibilidad de salir del agua, abrazándome a la certeza flotante de no encontrar ni rescate ni rumbo. El frío del mar en calma se me ha metido en los huesos y he decidido hacerme el muerto a seguir remando hacia la promesa de tierra firme. Pero lo que le dije fue más escueto: 

Que no encuentro salida. 

Mónica tiene esa delicadeza que tantas veces se echa en falta, sabe cómo utilizar los silencios para avanzar en la conversación. Utilizó uno de esos en los que las palabras se quedan revoloteando y trinando como pajarillos sobre nuestras cabezas antes de decirme lo que ella pensaba. 

Con esta oscuridad es normal, no tienes ni que saber dónde está el interruptor a estas alturas. 

Está allí — señalé hacia donde recordaba que se encontraba — pero de poco va a servir, he quitado la bombilla. 

Vaya. ¿Por qué? 

Porque no sé si quiero encontrar la salida. 

No puedes encerrarte así, no es sano. Si no abres alguna puerta el aire se vicia y acabas por respirar tus propios esperpentos. No le puedes dar tantas vueltas a la cabeza, vas a terminar por mezclar las lágrimas con la autocompasión, con la rabia y el humo, y eso fermenta, tío, y esos humores al liberarse te van a llenar todo el seso con su fétido olor. 

Si hubiera alguna salida supongo que la vería. Por muy cerrada que esté, cualquier puerta deja un resquicio junto al suelo, una línea finísima de luz por la que también se cuela un poco de aire. Pero ni eso. Mi cabeza es un zulo en el que sólo puedo tumbarme. 

Mónica bebió de su cerveza y empezó a fumar. El olor de su tabaco, de otra marca distinta al mío, me llegó a la nariz y tosí un poco. Pensé en si erguirme o no, y decidí no hacerlo. También pensé en estirar la mano y coger la cerveza, pero nunca he sido capaz de beber tumbado, se me va el gas por la nariz y esa sensación me pone de los nervios. 

¿Y esa puerta tuya, tan hermética que no deja pasar ni la luz, se abre hacia dentro o hacia afuera? — Mónica, con esa voz dulce que liberan sus labios, intentaba reunirse conmigo en la oscuridad, pero no era capaz de verle la cara.

¿Qué diferencia hay? ¿Qué más da? Si no sé dónde está da igual cómo se abra, no la voy a encontrar. 

Igual puedo buscarla yo desde fuera… ¿te acuerdas si echaste el pestillo?

Sólo recuerdo el portazo y el vendaval que provocó. Ahora todo está en calma, solamente soy yo el que genera aire si me muevo, pero no me muevo. Ya no quiero moverme, me duelen las articulaciones y el ruido de mi estómago es un festival de hambres que nunca se sacian, que se me alejan si intento cazarlas. Hasta los párpados me pesan, los tengo ya resecos de apretarlos contra mí mismo. 

No creo que tengas echado el pestillo. Lo más seguro es que todo el polvo que ha generado la piel muerta que se te ha desprendido haya cegado ese resquicio de luz que echas de menos. Nuestras cabezas también se llenan de polvo, de células muertas, de pensamientos que al sangrar forman cemento: por eso cada vez la habitación es más pequeña. ¿Qué te parece si yo intento abrir la puerta? 

¿Y cómo vas a hacer eso? — giré la cabeza para mirar la silueta de Mónica, que se recortaba por la luz del ordenador. La canción había vuelto a empezar de nuevo. 

Necesito saber, lo primero, si crees que se abre hacia dentro o hacia fuera. 

¿Y qué más da? 

Porque si se abre hacia afuera, tengo que tirar. Si se abre hacia dentro, tengo que empujar. Es increíble cómo nadie, o casi nadie, hace caso a los cartelitos de las puertas y se confunden tirando cuando poner empujar y viceversa. Eso, en la vida real, poco importa, pues luego tiras o empujas y la puerta se abre y entras, o sales. Pero en el coco, en el clímax del miedo hacia uno mismo, si intentas empujar cuando tienes que tirar, te frustras, te lastimas, te cansas, desfalleces y te tumbas. Dime, ¿se abre hacia dentro o hacia fuera? 

Me quedé mudo. La lengua dentro de mi boca exploraba los dientes y el paladar buscando una respuesta que fuera sincera, pero nada más que saboreaba medias verdades. Pensé en decirle la verdad de cómo había llegado a donde estoy, la razón de meterme voluntariamente en esta cárcel, pero en seguida pensé que poco importaba eso. Vine buscando una cosa, y fue en ese rebuscar en el trastero de mis memorias que encontré algo. Pero no tenía fuerzas para decírselo. Estiré mi brazo derecho para alcanzar las cosas para hacerme un cigarrillo. No necesitaba ver ya, había mecanizado tan perfectamente el proceso que no me hacía falta ni pensar. Mónica se levantó arrastrando levemente la silla, que apenas chirrió contra el suelo y fue directa hacia el ordenador a parar la canción, la cual se cortó en mitad de la frase que decía: cuando brillen los grises y no los azules.

Vale, creo que se va a abrir hacia afuera. 

¿Por qué?

Porque necesitas que tiren de ti. No vas a dejar entrar a nadie, apenas tienes hueco para ti como para que alguien se sume a tan reducido espacio. Y tampoco creo que nadie quiera entrar a dormir contigo en una cárcel. Pero si se abre hacia afuera no tiene sentido venir con un ariete para aporrearla hasta derrumbarla… 

Ya ves — me limité a decir. 

Exactamente. 

¿Cómo? — dije confundido.

Las llaves. ¿Dónde las has dejado? Recuerdo que me contaste que cuando eras más joven las perdías muchas veces, que las dejabas en sitios distintos y que tardabas horas en encontrarlas, y que por eso ahora siempre las dejas metódicamente en los mismos sitios, que siempre las llevas en el bolsillo izquierdo cuando sales de casa…

 Mónica cogió delicadamente el cenicero de mi pecho y lo dejó en la mesa, luego estiró un brazo y me agarró por la muñeca de uno de los míos y tiró para sí. No tiró de golpe, ni fue brusca, rodeó con sus dedos mi muñeca en una caricia y me atrajo hacia sí dulcemente. Yo me dejé levantar y me senté junto a ella en el sofá. La luz del portátil se había apagado y estábamos a oscuras completamente, con la excepción de una tenue luz que provenía de alguna regleta tirada por el suelo. Noté la brisa que provocaron sus labios al despegarse para formar una sonrisa y yo me ruboricé ligeramente. No me merecía a Mónica, pensé, ni ella se merecía a alguien como yo en un momento como este. En un acto reflejo estiré la mano para coger la cerveza, que se había calentado mientras me esperaba. 

Tío — noté a Mónica acercarse por la intensidad creciente de su perfume — si me dices dónde están las llaves me hago una copia, para que la próxima vez que las pierdas sepas que no estás sólo — el acercamiento terminó con un cálido beso. 

¿No es esa mucha responsabilidad? 

Pues la repartimos. Yo quiero darte también una copias de las mías. Copiaré el llavero entero y te lo daré. En él están las de mi cabeza y las de mi corazón, las pequeñas que abren los cajones de mis esperanzas y la del buzón donde rezuman las advertencias que no quiero leer. ¿Te parece?

Volví a quedarme callado. Desde lo más profundo de mi pecho una taquicardia nerviosa rompía el oscuro silencio de mi alma y mi alrededor. Mónica, con su habitual saber estar, me dejó pensar sin decir nada, quizá oyendo también mi corazón latir. Y sentía que cada pulsación era culpa suya porque había encontrado la puerta escondida de mi cabeza y estaba llamando para salir a dar una vuelta. 


La conversación.




Otro delicioso viernes por la noche. Carlota había traído una botella de vino tinto, y aunque le costó un poco abrirlas con el sacacorchos que tengo en casa, el vino estaba bueno. Para hacer la estancia un poco más íntima dejé encendida la lámpara de al lado de la ventana, que con las plantas que decoran ese rincón daba una luz con ciertos tonos verdáceos. La luz del televisor dejaba en una penumbra blanquecina al resto del salón. Carlota se estiraba cómodamente en el sofá mientras yo me liaba un peta, el de antes de ver la serie. Habíamos cogido la costumbre de vernos a menudo y los viernes eran el día más especial de todos; al filo del fin de semana y su descanso, nos relajábamos bebiendo y fumando en el sofá con una película o una serie que nos servía de excusa para abrazarnos, pero que muchas veces se quedaba en el tintero, reproduciéndose en un segundo plano por culpa de un beso espontáneo que acierta en el lugar preciso donde se reproducen los deseos; otras veces era una caricia que no para de extenderse por la longitud del brazo, peinando los pelos de la muñeca con ternura, y que termina desembocando en un dinámico entrelazarse de las manos, convirtiendo nuestros cuerpos en un nudo.

Ambos sabíamos que la serie era una excusa, un motivo para follarnos. Pero seguíamos dándole esa magia, utilizándola como esa inocente proposición. Y la respetábamos: teníamos el trato de no ver capítulos sin el otro. La única excepción era la de terminar los capítulos que habíamos quedado a medias.

Antes de encender el porro dediqué una cálida mirada a mi acompañante, la cual estaba enfrascada en su móvil con mirada seria; abstraída completamente, dejando que mi mirada la recorriera entera, pasando sin vergüenza por la longitud de sus piernas, abrazando sus hombros medio descubiertos y trepando por su terso cuello hasta alcanzar sus labios y la punta de la lengua que surge de ellos cuando se concentra. Llevábamos quedando varias semanas, tantas que ya formarían algún que otro mes. Los nervios iniciales se habían evaporado y de su condensación llovía una cortina de pequeñas gotas de confianza y cariño, las cuales nos mojaban sin llegar a empaparnos del todo; pero sí que se notaban las gotas en los cristales de mis gafas, provocando destellos de colores, sorpresivos y fugaces, que desfiguraban mi forma de ver según qué cosas. Los ojos negros de Carlota eran de verdad profundos, siempre muy bien perfilados con una línea que tendía al infinito de su mirar; y su boca era de gruesos labios y palabras intensas, cargadas de ingenio e inteligencia, rebosando vocación. Cuanto más la miraba más me gustaba, y cuanto más me gustaba con más fiereza preguntaban mis sentimientos a mi cabeza si ya podían salir. Me encendí por fin el peta. Al exhalar el humo una de estas preguntas consiguió escabullirse desde mi seso y escondida entre el humo que ascendía por mi garganta, subida a lomos de él, se escapó por mi boca sin remedio:

— Carlota, ¿te puedo hacer una pregunta? — dije con la mirada perdida, buscando a tientas el por qué de esta confesión, pero se había evaporado.

Ella salió de su ensimismamiento y con aire curioso me dijo que sí, que claro, que porqué no. Y se la hice, pues ya no podía retroceder:

— Nosotros… ¿qué somos? — intenté que mis palabras fueran firmes, pronunciadas sin nerviosismo, pero creo que no lo conseguí.

Un silencio helado cristalizó en el salón: no se oían ni los crujidos de la madera de las puertas ni el eléctrico corazón del reloj de pared. Y por culpa de ese frío que caía a copos, nos pusimos rígidos, sobre todo Carlota, que se sentó sobre sus tobillos con las piernas cruzadas y me miraba con estupor. Un ligero escalofrío me recorrió la columna vertebral haciéndome tiritar levemente, no sé si de frío o de miedo. Temía que esa pregunta, por imprevista, consiguiera herir nuestra relación, pues es una pregunta afilada, que se hunde y llega hasta el hueso y separa como un escalpelo los músculos del deseo de los tendones de la responsabilidad. Hecha a destiempo puede matar, sobre todo si la relación es aún joven y tiene la carne blanda.

Carlota se pensó lo que decirme un rato. Yo le pasé el porro y ella fumó, pero de su humo no se escapó nada. Aguanté expectante durante el silencio, intentando que no se notara mucho mi nerviosismo. Al cabo de unos minutos, ella dijo:
— Supongo que había que hacer esa pregunta algún día. Y supongo que siempre pilla por sorpresa, da igual lo que la intentes esquivar, ella no se cansa, por eso siempre llega.

Un nuevo silencio nos regó, y mi cabeza aprovechó tan fértil situación para hacer brotar todas las inseguridades posibles.

— Nos estamos conociendo… — Carlota habló y mi imaginación escampó para escucharla.

— … y estamos a gusto juntos… pero sí es cierto que mantener esta situación así, en suspenso, sosteniéndola sin pensar en el futuro, sujeta sólo al presente común terminará por deshilacharla toda. No somos sólo amigos, eso está claro, ni somos novios, aunque por momentos lo parezca…

— Por eso mismo lo pregunto — dije dejando caer mi mirada hacia la camiseta que me había robado, que le sentaba mejor que a mí.

— ¿Y tú que crees? — respondió Carlota, cansada de pensar sola.

— Pues no lo sé. Hay días en los que te vas que te agarraba antes de que llegases a la puerta y te obligaría a prometerme que volverás por la noche, o mejor, que no te vas, que era un amago, un juego. Pero otras no deseo que vengas, o que te demores con el café porque tengo cosas que hacer, o quiero estar solo, o quiero quedar con alguien…

Carlota me devolvió el porro y tomó la palabra:

— Ya, a mí me pasa lo mismo. Me sorprendo cuando voy de compras y pienso en lo bien que te sentaría esa americana tan elegante, que te pegaría con los pantalones que siempre te pones. Pero otras veces se me hace muy cuesta arriba tener que venir hasta aquí, preferiría quedarme en casa y no ver a nadie… o no verte sólo a ti. ¿Sabes que he cancelado planes porque tú no estabas seguro de si podrías quedar y he preferido esperar a ver si podías y luego no has podido y yo me he quedado sin plan?

— Pero no tienes por qué hacer eso…

— Ya lo sé, pero lo hago. No sé por qué lo hago. Mientras lo hago me lo digo: ¿Por qué lo esperas, sabes que no tienes que esperarlo? Pero te espero.

— Yo también te he esperado — dije.

— Me imagino. ¿Pero por qué lo hacemos? ¿Debemos hacerlo? ¿Está bien? ¿Qué conseguimos con eso? — Carlota hablaba más rápido de lo que su boca podía moverse, aturullándosele las palabras en los labios, saliendo apelotonadas.

— Supongo que es porque nos gusta estar juntos, ¿no?

— Pero nos vemos con más gente… ¿Eso es compatible? — Carlota estiró el brazo para que le dejara matar el porro. No escondí mi asombro porque dijera eso, nunca había pensado si ella se veía con más gente, pero no esperaba que ella supiera que yo sí.

— ¿Cómo sabes que yo…?

— Marta te vio varias veces en el restaurante griego ese de al lado del río. Una vez con una morena, dos con una rubia y la última con una muchacha muy blanca, me dijo. Pero no me importa, por eso no te he dicho nada. Pero ahora que has hecho la pregunta, ¿qué respuesta nos permite seguir viendo a gente y no romper lo que tenemos?

— Hoy en día hay muchos tipos de relación, no tenemos que mantenernos en la monogamia, hay un crisol de posibilidades que no implican renunciar a conocer gente. A mí tampoco me molesta que veas a otros tíos, por eso tampoco he preguntado nunca, me acabo de enterar.

— Ya, pero cualquier relación que propongamos tendrá que ser de mutuo acuerdo. Y si hablamos de gente, en general, no hay problema. Puedes irte con rubias, morenas, hippies, pijas y lo que te apetezca. ¿Pero y si dejas de irte con esos plurales y comienza a ser una rubia, una morena, y acaba teniendo nombre y apelativo? ¿Podrías soportar que no quedase con tíos y que siempre fuera con Marcos, por ejemplo? Marcos cada semana, Marcos los viernes. ¿Qué te parece eso? — el tono de Carlota se iba afilando, atravesando los resquicios que dejaba mi autoestima para clavarse en el corazón.

— ¿Y si fuera Mónica? ¿Cómo te sentaría que me pasara a mí eso?

— ¡No lo sé! Por eso lo pregunto. Sé que para mí quedar con Marcos no sería un problema, es más, que me lo “permitieras” — dijo haciendo el gesto de las comillas con las manos — si es que me lo tienes que permitir tú, te querría más, porque me das la libertad que necesito. Pero si es Mónica, no me gusta tanto la idea.

— ¿Qué problema hay con Mónica? — pregunté acomodándome en la silla.

— Pues que Mónica no es Marcos. Mónica es tu libertad, no la mía. Mónica condiciona mi libertad, me obliga a depender de ella en cuanto a ti. Y quedarías con ella ante cualquier duda mía, no me esperarías, saltarías directamente a sus brazos.

— Pero eso es la libertad ¿no? ¿No te molestaba tener que esperarme? Con Marcos no tendrías que esperar.

— O esperaría el doble, porque algún día os esperaría a los dos. Y si los dos contestaseis a la vez, tendría que elegir… — Carlota enmudeció tras el último punto suspensivo.

— Pero eso es la libertad: elegir. Y si tú quieres elegir, tienes que dar a al a libertad del otro la misma holgura que a la tuya.

— ¡Pero tu libertad me afecta!

— De eso se trata, ¿no? En realidad no quería lanzar la pregunta, pero se me escapó. Llevaba un tiempo pululando por mi cabeza y no conseguí domarla, y huyó. No quiero tener que elegir entre ti y ese plural de chicas sin nombre que ahora frecuento, pero tampoco quiero tener que ir con miramientos si empieza alguna a tener nombre propio. Me asusta Marcos, no te lo niego, no lo conozco pero seguro que es más guapo que yo, más ingenioso y divertido, es normal que quieras quedar con Marcos, y es todavía más claro que él quiera quedar contigo. Lo entiendo. Pero no voy a renunciar a la posible Mónica por el fantasma de un ocasional Marcos. Ni quiero que Marcos no pueda existir por tu miedo hacia Mónica. Por eso no sé lo que somos. Por eso he preguntado, aunque sin querer. Supongo que los que acaban siendo novios es porque tienen claro a lo que renunciarían por la otra persona, ¿pero qué pasa cuando lo que tienes claro es lo que no quieres ceder, se puede construir algo con esos cimientos?

— ¿Y por qué tenemos que hablar de esto? Está claro que la conversación iba a llegar en algún momento, pero nunca hay un momento adecuado para abordar este tipo de situaciones. Me pregunto qué pasa si no la estuviéramos teniendo, ahora estaríamos viendo la serie, o follando, y todo sería más fácil… — la voz de Carlota adquirió tintes de lamento en las últimas palabras.

— No sé si más fácil. Acabaría pillándonos, quizás más por sorpresa, quizás incluso pudiéramos haberla esquivado hasta que llegase Marcos, o Mónica, o igual podría haberse diluido y nunca haber llegado porque nos hubiéramos ido alejando el uno del otro, enfriándose todo tanto que ya esa conversación estuviera fuera de lugar, que correspondiese a otro tiempo y ya no tuviera sentido tenerla. No sé…

— ¿Es necesario ponerle nombre a las cosas? ¿Qué somos? ¡¿Qué se responde a eso?! En el fondo parece que nos preguntamos qué queremos ser, qué cosas tenemos que cambiar para seguir estando juntos y bien. Esa pregunta trae consigo las inseguridades de cada uno en lugar de los puntos en común.

— A las cosas hay que nombrarlas, ¿no? Sino no sabemos qué estamos viviendo. Es cierto que una vez puesta la etiqueta, hay que hacerse cargo de ella, pero en nosotros está el elegir los términos.

— Parece un divorcio esto, eligiendo términos, acordando clausulas. ¿Y qué te digo yo, que los viernes son para mí, que los miércoles alternos tenemos que quedar en mi casa, que al menos un día por semana tienes que tener preferencia por mí, que no me cuentes nada de Mónica o que aprendas a disimular tu cara cuando hables con ella delante de mí? No sé si lo mejor es que lo dejemos y listo, así no nos comemos la cabeza.

— Entonces estás poniendo una etiqueta a nuestra relación, una etiqueta que no me gusta, que creo que tampoco te gusta a ti. Le pones, y bien grande, la etiqueta de “se acabó” y yo pasaré a ser un ex, o un sucedáneo de un ex, puesto que si no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo para estar juntos no sé si merecemos llamarnos ex. No creo que sean tan malas las etiquetas, sí es cierto que todas traen una frontera, un límite que se sostiene frente a nosotros, delimitando deberes y derechos adquiridos solamente por el hecho de que exista; pero eso le pasa a todas las cosas, a todas las ideas o tipos de relación. Yo tengo claro que me gustas, y mucho, cada vez más incluso, pero no sé hasta qué punto es racional dejarse llevar por esas apetencias, por ese deseo, si implica tener que renunciar a otros deseos menores, a otras apetencias esporádicas. Yo quiero estar contigo, y te pondría la primera de todas mis listas, tanto de las que tienen que ver con el amor como las que tienen que ver con el sexo, también de las que tienen que ver con la ansiedad o las inseguridades. Pero no sé si estoy listo para que sólo esté tu nombre en esa lista. Y me gustaría ser yo el primero de la tuya, pero también me sabe mal que sólo estuviera mi nombre solitario en ella. No quiero que tengas que quedarte conmigo irremediablemente, quiero que siempre puedas elegir, que yo no soy para tanto, no quiero encerrarte sola conmigo.

— ¿Entonces qué hacemos? Ya no podemos desdecir nada, no podemos hacer como que la conversación no nos ha alcanzado. Estamos heridos, sangrando inseguridades y manchándonos con ellas hasta quedar irreconocibles. ¿Qué somos ahora? ¿Qué seremos a partir de ahora? ¿Podremos volverá estar a gusto juntos, podremos volver a esa normalidad anterior, tan lejana ya, tan de película que parece, ahora mismo, irreal? No sé, estoy llena de dudas y sólo pienso en Marcos y en Mónicas…

Carlota se hundió en sí misma. Con la cabeza escondida entre las piernas y los brazos rodeando su pelo la oí gimotear y sorberse los mocos. Un extraño nerviosismo agitaba mis músculos, no parando quieta mi pierna, dando golpes rítmicos contra el suelo. Me lié un cigarrillo para calmar mi ánimo, que se encontraba desbocado y desobediente. Me arrepentí de haber hecho la pregunta, pero en seguida me alegré de que esto hubiera pasado ahora, antes de cualquier posible catástrofe, cuando las cosas aún no son tan firmes como para atravesar la carne; ninguno de los dos nos íbamos a quedar mancos o cojos por las heridas de esta conversación… igual si hubiera tenido lugar un par de meses después si se nos hubiera cercenado algo, provocando odio. Le lié otro cigarrillo a Carlota y se lo dejé delante en la mesa sin decirle nada. Ella se balanceaba lastimosamente mientras su espalda latía por intentar contener los sollozos todo lo que podía. En un momento se irguió y me miró, luego se dio cuenta del cigarro y sonrió. Yo me levanté y me senté a su lado, dispuesto a abrazarla. Ella notó mi gesto y se me acercó, dejándose caer sobre mi pecho con toda la gravedad de la situación. Le pasé una mano por el pelo y la otra rodeó sus hombros con toda la ternura del mundo.

— ¿Qué hacemos ahora? No hemos decidido nada y yo no tengo la cabeza para decidir nada ahora — dijo Carlota desde lo profundo del abrazo.

— Podemos quedarnos así, no hace falta poner la serie, no hace falta nada. Siento lo que ha pasado, pero yo no quiero obligarte a nada, no quiero que me elijas a mí y que eso signifique tener que renunciar a tu libertad. Quiero tu libertad conmigo, te quiero a ti con tu libertad, que me la regales cuando te apetezca y que eso no te impida ejercerla con los demás. Aceptaré cualquier resolución, aunque te vayas y eso me duela; pero prefiero que te quedes.
Carlota alzó la cabeza y me miró con los ojos brillantes. Le temblaba el labio inferior y tenía la nariz roja de frotársela. Yo sonreí para tranquilizarla y mi sonrisa se le contagió y se reprodujo en su boca, pero con aire lastimoso.

— Odio mi libertad, te lo confieso — Carlota se deshizo del abrazo y haciendo acopio de la seguridad que le quedaba siguió diciendo — si me obligaras a elegirte a ti o a ese posible Marcos sería más fácil. Igual te elegiría a ti, o a él, no sé, pero sería más fácil. Pero toda esa libertad que me ofreces, que es la que yo quiero disfrutar, si no me la delimitas, se me aparece como un abismo que me llama, que intenta absorberme, y entonces tengo que luchar contra él. La libertad es una responsabilidad y no sé si puedo hacerme cargo de la mía.

— Bueno, si te sirve de consuelo, yo estoy igual que tú. Pero me da más miedo quitarte la tuya que desaprovechar la mía.

Ese fue el final de la conversación. Carlota volvió a mis brazos y nos quedamos dormidos así, en el sofá, con la luz de la lámpara y sus haces verdes por culpa de las plantas que tenía delante y la televisión encendida pero sin reproducir nada de interés.