La conversación.




Otro delicioso viernes por la noche. Carlota había traído una botella de vino tinto, y aunque le costó un poco abrirlas con el sacacorchos que tengo en casa, el vino estaba bueno. Para hacer la estancia un poco más íntima dejé encendida la lámpara de al lado de la ventana, que con las plantas que decoran ese rincón daba una luz con ciertos tonos verdáceos. La luz del televisor dejaba en una penumbra blanquecina al resto del salón. Carlota se estiraba cómodamente en el sofá mientras yo me liaba un peta, el de antes de ver la serie. Habíamos cogido la costumbre de vernos a menudo y los viernes eran el día más especial de todos; al filo del fin de semana y su descanso, nos relajábamos bebiendo y fumando en el sofá con una película o una serie que nos servía de excusa para abrazarnos, pero que muchas veces se quedaba en el tintero, reproduciéndose en un segundo plano por culpa de un beso espontáneo que acierta en el lugar preciso donde se reproducen los deseos; otras veces era una caricia que no para de extenderse por la longitud del brazo, peinando los pelos de la muñeca con ternura, y que termina desembocando en un dinámico entrelazarse de las manos, convirtiendo nuestros cuerpos en un nudo.

Ambos sabíamos que la serie era una excusa, un motivo para follarnos. Pero seguíamos dándole esa magia, utilizándola como esa inocente proposición. Y la respetábamos: teníamos el trato de no ver capítulos sin el otro. La única excepción era la de terminar los capítulos que habíamos quedado a medias.

Antes de encender el porro dediqué una cálida mirada a mi acompañante, la cual estaba enfrascada en su móvil con mirada seria; abstraída completamente, dejando que mi mirada la recorriera entera, pasando sin vergüenza por la longitud de sus piernas, abrazando sus hombros medio descubiertos y trepando por su terso cuello hasta alcanzar sus labios y la punta de la lengua que surge de ellos cuando se concentra. Llevábamos quedando varias semanas, tantas que ya formarían algún que otro mes. Los nervios iniciales se habían evaporado y de su condensación llovía una cortina de pequeñas gotas de confianza y cariño, las cuales nos mojaban sin llegar a empaparnos del todo; pero sí que se notaban las gotas en los cristales de mis gafas, provocando destellos de colores, sorpresivos y fugaces, que desfiguraban mi forma de ver según qué cosas. Los ojos negros de Carlota eran de verdad profundos, siempre muy bien perfilados con una línea que tendía al infinito de su mirar; y su boca era de gruesos labios y palabras intensas, cargadas de ingenio e inteligencia, rebosando vocación. Cuanto más la miraba más me gustaba, y cuanto más me gustaba con más fiereza preguntaban mis sentimientos a mi cabeza si ya podían salir. Me encendí por fin el peta. Al exhalar el humo una de estas preguntas consiguió escabullirse desde mi seso y escondida entre el humo que ascendía por mi garganta, subida a lomos de él, se escapó por mi boca sin remedio:

— Carlota, ¿te puedo hacer una pregunta? — dije con la mirada perdida, buscando a tientas el por qué de esta confesión, pero se había evaporado.

Ella salió de su ensimismamiento y con aire curioso me dijo que sí, que claro, que porqué no. Y se la hice, pues ya no podía retroceder:

— Nosotros… ¿qué somos? — intenté que mis palabras fueran firmes, pronunciadas sin nerviosismo, pero creo que no lo conseguí.

Un silencio helado cristalizó en el salón: no se oían ni los crujidos de la madera de las puertas ni el eléctrico corazón del reloj de pared. Y por culpa de ese frío que caía a copos, nos pusimos rígidos, sobre todo Carlota, que se sentó sobre sus tobillos con las piernas cruzadas y me miraba con estupor. Un ligero escalofrío me recorrió la columna vertebral haciéndome tiritar levemente, no sé si de frío o de miedo. Temía que esa pregunta, por imprevista, consiguiera herir nuestra relación, pues es una pregunta afilada, que se hunde y llega hasta el hueso y separa como un escalpelo los músculos del deseo de los tendones de la responsabilidad. Hecha a destiempo puede matar, sobre todo si la relación es aún joven y tiene la carne blanda.

Carlota se pensó lo que decirme un rato. Yo le pasé el porro y ella fumó, pero de su humo no se escapó nada. Aguanté expectante durante el silencio, intentando que no se notara mucho mi nerviosismo. Al cabo de unos minutos, ella dijo:
— Supongo que había que hacer esa pregunta algún día. Y supongo que siempre pilla por sorpresa, da igual lo que la intentes esquivar, ella no se cansa, por eso siempre llega.

Un nuevo silencio nos regó, y mi cabeza aprovechó tan fértil situación para hacer brotar todas las inseguridades posibles.

— Nos estamos conociendo… — Carlota habló y mi imaginación escampó para escucharla.

— … y estamos a gusto juntos… pero sí es cierto que mantener esta situación así, en suspenso, sosteniéndola sin pensar en el futuro, sujeta sólo al presente común terminará por deshilacharla toda. No somos sólo amigos, eso está claro, ni somos novios, aunque por momentos lo parezca…

— Por eso mismo lo pregunto — dije dejando caer mi mirada hacia la camiseta que me había robado, que le sentaba mejor que a mí.

— ¿Y tú que crees? — respondió Carlota, cansada de pensar sola.

— Pues no lo sé. Hay días en los que te vas que te agarraba antes de que llegases a la puerta y te obligaría a prometerme que volverás por la noche, o mejor, que no te vas, que era un amago, un juego. Pero otras no deseo que vengas, o que te demores con el café porque tengo cosas que hacer, o quiero estar solo, o quiero quedar con alguien…

Carlota me devolvió el porro y tomó la palabra:

— Ya, a mí me pasa lo mismo. Me sorprendo cuando voy de compras y pienso en lo bien que te sentaría esa americana tan elegante, que te pegaría con los pantalones que siempre te pones. Pero otras veces se me hace muy cuesta arriba tener que venir hasta aquí, preferiría quedarme en casa y no ver a nadie… o no verte sólo a ti. ¿Sabes que he cancelado planes porque tú no estabas seguro de si podrías quedar y he preferido esperar a ver si podías y luego no has podido y yo me he quedado sin plan?

— Pero no tienes por qué hacer eso…

— Ya lo sé, pero lo hago. No sé por qué lo hago. Mientras lo hago me lo digo: ¿Por qué lo esperas, sabes que no tienes que esperarlo? Pero te espero.

— Yo también te he esperado — dije.

— Me imagino. ¿Pero por qué lo hacemos? ¿Debemos hacerlo? ¿Está bien? ¿Qué conseguimos con eso? — Carlota hablaba más rápido de lo que su boca podía moverse, aturullándosele las palabras en los labios, saliendo apelotonadas.

— Supongo que es porque nos gusta estar juntos, ¿no?

— Pero nos vemos con más gente… ¿Eso es compatible? — Carlota estiró el brazo para que le dejara matar el porro. No escondí mi asombro porque dijera eso, nunca había pensado si ella se veía con más gente, pero no esperaba que ella supiera que yo sí.

— ¿Cómo sabes que yo…?

— Marta te vio varias veces en el restaurante griego ese de al lado del río. Una vez con una morena, dos con una rubia y la última con una muchacha muy blanca, me dijo. Pero no me importa, por eso no te he dicho nada. Pero ahora que has hecho la pregunta, ¿qué respuesta nos permite seguir viendo a gente y no romper lo que tenemos?

— Hoy en día hay muchos tipos de relación, no tenemos que mantenernos en la monogamia, hay un crisol de posibilidades que no implican renunciar a conocer gente. A mí tampoco me molesta que veas a otros tíos, por eso tampoco he preguntado nunca, me acabo de enterar.

— Ya, pero cualquier relación que propongamos tendrá que ser de mutuo acuerdo. Y si hablamos de gente, en general, no hay problema. Puedes irte con rubias, morenas, hippies, pijas y lo que te apetezca. ¿Pero y si dejas de irte con esos plurales y comienza a ser una rubia, una morena, y acaba teniendo nombre y apelativo? ¿Podrías soportar que no quedase con tíos y que siempre fuera con Marcos, por ejemplo? Marcos cada semana, Marcos los viernes. ¿Qué te parece eso? — el tono de Carlota se iba afilando, atravesando los resquicios que dejaba mi autoestima para clavarse en el corazón.

— ¿Y si fuera Mónica? ¿Cómo te sentaría que me pasara a mí eso?

— ¡No lo sé! Por eso lo pregunto. Sé que para mí quedar con Marcos no sería un problema, es más, que me lo “permitieras” — dijo haciendo el gesto de las comillas con las manos — si es que me lo tienes que permitir tú, te querría más, porque me das la libertad que necesito. Pero si es Mónica, no me gusta tanto la idea.

— ¿Qué problema hay con Mónica? — pregunté acomodándome en la silla.

— Pues que Mónica no es Marcos. Mónica es tu libertad, no la mía. Mónica condiciona mi libertad, me obliga a depender de ella en cuanto a ti. Y quedarías con ella ante cualquier duda mía, no me esperarías, saltarías directamente a sus brazos.

— Pero eso es la libertad ¿no? ¿No te molestaba tener que esperarme? Con Marcos no tendrías que esperar.

— O esperaría el doble, porque algún día os esperaría a los dos. Y si los dos contestaseis a la vez, tendría que elegir… — Carlota enmudeció tras el último punto suspensivo.

— Pero eso es la libertad: elegir. Y si tú quieres elegir, tienes que dar a al a libertad del otro la misma holgura que a la tuya.

— ¡Pero tu libertad me afecta!

— De eso se trata, ¿no? En realidad no quería lanzar la pregunta, pero se me escapó. Llevaba un tiempo pululando por mi cabeza y no conseguí domarla, y huyó. No quiero tener que elegir entre ti y ese plural de chicas sin nombre que ahora frecuento, pero tampoco quiero tener que ir con miramientos si empieza alguna a tener nombre propio. Me asusta Marcos, no te lo niego, no lo conozco pero seguro que es más guapo que yo, más ingenioso y divertido, es normal que quieras quedar con Marcos, y es todavía más claro que él quiera quedar contigo. Lo entiendo. Pero no voy a renunciar a la posible Mónica por el fantasma de un ocasional Marcos. Ni quiero que Marcos no pueda existir por tu miedo hacia Mónica. Por eso no sé lo que somos. Por eso he preguntado, aunque sin querer. Supongo que los que acaban siendo novios es porque tienen claro a lo que renunciarían por la otra persona, ¿pero qué pasa cuando lo que tienes claro es lo que no quieres ceder, se puede construir algo con esos cimientos?

— ¿Y por qué tenemos que hablar de esto? Está claro que la conversación iba a llegar en algún momento, pero nunca hay un momento adecuado para abordar este tipo de situaciones. Me pregunto qué pasa si no la estuviéramos teniendo, ahora estaríamos viendo la serie, o follando, y todo sería más fácil… — la voz de Carlota adquirió tintes de lamento en las últimas palabras.

— No sé si más fácil. Acabaría pillándonos, quizás más por sorpresa, quizás incluso pudiéramos haberla esquivado hasta que llegase Marcos, o Mónica, o igual podría haberse diluido y nunca haber llegado porque nos hubiéramos ido alejando el uno del otro, enfriándose todo tanto que ya esa conversación estuviera fuera de lugar, que correspondiese a otro tiempo y ya no tuviera sentido tenerla. No sé…

— ¿Es necesario ponerle nombre a las cosas? ¿Qué somos? ¡¿Qué se responde a eso?! En el fondo parece que nos preguntamos qué queremos ser, qué cosas tenemos que cambiar para seguir estando juntos y bien. Esa pregunta trae consigo las inseguridades de cada uno en lugar de los puntos en común.

— A las cosas hay que nombrarlas, ¿no? Sino no sabemos qué estamos viviendo. Es cierto que una vez puesta la etiqueta, hay que hacerse cargo de ella, pero en nosotros está el elegir los términos.

— Parece un divorcio esto, eligiendo términos, acordando clausulas. ¿Y qué te digo yo, que los viernes son para mí, que los miércoles alternos tenemos que quedar en mi casa, que al menos un día por semana tienes que tener preferencia por mí, que no me cuentes nada de Mónica o que aprendas a disimular tu cara cuando hables con ella delante de mí? No sé si lo mejor es que lo dejemos y listo, así no nos comemos la cabeza.

— Entonces estás poniendo una etiqueta a nuestra relación, una etiqueta que no me gusta, que creo que tampoco te gusta a ti. Le pones, y bien grande, la etiqueta de “se acabó” y yo pasaré a ser un ex, o un sucedáneo de un ex, puesto que si no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo para estar juntos no sé si merecemos llamarnos ex. No creo que sean tan malas las etiquetas, sí es cierto que todas traen una frontera, un límite que se sostiene frente a nosotros, delimitando deberes y derechos adquiridos solamente por el hecho de que exista; pero eso le pasa a todas las cosas, a todas las ideas o tipos de relación. Yo tengo claro que me gustas, y mucho, cada vez más incluso, pero no sé hasta qué punto es racional dejarse llevar por esas apetencias, por ese deseo, si implica tener que renunciar a otros deseos menores, a otras apetencias esporádicas. Yo quiero estar contigo, y te pondría la primera de todas mis listas, tanto de las que tienen que ver con el amor como las que tienen que ver con el sexo, también de las que tienen que ver con la ansiedad o las inseguridades. Pero no sé si estoy listo para que sólo esté tu nombre en esa lista. Y me gustaría ser yo el primero de la tuya, pero también me sabe mal que sólo estuviera mi nombre solitario en ella. No quiero que tengas que quedarte conmigo irremediablemente, quiero que siempre puedas elegir, que yo no soy para tanto, no quiero encerrarte sola conmigo.

— ¿Entonces qué hacemos? Ya no podemos desdecir nada, no podemos hacer como que la conversación no nos ha alcanzado. Estamos heridos, sangrando inseguridades y manchándonos con ellas hasta quedar irreconocibles. ¿Qué somos ahora? ¿Qué seremos a partir de ahora? ¿Podremos volverá estar a gusto juntos, podremos volver a esa normalidad anterior, tan lejana ya, tan de película que parece, ahora mismo, irreal? No sé, estoy llena de dudas y sólo pienso en Marcos y en Mónicas…

Carlota se hundió en sí misma. Con la cabeza escondida entre las piernas y los brazos rodeando su pelo la oí gimotear y sorberse los mocos. Un extraño nerviosismo agitaba mis músculos, no parando quieta mi pierna, dando golpes rítmicos contra el suelo. Me lié un cigarrillo para calmar mi ánimo, que se encontraba desbocado y desobediente. Me arrepentí de haber hecho la pregunta, pero en seguida me alegré de que esto hubiera pasado ahora, antes de cualquier posible catástrofe, cuando las cosas aún no son tan firmes como para atravesar la carne; ninguno de los dos nos íbamos a quedar mancos o cojos por las heridas de esta conversación… igual si hubiera tenido lugar un par de meses después si se nos hubiera cercenado algo, provocando odio. Le lié otro cigarrillo a Carlota y se lo dejé delante en la mesa sin decirle nada. Ella se balanceaba lastimosamente mientras su espalda latía por intentar contener los sollozos todo lo que podía. En un momento se irguió y me miró, luego se dio cuenta del cigarro y sonrió. Yo me levanté y me senté a su lado, dispuesto a abrazarla. Ella notó mi gesto y se me acercó, dejándose caer sobre mi pecho con toda la gravedad de la situación. Le pasé una mano por el pelo y la otra rodeó sus hombros con toda la ternura del mundo.

— ¿Qué hacemos ahora? No hemos decidido nada y yo no tengo la cabeza para decidir nada ahora — dijo Carlota desde lo profundo del abrazo.

— Podemos quedarnos así, no hace falta poner la serie, no hace falta nada. Siento lo que ha pasado, pero yo no quiero obligarte a nada, no quiero que me elijas a mí y que eso signifique tener que renunciar a tu libertad. Quiero tu libertad conmigo, te quiero a ti con tu libertad, que me la regales cuando te apetezca y que eso no te impida ejercerla con los demás. Aceptaré cualquier resolución, aunque te vayas y eso me duela; pero prefiero que te quedes.
Carlota alzó la cabeza y me miró con los ojos brillantes. Le temblaba el labio inferior y tenía la nariz roja de frotársela. Yo sonreí para tranquilizarla y mi sonrisa se le contagió y se reprodujo en su boca, pero con aire lastimoso.

— Odio mi libertad, te lo confieso — Carlota se deshizo del abrazo y haciendo acopio de la seguridad que le quedaba siguió diciendo — si me obligaras a elegirte a ti o a ese posible Marcos sería más fácil. Igual te elegiría a ti, o a él, no sé, pero sería más fácil. Pero toda esa libertad que me ofreces, que es la que yo quiero disfrutar, si no me la delimitas, se me aparece como un abismo que me llama, que intenta absorberme, y entonces tengo que luchar contra él. La libertad es una responsabilidad y no sé si puedo hacerme cargo de la mía.

— Bueno, si te sirve de consuelo, yo estoy igual que tú. Pero me da más miedo quitarte la tuya que desaprovechar la mía.

Ese fue el final de la conversación. Carlota volvió a mis brazos y nos quedamos dormidos así, en el sofá, con la luz de la lámpara y sus haces verdes por culpa de las plantas que tenía delante y la televisión encendida pero sin reproducir nada de interés.

Las ayudas.



 




Fernando es un amigo arquitecto al que tengo la suerte de conocer. Es un hombre aquejado de múltiples desgracias, una de esas personas que no saben caminar ya sin el espíritu encorvado. Y eso que él mantiene siempre la cabeza alta, en un ejercicio admirable que simboliza, para mí, una declaración de intenciones y que no se explica si uno no conoce el gran corazón de mi amigo. Tras varios meses desaparecido y tras casi más de dos años con ojeras crónicas y el semblante más serio que el de su juventud, Fernando me llamó. Yo le contesté tras ver que me había llamado y concertamos un encuentro en nuestra bar favorito, donde ponen el mejor café de toda la ciudad.

Él estaba ya inclinado sobre el café, dejando caer los copos de azúcar dentro del líquido cuando yo aparecí.

— ¿Qué pasa, hombre? — dije abriendo los brazos para recibir el cuerpo de mi amigo.

Él se levantó de un salto y el resorte que activó sus piernas para levantarse arrastró un invisible hilo que tiró de las comisuras de los labios hasta desplegar una amplísima sonrisa.

— ¿Qué pasa, hombre? — me contestó ya muy cerca del oído, rodeado ya por mis brazos.

Nos separamos y el camarero apareció como si hubiera estado esperando entre escondido y agazapado a que termináramos de saludarnos.

— Un café con leche — dije, y se fue.

Fernando me esperó y cuando yo hube terminado de darle vueltas con la cuchara bebimos al unísono. Era muy agradable estar allí sentado, disfrutando tanto del café como de la atmósfera; la atmósfera que genera el silencio entre los amigos, que no tiene amago alguno de romperse, que solamente se va deshilachando suavemente hasta fundirse con la conversación que brote. Fue Fernando el primero que, con las hebras de ese silencio, tejió un tema que, según dijo, necesitaba soltar, quitarse. Y empezó a desnudarse de ese traje:

— Las cosas no están bien. Ya sabes cómo han sido estos años. Los vaivenes no han parado, no ha habido un momento lo suficiente duradero como para que nuestros sesos hayan podido dejar de girar. Estamos bastante mareados ya de este viaje. A parte de lo mío, que ya va cogiendo tintes de irremediable, he tenido que lidiar con lo que le pasa a Rebeca, que ya sabes cómo es y cómo se toma las cosas…

— Lo sé — dije serio, intentando que mi amigo entendiera que le prestaba atención plena.

— … pero llega un punto en el que te das cuenta de algunas cosas, cosas quizás sin sentido, injusticias y despistes que si no fuera por culpa de la violenta deriva que nos sacude podrían solucionarse; pero que por culpa de los vaivenes emocionales que azotan mi cabeza como si fuera un navío hacen que me duelan las piernas de tan tensas que tengo que tenerlas. Pues intento no resbalarme, pero la cubierta está tan mojada que todos los esfuerzos que les pido a mis músculos parecen inertes, y tengo que sobre esforzarme para mantenerme firme. Y a veces me tiemblan las piernas, pero no deben ceder. Cuando le diagnosticaron la depresión ella pareció no tomárselo en serio, hasta se reía. ¡Se reía!... Qué verbo tan extraño, me suena casi anacrónico…

— ¿Tan mal están las cosas? — pregunté preocupado.

— Ya ves — dijo Fernando secamente.

— ¿Puedo ayudarte?

Conforme pronuncié esa pregunta Fernando parpadeó muy de seguido dos veces. Me miró y sonrió muy, muy amargamente. La pregunta se había hecho demasiado ácida para la boca de mi amigo, que la masticó lentamente, apretando mucho las mandíbulas intentando desmigajarla del todo. Y terminó por escupirla.

— Esa es la cosa: ayudar. ¿Cómo se ayuda a alguien, tío? ¿Tú sabes hacerlo? Sí, sí, lo sé, hay muchas formas y cada persona es de una manera, y cada uno a su forma y en su contexto; se puede ayudar estando, o yéndote, o llegando tarde, o no hablando, callando, riendo, esperando. Incluso hay ocasiones en que el enfado soluciona cosas en apariencia contradictorias. Pero eso es como no decir nada. Yo he probado casi todas las posibilidades que se me han ocurrido y te digo que sigo sin saber cómo se hace. Cuando a Rebeca le entraban esas rabietas descontroladas contra el mundo yo opté al principio por ponerme de su lado; tenía razón en bastantes cosas y me sumé a su enfado para apoyarla y que no se sintiera sola; y porque también lo compartía en cierta medida. ¿Pero qué pasaba cuando se enfadaba conmigo?... Pues que no tenía a nadie, o quienes estaban sólo toleraban algunos minutos de desgracias o problemas, de seguro insuficientes para ella. Y claro, eso derivó hacia no querer enfadarse nunca conmigo…

— Eso es muy peligroso… — dije después de un sorbo de café.

— ¡Anda que si lo es! Entonces yo dije, no puede ser. Porque además, a la impotencia de esa gestión emocional se le sumó la ansiedad. Y terminaba enfadándose con ella misma. Siempre, a todas horas. Y ahí tú no te puedes sumar, ese enfado no puede compartirse.

— Claro que no.

— Así que dije otra vez: habrá que intentar calmarla, hacer que vea el mundo sin teñirlo, intentar que fuera un pelín más objetiva, limpiar la lente en busca de la nitidez. Quitarle hierro al asunto a través del diálogo y la paciencia. Calmarme cuando ella despotricaba roja de ira y salpicando de saliva y lágrimas todos los cojines. Intenté sobreponerme a todo eso y, en lugar de abordar el tema desde un punto de vista emocional, viré y lo afronté desde la razón, aliándome con mi sentido del humor. Y pareció funcionar bastante bien durante un tiempo.

— ¿Y cómo lo hiciste? — pregunté con cierto reparo, pues estaba algo incómodo. Fernando hablaba con mucha vehemencia, echándose hacia delante cada vez más y no sabía si debía, o si iba a tolerar que lo interrumpiera.

— Pues sacando positivismo y memoria. Cuando ella se sentía peor que todo le recordaba alguna anécdota o algún logro, por ínfimo que fuera, para que se animara. La hacía reír, me reía de mí, me inventaba excusas absurdas para sacarla de casa y que volviera a coger la cámara. Y parecía que así se le pasaba. Sus alegrías las celebrábamos por todo lo alto, los pequeños triunfos diarios se los recordaba y apaciguaba con cariño y ternura sus caídas, dejándola reposar sobre mi pecho como si fuera la colchoneta que se pone debajo para amortiguar el golpe. Pero no siempre era posible. O yo no era capaz de acertar siempre o había días en los que me era más difícil sonreír; la saliva me sabía más líquida, como la que advierte de la cercanía del vómito. Y seguro que mi mueca, con la sonrisa puesta pero amarga, no la terminaba de ayudar. Pero claro, actuando así me fui olvidando de mis pequeños logros, dejé de alegrarme por las cosas que solamente me ocurrían a mí; y por ende, dejé de compartirlas, lo que equivale a dejar de vivirlas…

Fernando hizo una pausa tan larga que se nos enfriaron los cafés. La mirada de mi amigo parecía posarse en su taza pero en realidad estaba masticando recuerdos amargos y puede que hasta con hueso. Lo dejé tranquilo para que rumiara lo que tuviera que rumiar y empecé a liarme, muy lentamente, dos cigarrillos.

— Y luego dejó de escucharme — Fernando volvió a hablar sin levantar la vista. Su voz era más grave que al principio, síntoma de hablar desde las entrañas de la memoria, donde se estriñen tanto la suerte como las vicisitudes — al principio pensé: es injusto que haga caso a otros que le dicen lo mismo que yo, pero después entreví una solución. Un extraño, un amigo que viene a ayudar y al que hará más caso simplemente por no ser yo. Mientras sirviera, a mí no me importaba. Porque muchas veces creemos que los más cercanos, los que más nos quieren, nos dicen lo que nos dicen porque tienen que hacerlo, y no les damos valor real a esas palabras, que parecen venir más de la conmiseración que del amor. Y así seguí desapareciendo. Dejó de escucharme a todas horas, dando igual lo que dijera o si coincidía con lo que le recetaba la psicóloga.

— ¿Y eso la ayudaba de alguna forma? — pregunté enseñando los cigarros para ir a la terracita a fumar.

Fernando se levantó pesadamente, moviendo los músculos uno a uno. Y al percatarse de que me di cuenta de sus ojos vidriosos, sonrío amargamente intentando espantar el llanto silencioso que se aglutinaba en sus párpados. Mezclándosele la vergüenza y la culpa en la nariz, no quedándole más remedio que sorbérselas. Ya en la terracita, prosiguió:

— No sé si eso la ayudó, la verdad. Yo ya no sé nada de tantas vueltas que he dado al tema. No sé si con mi afán de ayudar lo que conseguí fue empeorar las cosas.

— ¿Cómo puede ser eso? — pregunté.

— Porque es muy difícil ayudar. Pasa que ayudando entorpeces algunos procesos, aparecen soluciones que apartan a otras, quizás más beneficiosas; parece que ayudar es siempre evitar el dolor, el sufrimiento o allanar el camino. Y ahora pienso que la culpa, en cierta medida, es mía. Igual debería haberlo hecho todo de otra manera, desde otro ángulo, abordarlo o con más ingenio o con menos amor. No sé.

— ¿Y ella cómo está ahora?

— Supongo que bien, no sé. Ya no estamos juntos. Se fue con otro. Porque lo nuevo, sólo con aparecer, tinta el futuro de nuevos colores, de otras luces que solamente por sí mismas despejan cierto tipo de brumas peligrosas y te aleja de las rocas con las que uno siempre teme estrellarse secretamente.

— ¿Y tú cómo estás? — temí preguntar eso, pues es una pregunta difícil, con una respuesta complicada de articular. Se necesitan todos los músculos en su sitio para pronunciarla debidamente. Pero pregunté porque me preocupaba mi amigo.

— Vacío. A veces pienso que ojalá ella no cambie y que termine por consumir a ese nuevo muchacho. Pero eso lo pienso para dejar de creer que la culpa es mía; porque si ella es así yo no podía hacer más de lo que hice. Y otras veces intento alegrarme de que haya salido de todo lo que yo le haya podido hacer sin darme cuenta. Pero sobre todo estoy vacío, he olvidado cómo gestionar mis buenas noticias, la suerte que siempre me ha guiado se me antoja retorcida; la gente que conozco rara vez pasan de ser extraños. De tanto esforzarme por ella tengo agujetas emocionales, dolores crónicos en la autoestima y algunas llagas en el ánimo. No puedo sonreír sin que se me llena la boca de pus. Y no puedo evitar pensar en si, cuando sea que aparezca otra que me guste, si yo le volveré a hacer lo mismo. Ojalá pudiera ayudar como lo hacen los perros, apoyándome con la cabeza en el regazo del que sufre, con esa mirada limpia, llena solamente de intenciones y amor…

Fernando estiró la última palabra hasta que se fue volando hacia la calle, donde se perdió. Y yo, no sé muy bien porqué, me levanté y fui a poner mi cabeza en su regazo como el perro que él quería ser y, entre sorprendido y agradecido, Fernando sonrió sin atisbo de amargura por primera vez esa tarde; y seguramente que en años.

— Eres un gilipollas — me espetó con ternura.

Yo sonreí y saqué la lengua jadeando un poquito.

— Venga, creo que ya es la hora de la cerveza. ¿No te parece?

Volví a mi forma humana no sin antes lamerle la cara por tan acertada apreciación. Llamamos al camarero, que siempre parecía estar más cerca de lo que el decoro permite, y le pedimos dos cervezas bien frías que de seguro nos ayudarían a encontrar temas más divertidos con los que distraernos.