Los mediomiedos.



Las noches de entre semana, menos la de los miércoles son bastante tranquilas. Los bares, al haber vuelto el frío, cierran antes porque la gente tras cenar sólo quiere peli y manta. Los charcos que se forman en el adoquinado del casco antiguo reflejan las luces de las farolas con nitidez; nadie los pisa, pueden vivir tranquilos a la intemperie. Las lluvias dispersan las ganas de salir a tomar algo, como si el agua fuera una amenaza, un peligro o una maldición. Por suerte para mí, las calles vacías me gustan y la lluvia me calma cuando la noto golpearme la cabeza.

Algunas gotas pequeñas, casi invisibles creaban una neblina ligera cuando salí del portal. Era esa lluvia que no cae y que se atraviesa con facilidad, como si fuera una cortina y que parece que te rodea y abraza conforme avanzas. Bajé por la calle que lleva a la plaza donde había quedado con Adela. Justo en la esquina, frente a la imponente fachada de la iglesia y su magnífico rosetón multicolor se levanta una tiendecita entre marrón y roja. Habíamos quedado allí para pillar unas cervezas e irnos a dar una vuelta, pero el tiempo parecía querer boicotearnos. Adela llegó enfundada en un abrigo largo, entre verde y beige, y un pañuelo amarillo en la cabeza que intentaba contener el alborotado pelo de su dueña. Sus pasos levantaban gotas de los adoquines mal pegados, salpicándole los bajos de los pantalones y creando formas extrañas en el cuero de sus zapatos. Me saludó antes de llegar a donde me encontraba. La sonrisa que me regaló se desplegó radiante mientras escampaba.

— ¡Hola! ¿Me has esperado mucho? — preguntó cuando estuvo a mi altura. Yo contesté después del abrazo que nos dimos:

— Acabo de llegar.

— O sea, que tú también llegas tarde — dijo dándome con el envés de la mano dulcemente en el pecho.

Seguí a Adela al interior de la tienda. Ambos saludamos al chino que estaba tras el mostrador viendo una película. Nos contestó con un gruñido y nos metimos por entre los pasillos. Una característica que tiene este chino, y que por eso hemos venido, es que organiza los pasillos de las patatas y snacks por colores; otros lo hacen por marcas, otros más innovadores por sabores, pero el resultado no es el mismo.

— ¿Sabías que aquí se ha grabado un videoclip? — me comentó Adela, que se paseaba por entre las estanterías sin intención de elegir nada, sólo contemplando el arcoíris de productos.

— ¿Ah, sí? — dije yo cogiendo una bolsa de pipas peladas, que estaban en la sección de los amarillos — ¿de quién?

— De Bad Gyal. Quedó muy bien.

— ¿Cómo sabes eso? — Adela giró hacia los azules mientras yo la seguía.

— Intenté entrar cuando lo iban a grabar, pero no me dejaron. No supe ni qué era ni de quién hasta que no me lo dijo Jo Sé.

— ¿Jo Sé?

— El hijo del dueño, es muy simpático.

Terminamos el recorrido tras pasar por los verdes y los negros. Cogí un litro de la nevera y fuimos a pagar. Cuando salimos de la tienda la luna asomaba tímida de entre las nubes que surcaban frenéticas la noche. Anduvimos unos pasos en dirección a la iglesia, pero no nos dirigíamos a ningún sitio en particular; bajamos por una calle angosta siguiéndonos mutuamente, giramos a la derecha y luego a la izquierda en una bifurcación.

— ¿A dónde vamos? — preguntó Adela, rompiendo nuestro deambular.

— No sé. ¿Tienes alguna preferencia?

— Sí, la verdad — dijo y desanduvo una docena de pasos para tirar por la otra calle de la bifurcación.

La calleja por la que fuimos era estrecha y con casa bajas a ambos lados, describía una ligera curva que iba dejando aparecer, conforme avanzábamos, la arquitectura recortada sobre el cielo de una pequeña iglesia recién restaurada. Llegamos a la placita que la acogía y vimos un banco entre dos árboles muy bien podados, con las copas redonditas y todas las ramas y todas las hojas de éstas perfectamente perfiladas. Adela se sentó y abrió la cerveza, yo me quedé unos segundos de pie frente a ella mientras me liaba un cigarro. La noche ya no parecía amenazarnos con la lluvia, pero empezó a levantarse una brisa fría y afilada que se colaba entre las costuras de nuestros abrigos.

Miré al cielo para dejar escapar el humo de la primera calada y sostuve la mirada todo el tiempo que tardó el humo en desvanecerse bailando. Adela se abrazaba las piernas mientras mantenía la cabeza apoyada en el hueco que quedaba entre las rodillas, encajando perfectamente en él su barbilla. Cogí el litro para beber cuando abrió la boca para hablar:

— ¿Puedo confesarte una cosa? — dijo con voz trémula.

— Claro — dije y le acerqué el litro.

— Voy a ver si acierto con las palabras. A veces me da la sensación de que tengo que arrancarlas de donde crecen porque no quieren salir. Pero sé que si quito la costra que las constriñe y que no es más que la saliva seca de otras hemorragias pretéritas saldrán a borbotones y dudo mucho poder controlarlas.

— No te preocupes, te escucho — dije mientras me acomodaba a su lado un poco de perfil, para poder mirarla a la cara.

— Desde hace algún tiempo he notado que hay algunas imaginaciones que se me aceleran sin razón aparente y contagian a mi ritmo cardíaco de su celeridad, provocándome silenciosas taquicardias que solamente noto en los oídos. Pero que opacan el resto de sonidos. Me entran miedos irracionales antes de hacer cualquier cosa, antes de ver a nadie. Pienso en lo que soy y me atraganto; toso todas esas flemas y me duelen por igual el pecho y la cabeza. Una congestión espesa recorre mi personalidad y me paraliza, me contiene, me reprime.

— Vaya — dije para demostrar que estaba atento y escuchando.

— Pero también me pasa otra cosa. Cuando he superado ese miedo, esa inseguridad primera que siempre aparece antes de las cosas, cuando ya la cosa se ha hecho, me vuelve. Por ejemplo, he quedado con ese chico del que ya te he hablado alguna vez. Justo cuando hemos acordado hora y lugar por whatsapp, me asalta un comando de dudas muy bien pertrechado, con sus cascos y escudos que los protegen. Si he conseguido huir de ellos y quedo con él y la cosa ha ido bien, cuando me despido y vuelvo a casa me encuentro rodeada de dudas que se aplican con lupa a observar cada palabra que he dicho, escrutan mis gestos y los de él, sus reacciones y omisiones para hacerme dudar de si he hecho las cosas bien. ¿Estás segura de que lo has hecho todo bien? Igual no deberías haber dicho eso, o no haberlo callado.
Un silencio salió de la boca de Adela y se apoderó de toda la calle, ahogando los maullidos de un gato con hambre que rogaba desde una ventana. Adela bebió un trago y yo otro. La dejé recuperarse, le di tiempo para que ordenara de nuevo las palabras y no se le desbordaran. Tras unos minutos, siguió:

— Yo los llamo los mediomiedos. Pues no son temores enteros, bien formados y aterradores, su sombra no se extiende demasiado ni sus palabras son mortales. Y como aparecen antes y después me parecen dos mitades. En el centro de ese bocadillo no ocurre nada, ahí no oigo nada, nada me amenaza y todas las risas que de mí emanan son sinceras. Pero eso poco importa, pues todo parece precipitarse en tromba y las buenas noticias aparentes golpean con la misma fuerza que las verdades a medias, que las mentiras y las inseguridades. Una vez que los miedos se dividen, se multiplican. Y de uno de ellos, de un mediomiedo, surgen cientos de crías, de decimales; y así me encuentro, en la víspera de volverlo a ver, con que todo lo bueno que siento se vuelve en mi contra y me dice que sólo he tenido suerte. Y he aquí otra emboscada de mediomiedos agazapados, al acecho, que me rodean sigilosos y me hacen pensar que solamente soy un saco de huesos arrojado a las circunstancias y sus vaivenes. Si lo que hago bien es suerte, me aterra pensar que en algún momento se puede terminar, y entonces… ¿qué seré yo sin ella? Y ese miedo se yuxtapone al siguiente y al de antes, pero no se fusionan, los sigo sintiendo por separado aunque entre ellos no haya espacio.

— Vaya — volví a decir porque no sabía qué más podía hacer. La postura de Adela no había variado ni un ápice. Yo la miraba, pero sus ojos no se desviaban del suelo, y aunque su voz me llegaba clara y nítida sabía que me estaba hablando desde distancia siderales.

Desde el tiempo que la conozco y trato, Adela siempre me había parecido una chica segura de sí misma, fuerte e inteligente. Despertaba en mí una admiración sincera. Y lejos de hacerse añicos por lo que me estaba contando, se redobló. Quise mostrarle mi apoyo, transmitirle algo de cariño con una caricia, pero parecía haberse enrocado en su postura y la mano me tembló y no me acerqué. Un coche de policía pasó junto a nosotros con las luces puestas, y como si fuera una señal divina, saqué las cosas de la riñonera para hacerme un porro. Al destapar el bote en el que la guardo una explosión de olor estalló en nuestras narices. Adela levantó la cabeza y sonrió amargamente mientras en sus ojos se formaban charcos que refulgían por obra y gracia de las farolas, como hacían con los adoquines.

— Sólo digo tonterías. Perdóname… — dijo acomodándose en el banco en una postura diferente.

— No te preocupes — dije mientras la maría, que no estaba del todo seca, se me metía en el hueco que deja la uña con la carne.

— Otro mediomiedo que me asalta y me sitia, matándome de inanición entre mis murallas es uno que tiene que ver con el tiempo en el que las cosas pasan, el tiempo en el que la gente llega, el tiempo que deja tras de sí la gente que se va. ¿Crees que dos personas pueden coincidir y que ambas lleguen tarde? O demasiado pronto, no sé. El caso es que estos mediomiedos no son por separado más que dudas interesantes, pero todos juntos tejen una red de pequeños cristales que, cuando se esparcen por el suelo, pinchan. Y tengo que moverme despacio y de puntillas, descalza, por un sendero de gotas de sangre y cristales sucios que yo misma voy esparciendo. Y cada uno de esos cristales refleja rostros y futuros diferentes, como espejos de mis anhelos y faltas. Los primeros que se estallan son donde las cosas salen bien, siempre.

— ¿Tienes miedo de que las cosas te salgan bien?

— Tengo miedo de muchas cosas; parece que si todo sale mal al menos tienes una excusa que te ampara y hasta te arropa. Tengo miedo de gustarle a Javier porque no sé qué puedo tener que le guste; y como no lo sé, no sé si lo puedo mantener, si se puede perder, si es un espejismo o una mentira. Y al revés. Tengo miedo de que me guste, casi por las mismas razones. Todo esto es un lío y una estupidez… gracias por dejarme soltarlo.

Adela me sonrió cálidamente mientras se limpiaba las lágrimas sin que se le corriera el rimmel. Esta vez sí le pasé el brazo por los hombros y la atraje hacia mí. Tendí la mano con el porro aún sin estrenar y ella lo cogió y se lo encendió en silencio.

La culpa.





Todo aquel que me conoce desde hace un tiempo sabe que soy una persona tranquila y pacífica, que huye de la bronca y que donde mejor me encuentro es en la penumbra de mi habitación y de mis actos. No suelo ser de los que hacen grandes ademanes en las cosas sencillas para adornarme. Pero siempre hay una vez que, un momento donde y una situación cual que te obliga a tensar los músculos, apretar la mandíbula y poner todo tu cuerpo al servicio de la violencia.

Esto ocurrió no hace demasiado y aún se mantiene claro en mi memoria, sin deformaciones poéticas; los hechos se suceden en mi imaginación como si los volviera a vivir. Había salido yo con un amigo a tomar unas cervezas por donde siempre, con el ánimo un poco decaído, como el tiempo que nos sobrevolaba, pero con intenciones firmes de recuperarme a la tercera birra. Mi amigo sabía de mi nublado temperamento y actúo como debe actuarse ante un colega herido: distrayéndolo lo justo y necesario para que pudiera desahogarme tranquilo, sin presión y hasta con pequeñas dosis de humor. Cuando nos dispusimos a abordar la tercera cerveza se nos hizo tarde y el camarero, muy amable él, nos pidió por favor si podíamos dejar la terraza para pasar dentro, que el permiso terminaba a la una de la mañana. Nos aconsejó que, si queríamos seguir fumando, podíamos ponernos sobre un barril enorme que servía de mesa, que él nos sacaba dos banquetas altas, que esas no entran dentro del permiso de terraza. Dijimos que sí y nos cambiamos de sitio.

El bar está en una calle estrecha, apenas separadas ambas paredes por dos o dos metros y medio. Todo el mundo que pasa por ahí es emisor y receptor de miradas. Sale casi por instinto el mirar al que pasa tan cerca de uno, no hay intención escrutadora ni ningún tipo de juicio a priori que justifique tal mirar; solamente se mira, sin porqués ni curiosidad sibilina.

Recuerdo tener la cerveza en la mano cuando se acercaron dos sombras que me hablaron incluso antes de que pudiera levantar la cabeza para reconocerlas.

— ¡Qué pasa! — me dijo una de las sombras con voz grave y un tono entre irónico y bruto.

Levanté la mirada y me encontré frente a frente con un hombre gordo y calvo con las gafas ligeramente torcidas y estúpida sonrisa. A su lado iba una muchacha bajita y de ojos enormes. Yo saludé sin saber quién era y mi amigo también. El hombre se quedó mudo unos segundos antes de decir lo que quería decir:

— ¿No te acuerdas de nosotros, verdad? — tenía razón, no me acordaba. El tono que puso en las palabras me hizo hacer un esfuerzo por recordar. Pasaron ante mis ojos cientos de momentos pasados, instantes y rostros que se movían muy rápido y difuminados. Durante unos segundos me esforcé verdaderamente, analicé los rasgos del hombre y la muchacha, hasta en un momento dado casi estuve a puntito de inventarme un recuerdo en el que colocarlos. Pero todo fue inútil, lancé una mirada a mi amigo, el cual tampoco daba crédito a lo que pasaba.

— Qué va, creo que no os he visto en mi vida — terminé por decir.

— Ya veo, ya veo, ¿te crees que somos estúpidos? — el hombre hablaba en plural, pero sólo hablaba él, la muchacha estaba como escondida detrás de su ancha espalda y de sus fofos brazos blanquecinos, sin emitir sonido alguno.

— No lo sé, no os conozco. Igual sí que lo sois, porque seguís insistiendo. — me puse un poco borde porque me estaba empezando a incomodar toda esa escena.



El hombre se llevó una mano a las gafas, se las sacó y limpió con la camisa, dejando ver parte de la curvatura de su barriga, la cual parecía no tener horizonte conocido. Cuando se las volvió a poner echó un brazo hacia atrás que rodeó a la muchacha por los hombros y la trajo hacia delante, para que la viéramos mejor.

— ¿Y ella no te suena? — dijo mientras arrastraba a la pobre criatura, que tenía cara de estar bastante más incómoda que yo. La miré de arriba abajo y negué con la cabeza.

— Se llama Nuria, y ella a ti sí que te conoce — dijo el verraco con su voz insoportable y un tono de sabiondo que rezumaba de entre las sílabas.

— ¿De qué me conoces? — pregunté a la muchacha, que no me miraba a los ojos.

— Igual no es él… no sé Isaac, creo que igual no lo vi tan bien como creía. Es que no sé si se parece — dijo Nuria al oído de la mole, el cual puso cara seria y escuchó, pero no quiso creerla y siguió insistiendo:

— Hace cosa de un par de meses, por la noche, tú y un par de amigos no dejasteis de acosar a mi hermana y su amiga hasta la puerta de casa. ¿No recuerdas que bajé y echasteis todos a correr como ratas, lanzando insultos de espaldas como cobardes?

— Mira tío, lo primero: yo nunca he acosado a ninguna muchacha o la he seguido hasta su portal, no soy así — mi amigo asintió, corroborando lo que decía — y segundo: no me creo que seáis hermanos… aunque podríais ser trillizos.

Dije sin disimular la mirada que intentaba abarcar toda la anchitud de ese hombre. Un brillo de ira se iluminó en sus pupilas, los labios se le contrajeron en una mueca cómica, y un ligero temblor que le comenzó en la pierna recorrió todo su cuerpo, bailándole un poco las gafas. La muchacha le agarró dulcemente del brazo y, mirándonos a mi amigo y a mí por primera vez, dijo:

— Déjalo Isaac, creo que no son, ya te digo que tampoco se acercaron mucho, y que a través del cristal del portal no se veía una mierda. Déjalos, seguramente me he equivocado — Nuria intentaba sin éxito calmar a su hermano, el cual se iba poniendo cada vez más rojo y ya se le empezaban a notar algunas venillas en las sienes.

En ese momento fui a coger el vaso de cerveza que me esperaba pacientemente en la mesa, pero la mano blanda y gorda de Isaac se me adelantó. Agarró el vaso y se lo llevó a los labios para beber. Yo me levanté de un salto con las mandíbulas apretadas y los músculos tensos. Me planté delante de él y descubrí que era un poco más bajo que yo, pero que perfectamente me triplicaba en peso. El tipo bebió tranquilo y no soltó el vaso. Yo no le dije nada, solamente le clavé la mirada con toda la fuerza que podía, afilándola tanto como fui capaz, directa a sus ojos. Nuria se puso en medio e intentó que la cosa no fuera a mayores, pero su hermano, con el sólo peso de su brazo y sin ningún esfuerzo aparente, la aparto como se espantan las moscas en verano. La muchacha retrocedió y gritó:

— ¡Vámonos Isaac, joder! Vámonos.

Isaac cogió aire. Nuria volvió a ponerse en medio.

— ¿En serio? ¿qué es lo que vas a hacer, eh? Déjate de tonterías, no vayas a montar un numerito. No creo que sean ellos, de verdad. Lo siento mucho — Nuria se giró para hablarnos — me he confundido, perdonad.

Mi amigo dijo algo que no entendí y también se levantó, pero no hizo ademán alguno de querer separarnos. Parecía que de un momento a otro sobrevendría la catástrofe. Sobre nosotros flotaba una incomodidad belicosa tan espesa como la grasa de ese hombre. Dentro de poco no podríamos ni respirar por la tensión. Isaac seguía sin moverse y parecía pensar. Nuria se volvió a meter en medio y volvió a ser expulsada. Yo iba a hablar cuando, de improviso, el brazo que sostenía mi cerveza empezó a moverse en dirección a mi cabeza con intención de golpearme. Pude esquivarlo en el último segundo, agachándome como pude. Un instante después de que el brazo, armado con el vaso, pasara por encima de mi cabeza se oyó el ruido de cristales rompiéndose. Luego un alarido estremecedor hizo que algunos transeúntes se acercaran a ver lo que había pasado. Nuria estaba encogida, con las manos agarrándose la cabeza y chillando de dolor. Isaac había vuelto a ponerse blanco, más que antes, y en su mano ya no estaba el vaso. Un reguero de sangre caía por los cabellos de Nuria y goteaba en el suelo profusamente. Yo miré a mi amigo, que estaba perplejo por haberlo visto todo. Isaac se acercó a Nuria con buenas intenciones, visiblemente preocupado, pero su hermana lo expulsó como él había hecho con ella. Se irguió para insultarlo y pudimos ver cómo tenía algunos cristales clavados en la sien y en la mejilla derechas. La sangre fluía por su cara formando deltas.

— ¡Mira lo que has conseguido, imbécil! — Nuria gritaba con rabia e ira a la cara de su hermano.

— La culpa no es mía, es de él — dijo señalándome.

— ¿Cómo dices? — dije.

El hombre giró sobre sí mismo para mirarme a la cara. Debido a la inercia provocada por ese giro la barriga tardó un poco en colocarse en su sitio. Cuando lo vi de frente volvía a tener tonos rojizos en las mejillas y las orejas.

— ¡Tú tienes la culpa! ¡Mira lo que le has hecho a mi hermana! ¡Te juro que te reviento!

Esquivé un guantazo que ese imbécil había lanzado contra mí.

— ¿Pero tú eres tonto o qué te pasa? — le dije alejándome unos pasos, no sabía si podía seguir esquivando golpes toda la noche, prefería no exponerme tanto.

— Si no te hubieras agachado no le habría dado a ella — dijo.

Nuria seguía chillando y alguno de los que se habían acercado estaban atendiéndola. Uno había llamado incluso al ciento doce mientras otros lo grababan con sus móviles.

— ¡Tú eres imbécil! ¿Le partes un vaso en la cara a tu hermana y la culpa es mía?

— Iba para ti. Si no te hubieras movido esto no habría pasado.

En un acto reflejo, totalmente irreflexivo y visceral, mi mano acertó con sonora puntería en la cara de ese orondo imbécil. Se le cayeron las gafas por el impacto y tuvo que agacharse a recogerlas. Vi mis dedos marcados en su cara como si de un fósil se tratara. Una solitaria lágrima brotó del ojo derecho, que sin duda también había sido alcanzado en el ataque. Temí que me respondiera, así que me alejé un par de pasos más. Nuria gritó desesperada:

— ¿¡No has tenido ya suficiente?! Al final te parte la cara a ti también, por gilipollas.

Las palabras de su hermana cambiaron algo el gesto de Isaac, pero seguía muy enfadado y echándome las culpas. Mi amigo intentó decir algo, pero el gordo lo señaló con violencia y el dedo índice estirado, y dejó la frase a medias.

— Vas a pagar por todo esto, que lo sepas — dijo el gordo, obcecado y dolorido.

— La hostia te la has ganado a pulso, capullo.

— ¿Mi hermana también se ha ganado que le partas la cabeza?

— ¡Y dale! Que yo no he hecho nada — dije cabreadísimo ante la estupidez de la mole — pero si quieres te doy otra hostia, a ver si así te enteras de una vez — y empecé a acercarme de forma amenazante.

En ese momento detrás de mí alguien dijo:

— ¿Se puede saber qué pasa aquí? — un agente de policía llegaba junto con dos enfermeros. Los sanitarios fueron directamente a atender a Nuria, la cual intentaba quitarse un trozo de cristal que estaba peligrosamente cerca del ojo.

— Mire, agente, lo que este malnacido le ha hecho a mi hermana — dijo Isaac lastimosamente.

El agente me miró y con un gesto me indicó que me apartara de Isaac. Volvió a preguntar qué es lo que había pasado e Isaac volvió a decir lo mismo, pero más aceleradamente.

— Muy bien señor, ya le he oído, dos veces. Ahora quiero que hablen ellos — dijo girándose para mirarnos de frente.

— Ese tipo ha venido hace un rato acusándonos de cosas que nunca hemos hecho, y en un momento dado ha agarrado mi cerveza y ha intentado estampármela en la cabeza. Pero yo me he agachado y quien la ha recibido ha sido su hermana; he ahí las consecuencias — dije señalando a la pobre muchacha que no dejaba de quejarse.

— Bien, bien, ya veo — dijo el agente, haciéndose el misterioso.

Isaac le dijo entonces que luego le había pegado a él, y enseñó la marca de la mano en la mejilla. El agente asintió, gruñó y se llevó las manos al cinturón para sacar las esposas. Yo cometí la imprudencia de esbozar media sonrisa, confiado en que por fin le darían a esa mole su merecido; pero antes de que me diera cuenta el agente me estaba pidiendo que me pusiera contra la pared con las manos en la espalda. Entonces fue Isaac el que sonrió, pero sin disimulo alguno.

— Queda usted detenido, haga el favor de no hacérmelo más complicado. Le llevaremos a comisaría y pasará la noche en el calabozo.

Oí lo que el agente me decía pero no terminaban de entenderlo. Se puso tras de mí y me agarró con firmeza las muñecas, noté el frío metal rodándome las manos y una lagrimilla de impotencia asomó por mi ojo izquierdo; Isaac la vio y se rio con una carcajada atroz llena de pus.

— ¿Y se puede saber por qué me detiene? — pregunté girando el cuello todo lo que podía para ver al agente.

— Por agresión con arma blanca.

— ¡Pero si el que le ha dado es él! — dije señalando con la nariz.

— Pero usted se ha quitado. Si no lo hubiera hecho me lo llevaría a él.

— Vamos, que tendría que haberme dejado reventar el vaso en la cabeza, ¿eso es lo que me quiere decir?

— Exactamente, veo que lo ha pillado, ahora vamos, no me sea niño chico.

— No entiendo nada — dije dándome por vencido.

— Su acción es la última en la escala de sucesos, la que ha posibilitado en última estancia que esa chica se encuentre así. ¿Sabe lo que es la defensa a terceros? Que si alguien está en peligro inminente lo puede defender y la justicia actúa como si fuera en defensa propia. Pues esto es lo mismo, pero al revés.

Perdí de vista la calle y a mi amigo, el cual no supo qué decir y tampoco se atrevió a averiguarlo, no fuera que lo llevaran por cómplice. Isaac estaba más ancho que antes y la sonrisa estúpida que se dibujaba en su rostro me ardía en los ojos. Dijo algo antes de que me metieran en el coche patrulla, pero yo sólo oí el gruñido de un cerdo.

La cura.



Abelardo vive en Madrid desde hace casi un año, quizás algo más, pero siempre que baja el primer móvil que vibra es el mío y el mensaje que recibo es casi siempre el mismo, con ligeras variaciones:

— ¿Bestias?

Hemos cogido la costumbre de sacar a los perros por lo parques del río, que tan apetecibles y fresquitos son ahora. Ambas mascotas se llevan bien y mientras corretean y ladran nosotros paseamos y nos ponemos al día. La amistad de nuestros amigos peludos fortalece la nuestra y viceversa. Cuando lo vi bajarse del coche me levanté del banco en el que llevaba un rato esperando. Mi perro lo había olido antes de yo verlo, y con la frente estirada y el rabo golpeando la tierra esperaba la señal que le permitiera salir corriendo hacia su amigo, al que sin duda echaba de menos. Me levanté y Segundo salió escopetado al encuentro de Lunares. La efusividad que ambos canes muestran en sus reencuentros contrasta notablemente con nuestro saludo parco en afectos. Ellos corren al encuentro del otro, con las orejas pegadas al cráneo por la velocidad y lanzando pequeñas piedritas con las patas. Tan rápido van que no pueden frenar, entonces chocan y se abrazan con las patas delanteras mientras se gruñen mutuamente. Luego se huelen el culo y cada uno va a saludar al dueño del otro, pero con menos intensidad y mostrando respeto. Una vez hecho todo este ritual, se alejan y se ponen a oler sus cosas. Ahí es cuando Abelardo y yo nos encontramos a nuestra velocidad de crucero y nos abrazamos y nos preguntamos qué tal.

— ¿Qué tal?

— ¿Cómo estás tío? — pregunté tras separarme del abrazo.

— Pues muy bien, la verdad — dijo mi amigo y comenzamos a andar en la misma dirección.

Aunque estemos hablando y aparentemente distraídos de lo que nuestras mascotas traman, en realidad ninguno les quitamos ojo; no son perros de gran tamaño, pero en nada que ven uno más grande, sobre todo si están juntos, no dudan en ladrar y enseñar los dientes. Y les da igual que sea un pitbull, un pastor alemán o un cruce entre lobo y oso: desde la distancia se mostrarán fieros y temibles. Hasta que algún día alguno se les acerque y tengan que salir huyendo.

— Y, bueno, ¿qué me cuentas? — pregunté sacando las cosas de mi riñonera para liarme un peta.

— Pues si te soy sincero, estoy muy, muy bien, tío. De verdad. Muy contento — Abelardo no reprimió ni un centímetro de la amplia sonrisa que se había dibujado en su boca.

— ¿Y eso? — pregunté con ardiente curiosidad.

— He conseguido curarme — dijo escueto, sin duda buscando el misterio.

No respondí verbalmente, pero la mirada que le eché, unida al ligero elevarse de mis hombros en un gesto de confusión bastaron para que entendiera que no sabía de qué hablaba. No tenía ninguna noticia de que hubiera estado enfermo.

— Conocí una chica el otro día. Bueno, ya la conocía, pero el otro día coincidimos y parece ser que nos reconocimos, o nos volvimos a conocer, o nos reinventamos. Yo qué sé, hay veces que uno no sabe muy bien que verbo es el que está viviendo. El caso es que, unidos por las frágiles e invisibles cuerdas que el azar usa para tejer su red, acabamos acostándonos.

— Vaya — dije quedamente.

— Ya, yo tampoco lo esperaba.

— ¿Y ella? — pregunté con sorna.

— Supongo que tampoco, te digo que ya nos conocíamos, y nunca había habido más que un ligero tonteo, nada que significara nada.

— Bueno, ¿y de qué te has curado? — dije deteniendo mi imaginación, que ya estaba pensando una broma fácil y simple tras la pregunta.

— ¿Te he hablado de Tamara, no? Desde que lo dejamos he sentido como si me faltara algo; no que ella me lo hubiera robado, ¡qué va! Más bien como si yo se lo hubiera regalado ¿sabes? Algo mío, que me era preciado y que se lo di a ella mientras estábamos juntos y que, al disolverse los sentimientos mutuos, nunca me fue devuelto.

— Es muy feo devolver regalos — dije aún sin saber muy bien por dónde iban los tiros.

— Ya, bueno. Quizás fuera por eso, puede encontrársele algún sentido. El caso es que me quedé como vacío, dentro de mi pecho se creó un hueco que a veces tiraba de mí hacia dentro, persiguiendo la implosión y otras me hacía sentir un hambre extraña, con un malestar muy parecido al de los gases. Supe, tras bastante tiempo sintiéndome así, que lo que le había regalado en toda mi inocencia y con más ignorancia de la que reconoceré nunca había sido mi capacidad de enamorarme. Menuda tontería, ¿verdad?

Me mantuve en silencio por dos razones: la primera porque los perros andaban muy lejos y no me fio de ninguno de ellos; la segunda porque no sabía qué decir. Por suerte Abelardo es muy dado al monólogo, rayando muchas veces el soliloquio, por lo que no le importó que no le contestase. Y siguió contando:

— La sensación que tuve cuando la chica esta se fue aún sigue abrazándome, aunque la noto más tibia. Es un calor que se siente íntimo, acogedor, como el que llega de la intemperie a una casa calentita y puede sentarse en el sillón para descansar. Tampoco sentía el vacío del que te hablaba antes. Yo sé que ella no tiene nada que ver, que este es un proceso mío, de mí para conmigo mismo. Podría considerarse casi como onanismo emocional. El caso es que estoy muy contento de haberme dado cuenta que la opinión que yo tengo de lo que lo demás piensan de mí no es cierta. Porque eso era lo que de verdad me taladraba la razón: el pensar que nadie se acercaría nunca más. Cuando he dicho que le regalé mi capacidad de enamorarme me refería a que ya no podría ponerla en práctica más porque nadie se acercaría. Y no se acercarían porque yo ya no querría que se acercaran. Es todo un poco rebuscado, pero es la verdad. Entonces, cuando esa chica, caminando sobre los hilos del azar como una funambulista, vino a toparse conmigo, me sorprendí y asusté a partes iguales. Me pregunté cosas que no tocaban, como si ella me había visto bien, si no estaba demasiado borracha o si había alguna trampa detrás. Seguramente no fue la mejor noche de su vida, de hecho creo que no estará ni en el top cien o top mil. Me puse bastante nervioso, tengo que confesar, hacía ya mucho que no estaba tan cerca de nadie, se me había olvidado que podía acariciar y besar. Estuve torpe y quise recordar cómo se hacían muchas cosas en muy poco tiempo. Pero eso poco importa.

Miré a mi amigo con el peta en la boca, ya por la mitad. Durante todo su relato estuve un par de pasos por detrás, vigilando a los perros por si acaso, pero escuchándole atentamente. Las sensaciones de las que me hablaba me eran desconocidas, pero la forma tan afectada de la que hablaba de ellas me hicieron tomármelas en serio y creérmelas, aunque no las entendiera del todo. Abelardo se giró y me miró con una gran sonrisa y leves destellos en las pupilas. Estaba aún más contento que antes.

— ¿La vas a volver a ver? — le pregunté.

— No creo. Ya te digo que no fue para tanto. Pero le estaré agradecido siempre, aun cuando ella no tenga ni idea de lo que ha hecho. Porque puede ser que ella no haya hecho nada en absoluto, desde su punto de vista lo único que consiguió fue una noche un poco decepcionante, seguro que está acostumbrada a encuentros con más pasión y destreza y no dudo que cuando se escabulló del hotel algún remordimiento peregrino pasó por su cabeza. Poco me importa lo que ella piense de mí, o de esa noche, la verdad, bastante tengo yo ya como para preocuparme por lo que ella esperaba de mí. ¿Sabes esa idea que se aloja en los ojos, que impregna los espejos y las fotos y que te susurra muy cerca del oído con su aliento húmedo que no eres para tanto, que no eres para nadie? No quiero decir que haya desaparecido del todo, pero sus sílabas ya no son tan nítidas, lo que quiere hacerme creer ya no es tan fácil de entender.

Unos ladridos lejanos llegaron a nuestros oídos y nos giramos al instante. A unos treinta metros había un labrador enorme de color canela que, apoyado sobre las patas traseras se erguía desafiante retando a nuestras bestias con sus ladridos. Los nuestros se quedaron parados el uno al lado del otro sin saber qué hacer, normalmente eran ellos quienes iniciaban los insultos y se encontraban desorientados. Se miraron, nos miraron e hicieron un amago de contestar, pero Abelardo silbó y ambos perros vinieron a donde estábamos y se olvidaron del lejano enemigo.

— Me alegro mucho por ti, tío, te lo digo de verdad — le dije a Abelardo mientras nos dirigíamos a un banco para sentarnos — no sabía que estabas tan mal, pero aunque lo hubiera sabido no podría haberte ayudado; pero me enorgullece saber que no has tenido reparos en contármelo. A veces las casualidades, la suerte como tú dices, nos salva sin saber muy bien cómo, sin tener del todo claro si nos la merecemos o no. En ese vacío del que hablas a veces crecen pequeñas buenas noticias, que si bien no ayudan a evitar la caída del todo, sí que nos permiten agarrarnos y mirar las cosas con la perspectiva de la esperanza. Lo que espero es que no se te vaya la cabeza y ahora vayas en plan Don Juan, sin miramientos o ética. No uses esa noche como excusa para recuperar el tiempo perdido.

— Claro que no. Ahora lo que quiero es domar ese espacio, que ya te digo que no ha desaparecido aún, y convertirlo en un espacio sin gravedad. Y así poder viajar a través de él sin miedo a la caída. Como un astronauta de mí mismo que surca el espacio entre constelaciones sin juzgar lo que ven sus ojos, sin prisas por llegar a ninguna órbita nueva.

Abelardo se quedó en silencio tras pronunciar las últimas palabras y ambos miramos al horizonte sin mediar palabra. Los perros se habían sentado cada uno al lado de su dueño y jadeaban profusamente. Le puse una mano en el hombro a mi amigo y, sin decir nada, disfrutamos de ese espacio mutuo que es la amistad.