Acuario.

16 de octubre 2015


Acuario.





Otra semana que se pierde en otro mes, es otro día cualquiera, que se diferencia de los demás por los dígitos de la parte inferior derecha de mi ventana virtual. Tecleo imprimiendo el mismo sentimiento en la yema de los dedos que el que pone la lengua contra los dientes; mis dedos son mi voz. O mi boca. Por internet todos tenemos nuestra propia voz, yo leo a Margarita y tiene mi tono y mi entonación. ¿Por eso detestamos nuestra voz grabada? ¡Esa es la voz que tienen los demás, no puede ser la mía! Pero lo es. Tienes voz a parte del texto. A veces resulta difícil sonreír detrás de la pantalla, sólo una risa interna y censurada que no deriva en nada. 


Pienso en la humanidad virtual como en un inmenso acuario: todos detrás de cristales, haciendo malabares para que los que han pagado se rían y aplaudan nuestras vidas. Cada persona, incluido yo mismo, está tras un cristal que distorsiona la realidad, un cambio de medio: como el agua que quiebra el palo, lo que vemos está distorsionado. El prisma virtual quiebra nuestra vista y nos muestra una realidad de otro medio imposible de alcanzar. No existe la rama quebrada, existe la rama recta. Internet no existe, sólo existimos nosotros. 


Se suceden los días y siempre hay Trendings Topics en Twitter. Todos los días se habla de algo y se hace viral. ¿Cuántos vídeos virales hay ya? Antes, cuando era muy raro que un vídeo llegará a casi todas las personas, era una proeza. Ahora es márketing. El viral es el chismorreo de la semana, la vecina embarazada del Richa a los dieciséis. Pero no perdura, hay muchos, muchas Jessicas que huelen a humo; ya dan igual. Hay tema de conversación todos los días porque ahora de todo se opina, nadie se calla, nadie se para a pensar. Las opiniones, la mayoría, no se crean en el interior, en el pensamiento; se crean en la lengua (ahora en los dedos) al hablar. Se piensa más rápido cuando se habla. Y ahora nadie se calla. Opiniones que se superponen y pelean, que bailan y gritan para imponerse a las demás. No sólo somos nuestras opiniones, ni nuestro gusto musical, ni nuestro gusto estético ni nuestro sentido del humor. 


33Cuando llegaron al lugar llamado ``La Calavera, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 34Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y echaron suertes, repartiéndose entre sí sus vestidos.35Y el pueblo estaba allí mirando; y aun los gobernantes se mofaban de El, diciendo: A otros salvó; que se salve a sí mismo si este es el Cristo de Dios, su Escogido.…


Y cuando matamos a Dios se nos perdonó, porque no sabíamos lo que hacíamos; pero cuando matemos al hombre se nos condenará, porque sabíamos lo que hacíamos y sólo construimos castillos de cartas confiando en que el viento nos respetara. Somos actores de una obra de teatro que creemos que hemos escrito nosotros. Nos relacionamos con fachadas, nos vendemos y esperamos ser comprados. Valemos dinero, somos mercancía. 


La palabra persona viene del griego persona, que significa máscara usada por un personaje teatral...


Blancanieves.

4 de octubre 2015


Blancanieves.





Todas las ventanas estaban cerradas y las manzanas, bien pulidas y relucientes, descansaban en el frutero. Todas con su muerdo perfectamente marcado. Las cortinas llevan echadas varios días, semanas incluso, pero las luces de bajo consumo mantenían la iluminación. Desde su sofá, con las piernas en alto y la mirada baja, miraba él su portátil blanco y silencioso. Tecleaba y deslizaba los dedos por el teclado táctil como si fuera una de esas películas de ciencia ficción donde con sólo mover la mano se desplaza información. Navegaba, si es que ahora se navega y no se vuela o se teletransporta, por sus redes sociales, todas abiertas a la vez. Las ventanas estaban cerradas pero el mundo ya no se mira por ellas. O eso pensaba él, y muy lejos no andaba de la verdad, pero tampoco muy cerca. Vio como una antigua novia del instituto le había mandado una petición de amistad. Quiere ser mi amiga se dijo en voz alta. La aceptó y la buscó en Instagram, porque la gente en Instagram siempre sale más guapa. La encontró y tras varios corazoncitos decidió seguirla. A su memoria llegó el único beso que se dio con ella, en un botellón, cerca de las seis de la mañana de un día de junio. Como por arte de magia a su cabeza llegaron más besos y labios y piernas y tetas y palabras de descortesía, coqueteos y posibles escarceos amorosos que nunca se dieron, pero porque él no quería. Recordó nombres y pasó de un perfil a otro, buscó las fotos en bikini y las de nochevieja. Agregó a un par de ex novias y tres o cuatro compañeros del equipo de lacrosse.

El mundo ya no está afuera, si no a través. A través de una pantalla, de un teclado y del wifi. Él estaba contentísimo de haber encontrado a esa muchacha y a las demás, y a sus excompañeros. Estaba exultante y decidió escribirles a todos para preguntarles que tal les iba. Y pasaron horas y días y ninguno le contestó. Eso tampoco le decepcionó, ya se le había olvidado toda la excitación. Ahora era Trending Topic una salida de tono de un aspirante a periodista con una futura alcaldesa, todo el mundo hablaba de ello, los tuiteros famosos afilaban su teclado y proferían frases ingeniosas y directas para dejar clara su postura. Todo el mundo habla de lo mismo, siempre hablan de lo mismo, da igual que tema toque cada día, porque todos los días hay uno. Él tuiteó y se rió con lo tuiteado sobre el periodista. Se metió en Instagram y vio los nuevos selfies de las guapas de la carrera, vio el perro nuevo de la vecina, lo enamorados que están todas las parejas y lo fácil que es vender una vida a través del móvil. Nada de eso le afectaba, incluso tenía amiguitas por Instagram y Badoo con las que fantaseaba con quedar algún día.

En un momento decidió meterse en sus propias fotos y mirarlas como si de un desconocido se tratase, y lo consiguió. La cosa no fue difícil, casi todos usan los mismos filtros y los selfies, a no ser que seas tuerto, o bizco, no cambian mucho de uno a otro.

Así se pasó casi toda la noche, saltando de perfil en perfil, de red social en red social, cuando, nadie sabe cómo y de dónde, sonó el teléfono. Pero nadie lo llamaba, era un whatsap: 'ey, tio, qdams?'
Primero lo leyó desde la pantalla de bloqueo y lo dejó reposar un rato. Si no salía el doble tick azul, nada pasaba, no lo había leído, estaba ocupado y no había oído el teléfono, cualquier cosa. Unos minutos después contestó: 'stoy liao'. Y lo volvió a tirar al sofá pensando en por qué quedar con alguien cuando tienes todo el mundo en tu móvil.
Y así se fue a dormir, sin nadie que pudiera despertarlo de ese sueño que lo invade cuando enciende su Mac.

 Cada dispositivo con internet es una ventana a un mundo donde todos son Blancanieves envenenadas, y donde los príncipes sólo llaman al fijo.

Manzanas.

1 de octubre 2015


Manzanas.



A ella le dijeron que las cosas buenas de la vida no se buscan, si no que se encuentran. Ella entendió que para que te pasen cosas buenas sólo debes quedarte quieto y esperar, que el universo conspira a favor de uno, que si deseas con fuerza todo llega. No le gustaba su vida desde hace mucho, su novio no era el que conoció; cuando ya llevaban un año y algo él se relajó y se dejó llevar, rodando sin rozamiento por la vida, con barriga recién estrenada y rutinas de sofá y manta. Ya no era atento, ya no era tan cariñoso, ya no había que conquistar su confianza pues esta empezaba a dar asco. Ella había cambiado también, pero eso nadie se lo dice. Ya no le hacía la misma ilusión la tarrina de helado de chocolate el primer día de menstruación, ni que la invitara a cenar. Ya no era un plan perfecto el quedarse en casa calentitos diciendo tonterías, ya no follaban como antes. Los cambios de uno no los vemos, los cambios de los demás siempre son obvios.
Por eso decidió convertir a su novio en un ex y se mudó a la costa, a esperar. Ella siempre había creído que se merecía lo mejor. ¿Por qué pensaba eso? Nadie lo sabe. Pero ahora todo el mundo piensa eso. La fábula de las manzanas en el árbol se la contó una amiga mayor que ella, hace ya unos años. Según su amiga todas las mujeres son manzanas y están en el árbol con sus formas redondeadas y coloradas. Algunas están más arriba y otras más abajo. Las de arriba son las mejores, las más difíciles de alcanzar, las de abajo caen antes, podridas. Por lo visto, los hombres se acercan al árbol para coger a las mujeres, pero tienen miedo de ir a por las mejores, las de más arriba, porque temen caerse y romperse el cuello, así pues se agachan y cogen a las podridas.  Ella, como todas las que oyen la historia, se creen que están en la parte alta, y que nadie se atreve a cogerlas, a escalar para ellas. Pero ninguna piensa que todas las manzanas caen.
Cogió sus cosas y se mudó a una casita pequeña y húmeda pero que daba al mar gris y furioso. Se compró un banco de madera y lo pintó de rojo y decidió sentarse allí a esperar a que alguien escalara para morderla. ¿De dónde nace la certeza de que ella es una manzana sana y atractiva? ¿Por qué creen las mujeres que son los hombres los que tienen que jugarse la vida para atraparlas? ¿Por qué son ellas las que están en el árbol y se despeñan?
Sentada en su banco le daba vueltas a las cosas y a las manzanas. ¿Sufren de lumbago o de gastroenteritis los hombres que sólo recogen manzanas del suelo? Los que escalan y van directos a por las más altas, cuando caen, ¿caen por falta de destreza o porque la manzana se resiste?

Esperando en el banco no pasó nada, de momento. Seguramente pasará, porque siempre pasa algo. Pero no porque se limitara a esperar. Si no porque se había mudado, se había separado de su novio y porque tomó una decisión. Las manzanas en el árbol para Adán y Eva, no hay que dejarse embaucar por la serpiente. No hay manzanas, no hay árbol, no hay búsqueda en vano. Las mujeres no deben esperar a que alguien arriesgue su vida por ellas, ni los hombres. Somos más como patatas, creciendo del suelo, enterradas, invisibles cuando se camina. No hay que escalar, hay que agacharse y ensuciarse las manos y limpiar la raíz. Porque lo importante se busca, y una vez en el camino correcto, se encuentran cosas. 

¿Qué nos pasa?

15 de junio 2015

¿Qué nos pasa? 







¿Qué nos pasa? Nuestra sociedad se ha vuelto susceptible y llorona, criticona y alcahueta, nos basta cualquier excusa para lanzarnos a atacar a cualquiera que diga algo que, a primera vista, no nos guste. No nos paramos a mirar los árboles, no podemos salir del bosque. Vivimos entre dos mundos que cada vez se diferencian menos. El mundo real, el material, sólo sirve ahora de cantera para los contenidos del virtual. En el segundo es donde vivimos de verdad, es el lugar donde nos relajamos y estiramos las piernas y bostezamos esperando encontrar que algo nos divierta. 
La mayoría de nuestro ocio pasa por una pantalla, y si no pasa ya nos encargaremos de buscar un hueco a nuestras cosas y enmarcarlas allí. Vemos más gente a través de píxeles que en persona, interactuamos más con las teclas del ordenador o con la pantalla táctil que con bolígrafos o lápices. Nos vamos alejando de nosotros mismos conforme más queremos unirnos a los demás. Buscamos que todos sepan quienes somos por nuestros gustos, por nuestras fotos y por nuestras opiniones; y éstas cosas no definen por completo a nadie. 

Ahora en las noticias se habla mucho sobre la dimisión de dos concejales de Madrid: Soto y Zapata; porque en dos mil once escribieron en twitter unos chistes negros, para muchos de mal gusto, pero chistes a fin de cuentas. En ésa época no ocupaban cargos públicos y nada se dijo sobre nada. Pero hoy, ahora que el bipartidismo se ha roto, o eso parece, y que todo se mira con lupa, han salido a la luz y miles piden su dimisión con enfatizado enfado, con bilis en la boca y en las teclas del ordenador, que arden de tan fuerte que se las golpea, de tan duro que se pretende ser. Y yo pregunto: ¿qué es lo que pasa? 

¿Qué pasa, que ahora no se puede hacer humor negro?  Seguramente algunos respondan que sí, pero que hay ciertos límites que no se pueden sobrepasar. ¿Seguro? ¿El humor tiene límites? Porque a mi se me ocurre que este tipo de humor, de tener límites, lo censuraría por completo. No quiero entrar en lo que le parece a cada uno este tipo de humor, por que no viene al caso. El gusto personal ha de alejarse de la opinión. Pero la gente lo confunde. Cuando alguien ve algo que le rechina, sin saber por qué, se niega y arremete contra ello ofendido y blandiendo todo tipo de banderas, entre ellas la del buen gusto, la razón y lo políticamente correcto. 

¿Por qué han salido esos tuits ahora? Eran de dos mil once, no lo olvidemos. Yo digo por qué, porque alguien ha mandado que se investigue la cuenta de Zapata y Soto, y la de muchos más también, seguro. ¿Y que han encontrado? Nada. ¿Qué buscaban? Cualquier cosa. Y como ahora hay que desacreditar por internet a cualquiera, han salido esos chistes que a nadie gustan, y piden su dimisión. 
¡Que cotillas y malintencionados nos hemos vuelto! También recuerdo cuando ocurrió el accidente de Germanwings y cómo se buscó el facebook del copiloto, cómo se fue deshojando su vida hasta el más íntimo detalle, y todo por la televisión o internet. 
Y me parece lamentable la actitud alcahueta de esta sociedad que sólo busca el morbo. 

¿Dimitir por unas cosas dichas en dos mil once, cuando aún no era persona pública, por qué? La libertad de expresión, por mucho que queramos ponerle trabas, no se puede acotar. ¿Quién dice cuándo se termina? ¿Cuando a alguien le ofende tu opinión o punto de vista? Esa sería una buena línea definitoria ¿no?. De aquí no se puede pasar, que hiere la sensibilidad, hasta aquí sólo, más allá sólo hay ofensas y meadas fuera de tiesto. ¡Qué bonito suena, a que sí! Pero claro, hoy en día nos ofendemos por cualquier cosa, lo que limita bastante la libertad de expresión. Todo ofende, nadie piensa, todos reclaman, nadie reflexiona, todos se quejan y exigen dimisiones. 

Cada día me da más pena la gente que exige sin mirarse al espejo. Quienes ven la paja el ojo ajeno y no la viga en el propio. Los que no ponen la barba a remojar cuando la del vecino se precipita lentamente al suelo. En definitiva, que todos tenemos cosas que pueden hacernos dimitir de lo que sea, aunque no seas nada cuando digas algo. Da igual, la gente siempre opinará sin pensar y le dará importancia a cosas nimias para sentir que tienen razón, razón que se basa en la masa, en el número y no en la calidad de lo opinado. Pero, como dijo alguien antes que yo: Perdónalos, padre, porque no saben lo que hacen. Tanto no hemos cambiado ¿eh?. Normal que no vuelva el mesías, porque se le volvería a crucificar por poner la otra mejilla, o por convertir el agua el vino, ofensa a los abstemios. 

Los peces en las redes.

10 de mayo 2015.


Los peces en las redes. 



¿Qué diría Platón de la aplicación práctica de su mundo de las ideas? Me refiero al actual mundo virtual, al reino de internet, de los smartphones, de las tablets; al de los ceros y unos en definitiva. No es exactamente a lo que se refería Platón, pero me vale como ejemplo. Un mundo donde todo es imaginario, donde la realidad queda desplazada y sobreviven los instintos más básicos del ego. Allí dónde cada uno puede mentir a su manera, y la mejor forma de hacerlo es hacerlo mucho. 

Tenemos muchas aristas desde donde vender nuestra personalidad y nuestro físico. Parece que lo que antes se reunía en una sola plataforma ahora se divide y necesitamos más tiempo y distintas formas de darnos a conocer. 

¿Que es real en las redes sociales? ¿Quién es real? 

En esta época nos han metido con calzador el verbo compartir, que evoca tanto, que suena tan solidario, tan necesario y fundamental que ya no concebimos una cultura sin él. ¿Qué es la vida si no la compartes? Es la pregunta que me suelo hacer, que me han impuesto, que me obligan a preguntarme. Compartir, compartir. Pero es que me he pasado toda la vida buscando un hueco en el que encajar, una forma de ser que sea mía, una diferencia sustancial con mis congéneres lo suficientemente personal para llamarlo personalidad que no entiendo por qué ahora me obligan a compartirla. 
Una frase de promoción de una red social dice algo así: lo que vives merece ser compartido. ¡Toma ya! Di que no, niégalo si tienes huevos. 
Tan categórica es la frase que parece que nada escapa a ella. Dos puntos fuertes: merecer y compartir.

¿Qué más se le puede decir a una persona de este siglo para que le puedas vender todo lo que quieras? Nada. 

¿Por qué es necesario compartir lo que a uno le pase, sea lo que sea? Parece que nos quieren decir que si nadie sabe lo que haces no existes. Que la máxima expresión del ser humano es exponer nuestra vida como si estuviésemos en un escaparate iluminado. Para eso funcionan las redes sociales actuales. 
Luego está el otro verbo peligroso y dulce: merecer. No creo que haya nadie en el mundo que no se sienta merecedor de algo. Dile a alguien que no se merece algo bueno que le pase, aunque esto haya sido por pura casualidad. El verbo merecer es peligroso y encaja en todos los oídos. 
A mí la red social que más me gusta es instagram, porque es en la que cada uno muestra lo que le gustaría ser. Es una ventana al consumismo trivial, un lugar donde cada uno se vende porque todos deseamos ser comprados. Deseamos que nos consuman, como una especie de prostitución del ego, de la personalidad. 
No veo ningún problema en el deseo de ser comprados, considero algo innato de nuestra naturaleza social; el problema viene cuando somos nosotros los que nos ponemos el precio. Vuelta al merecer subjetivo. A la justicia propia y trivial. 
Podemos vender nuestro físico, nuestra imagen, o nuestros gustos y pensamientos. Por compartir una canción o un texto que me ha gustado, o que he escrito, parece que estamos abriendo una ventana al a gente para que nos conozca; porque consideramos que lo que hacemos, mostramos o nos gusta, es de interés para la gente. Porque merecemos que se nos conozca, porque lo que compartimos es importante, porque queremos ser, en cierta medida, conocidos. 

¿Mis gustos definen mi personalidad? ¿Mi cara en una foto es el reflejo del alma?

¿Hasta cuando ponemos morritos y enseñamos abdominales o tetas? ¿Qué clase de alma es ésa? 
A mí me gusta el rock y el rap y algunas canciones de Julio Iglesias; me gusta Da Vinci y Picasso; soy mucho de Woody Allen y de comedias románticas; ¿qué dice eso de mí? 
He empezado hablando de Platón y de su mundo de las ideas porque me parece que la época actual se basa en eso mismo. Existe un mundo real donde cada uno es como es, pero que se plasma de una forma descontextualizada en el mundo virtual. Siendo el segundo. La vida a través de una pantalla, siempre. La vida a través de una pantalla, cuidado. 
Pero siempre nos quejaremos de que nos compren los que no queremos, los que vienen atraídos por el llamativo papel que nos recubre. Y no nos merecemos eso, ¿a qué no? 
Pero ¡ay! nos vendemos sin criterio y esperamos que nos compren gente que merezca la pena.

Porque nosotros valemos la pena,  porque siempre nos merecemos algo mejor, ¿no? 

Menos compartir, que es comprar y vender, y más regalar. Menos acumular fotitos y más regalar experiencias. Menos estar conectados y más desconectarse del mundo. 
En definitiva, menos de todo para ser más uno mismo. Porque puede pasar que después de tanto posar para una cámara se te olvide tu reflejo en el espejo. Y eso puede llegar a ser muy triste. 



#Instagram.

2 de mayo 2015.



#Instagram.



Se me estaban empezando a dormir las piernas en la terraza del "Bá de fran", con el sol calentándome la espalda, cuando una conversación atrajo mi atención. Eran dos muchachas de más o menos mi edad, a saber, unos veintitantos. Lo que no aclara nada, pero ahora todo el mundo es más o menos igual desde que cumple los dieciocho, incluso antes, hasta que llega a los treinta, o incluso después. 

Una era rubia, de un tono tan intenso que parecía imitación de oro, la otra morena, su color natural, pensé. 
Hablaban de la gente a la que seguían en instagram. Que si ese tal Pablo era guapísimo y que además vestía genial. A las dos les gustaba ese chaval, al que yo no pude poner cara, pero me lo imaginé. 
-¡Mira que ojos! ¡Qué guapo es! - decía la una a la otra mientras se sumergían en su perfil. Pasaban las fotos con el dedo, porque lo veía, y se detenían en alguna y se quedaban en silencio observando. 
- Pero la novia no es tan guapa. No sé qué hace con ella. - dijo la rubia. 
- Ya, siempre hay tontas con suerte - se lamentaba la otra. 
Me enteré que también seguían a la novia, porque se metieron en su perfil y criticaron lo que había subido el día anterior. 
Hicieron lo mismo que con Pablo, sólo que el tono era distinto. Sus caras pasaban de la risa más ácida y cítrica a la cara de mayor asco posible, como si olieran huevos podridos o comieran comida caducada. 
- Mírala, siempre enseñando sus ojos azules. Mira casi todo son selfies. ¿Has visto sus fotos de verano? Le sobran unos kilitos. No sé qué habrá visto Pablo en ella, con lo guapo que es... ¡y los ojazos que tiene! - contaba la morena. 
- ¡Ya te digo! - contestaba su amiga. 
Siguieron cotilleando a más gente. A mí la duda me iba creciendo en el seso. ¿Cómo sería ese Pablo? Yo ya me lo imaginaba como un Brad Pitt, o un Ashton Kutcher. Y a su novia como una especie de Paz Padilla o Rosi de Palma. 
Estas dos amigas no estaban mal, eran delgadas, no demasiado altas y no eran feas. Iban bastante maquilladas, pero sabiendo lo que hacían. La rubia, además, tenía los ojos verdes, y los resaltaba con la típica y siempre efectiva línea negra que recorre los párpados. La morena tenía uno labios bonitos y una nariz chiquitita. No eran nada del otro mundo. Por eso me imaginaba a la novia de Pablo como una especie de adefesio contrahecho. 
Siguieron criticando a más gente, a más chicas. Algunas, por lo que entendí, eran amigas o conocidas suyas. 
- Mira cómo enseña carne, es una guarra. 
- ¿Y esas fotos de cerveza, qué se cree, que nos da envidia? ¡Bah! 
- ¿Y éste, que ha empezado a seguirme ahora? ¿De qué va? Le dio a me gusta a no sé cuantas fotos mías. Algunas de hace ya un par de meses...
- Ése es un enfermo. ¿Lo sigues?
- ¡Qué va tía! ¿Por quién me tomas? 
El camarero se acercó y me preguntó si quería algo más y le dije que sí, que otro café con hielo. La conversación me interesaba. 
-¿Has visto que fotos más chulas hace Roberto? El otro día subió fotos de su novia en ropa interior y están muy chulas. 
- Qué va, yo no lo sigo. Ahora mismo lo agrego. 
Por razones que nunca entenderemos, las casualidades ocurren y, muchas veces, cuando deben. Una muchacha castaña y de aspecto frágil, con el pelo largo, y la cara y las extremidades muy finas, pasó por la acera de la terraza del bar. Se sentó en una mesa cercana a la de las dos amigas y se quitó el pelo de la cara, dejando ver unas facciones finas y dulces, con unos grandes ojos azules que sobresalían. De inmediato las dos amigas bajaron el tono y juntaron las cabezas. Luego vino a sentarse un chaval a la mesa de la nueva muchacha. Un chico de pelo ligeramente rubio y rizado, alto y atractivo. Saludó a la morena con un beso en la boca y luego a las dos amigas con un gesto de la cabeza y de la mano. 
- ¡Hola Pablo! - dijeron las dos amigas al unísono. 
¡Ése era Pablo! Y esa debía ser su novia. Por lo que había oído a él me lo imaginaba más o menos como era, pero a ella no. Era mucho más guapa de lo que opinaban las dos. Y mucho más atractiva que ellas juntas.  
Las dos amigas dejaron de cotillear el intagram de todo el mundo y se pusieron a hablar cada una con su móvil, sin articular palabra entre ellas. 
Antes de irse se hicieron un selfie con el palo, poniendo morritos y enseñando algo de escote.
- ¡Que guay tía! Salimos genial. La voy a subir ahora mismo. 
- Pero si acabas de subir la de la tortita y los cafés que nos hemos tomado...
-¡Da igual! Si instagram está para eso ¿no? 
Y se fueron, no sin antes echar una mirada que parecía un mal de ojo a la novia de Pablo. 
Yo me terminé el segundo café sin saber si pensar que hoy en día la gente es más estúpida, o si lo era yo, por no entender cómo se comporta ahora la gente. 

La maleta.

29 de abril 2015.


La maleta.





Son aún las cuatro de la mañana y no he terminado de preparar la maleta. El tren sale a las seis y no creo que pueda dormir. Mis padres duermen e ignoran mis miedos y mis dudas, mejor así. ¡Lo que cuesta llenar una maleta de despedida! La ropa es lo de menos, tengo que llevarme casi toda la que tengo. 
-¿No te vas a llevar ninguna de las fotos del salón? - hablo conmigo mismo. 
¿Hasta que punto es bueno llevarse los recuerdos? Lo que más abulta de las maletas de despedida no es la ropa o el portátil, son los recuerdos, las dudas y los miedos. 
Aún no la he cerrado, pero sé que me va a tocar sentarme encima de la tapa para que encajen todos los futuros posibles, los buenos y los malos; aún más presión necesitará para que encajen las piezas del pasado. ¿Hasta dónde se dejan arrastrar las emociones? ¿Hasta dónde los sentimientos? 
Al fondo de todas las cosas va lo esencial, lo que es lo primero que recuerdas cuando piensas que tienes que trasladarte, lo innegociable y fundamental; los cimientos del traslado. Encima puedes poner lo que te venga en gana, no hace falta ni que la ropa esté bien doblada, no hay que encontrar lo superficial a la primera, sólo tenerlo a mano. Lo importante ha de estar escondido, pero ha de estar. Una frase de un poema del Tao Te Ching dice que lo esencial es invisible a los ojos. 
A punto estoy de coger el perfume de ella y el suavizante de su madre y esconderlo en algún bolsillo con cremallera. 
-Da igual todo, una vez que no vuelvas todo cambiará - me sigo hablando. 
Si todo va a cambiar aún es más importante mantenerse firme en lo que uno cree. Los cambios son vientos, pero mi barco ha de mantener su propio rumbo. Quizás obstinado, testarudo, quizás valiente y decidido. Me siento como navegando de noche con las estrellas encendidas. 
Voy metiendo cada vez más cosas, con cada una me pregunto si de verdad es necesario llevármela. Si esto se prolonga terminaré por llevarme toda mi casa atada en un hatillo, con mis padres dentro zarandeándose y quejándose por la falta de oxígeno. 
Vuelvo a abrir el armario y la voz de mi cabeza me dice que no me olvide de los monstruos. 
-Debes llevártelos - me susurra al oído y me apoya una mano imaginaria en mi hombro. - ¿qué sería de ti sin ellos? 
Y tiene razón. Debe uno siempre dejar hueco para los demonios. Luces suele haber en todos lados, en los chinos puedes comprar un caza sueños de placebo que da el pego. Pero los miedos, los monstruos son intransferibles. ¡Cómo no llevarlos! 
Rebusco en la oscura habitación llena de ropa y hecha de madera. A tientas golpeo camisetas y pantalones esperando que alguno me agarre la mano y poder atraparlo. Toda la vida pensando que los monstruos se escondían para asustarme y no entendía que era yo quien los aterrorizaba. Por eso sólo salen cuando estoy dormido, y me miran y si me muevo se vuelven a esconder. ¿A dónde van cuando me paso las noches en vela? ¿Necesitarán ir a mear, y si es así, a dónde van cuando no duermo? 
No consigo encontrar a ninguno, pero no me desespero, sabrán encontrarme. Por mucho que me teman no pueden vivir sin mi, como yo sin ellos. 
Me siento para fumarme un cigarro de madrugada, que me da la sensación de que son los que más ruido hacen. Oigo el chisporroteo de la brasa consumiendo el papel, incluso creo oír cómo va ascendiendo el humo hasta el techo y busca una salida. A la gente no le molesta que te quieras matar, les molesta que el aire huela a tabaco. Me sonrío ante este pensamiento. Hoy en día a la gente le molestan cada vez más cosas, y a mí cada vez menos. Otra vez navegando por la noche. ¿Habrá algún faro que se apiade de mi? ¿Y por qué un faro, no puedo salvarme yo solo, no puede salvarme sólo el universo? ¿Es necesaria otra persona para que no me estrelle? 
Pienso en metáforas marítimas y en la gente. Pienso en que estoy perdido a la deriva y sólo llevo un ancla. ¿Para qué? Para pararme a mirar a mi alrededor. Un ancla es un punto de inflexión, una llamada a la pausa y la reconsideración de la perspectiva. Las mareas suben y bajan, se eleva la quilla hacia el cielo y zozobra el casco, todo cruje, pero no me muevo. 
Llevo cuatro horas preparando la maleta y todo parece como al principio. Hay cosas que por muy lejos que queramos irnos no podemos cambiar. Y eso no se arregla ni aunque me prepare la maleta mi madre.