Los peces en las redes.

10 de mayo 2015.


Los peces en las redes. 



¿Qué diría Platón de la aplicación práctica de su mundo de las ideas? Me refiero al actual mundo virtual, al reino de internet, de los smartphones, de las tablets; al de los ceros y unos en definitiva. No es exactamente a lo que se refería Platón, pero me vale como ejemplo. Un mundo donde todo es imaginario, donde la realidad queda desplazada y sobreviven los instintos más básicos del ego. Allí dónde cada uno puede mentir a su manera, y la mejor forma de hacerlo es hacerlo mucho. 

Tenemos muchas aristas desde donde vender nuestra personalidad y nuestro físico. Parece que lo que antes se reunía en una sola plataforma ahora se divide y necesitamos más tiempo y distintas formas de darnos a conocer. 

¿Que es real en las redes sociales? ¿Quién es real? 

En esta época nos han metido con calzador el verbo compartir, que evoca tanto, que suena tan solidario, tan necesario y fundamental que ya no concebimos una cultura sin él. ¿Qué es la vida si no la compartes? Es la pregunta que me suelo hacer, que me han impuesto, que me obligan a preguntarme. Compartir, compartir. Pero es que me he pasado toda la vida buscando un hueco en el que encajar, una forma de ser que sea mía, una diferencia sustancial con mis congéneres lo suficientemente personal para llamarlo personalidad que no entiendo por qué ahora me obligan a compartirla. 
Una frase de promoción de una red social dice algo así: lo que vives merece ser compartido. ¡Toma ya! Di que no, niégalo si tienes huevos. 
Tan categórica es la frase que parece que nada escapa a ella. Dos puntos fuertes: merecer y compartir.

¿Qué más se le puede decir a una persona de este siglo para que le puedas vender todo lo que quieras? Nada. 

¿Por qué es necesario compartir lo que a uno le pase, sea lo que sea? Parece que nos quieren decir que si nadie sabe lo que haces no existes. Que la máxima expresión del ser humano es exponer nuestra vida como si estuviésemos en un escaparate iluminado. Para eso funcionan las redes sociales actuales. 
Luego está el otro verbo peligroso y dulce: merecer. No creo que haya nadie en el mundo que no se sienta merecedor de algo. Dile a alguien que no se merece algo bueno que le pase, aunque esto haya sido por pura casualidad. El verbo merecer es peligroso y encaja en todos los oídos. 
A mí la red social que más me gusta es instagram, porque es en la que cada uno muestra lo que le gustaría ser. Es una ventana al consumismo trivial, un lugar donde cada uno se vende porque todos deseamos ser comprados. Deseamos que nos consuman, como una especie de prostitución del ego, de la personalidad. 
No veo ningún problema en el deseo de ser comprados, considero algo innato de nuestra naturaleza social; el problema viene cuando somos nosotros los que nos ponemos el precio. Vuelta al merecer subjetivo. A la justicia propia y trivial. 
Podemos vender nuestro físico, nuestra imagen, o nuestros gustos y pensamientos. Por compartir una canción o un texto que me ha gustado, o que he escrito, parece que estamos abriendo una ventana al a gente para que nos conozca; porque consideramos que lo que hacemos, mostramos o nos gusta, es de interés para la gente. Porque merecemos que se nos conozca, porque lo que compartimos es importante, porque queremos ser, en cierta medida, conocidos. 

¿Mis gustos definen mi personalidad? ¿Mi cara en una foto es el reflejo del alma?

¿Hasta cuando ponemos morritos y enseñamos abdominales o tetas? ¿Qué clase de alma es ésa? 
A mí me gusta el rock y el rap y algunas canciones de Julio Iglesias; me gusta Da Vinci y Picasso; soy mucho de Woody Allen y de comedias románticas; ¿qué dice eso de mí? 
He empezado hablando de Platón y de su mundo de las ideas porque me parece que la época actual se basa en eso mismo. Existe un mundo real donde cada uno es como es, pero que se plasma de una forma descontextualizada en el mundo virtual. Siendo el segundo. La vida a través de una pantalla, siempre. La vida a través de una pantalla, cuidado. 
Pero siempre nos quejaremos de que nos compren los que no queremos, los que vienen atraídos por el llamativo papel que nos recubre. Y no nos merecemos eso, ¿a qué no? 
Pero ¡ay! nos vendemos sin criterio y esperamos que nos compren gente que merezca la pena.

Porque nosotros valemos la pena,  porque siempre nos merecemos algo mejor, ¿no? 

Menos compartir, que es comprar y vender, y más regalar. Menos acumular fotitos y más regalar experiencias. Menos estar conectados y más desconectarse del mundo. 
En definitiva, menos de todo para ser más uno mismo. Porque puede pasar que después de tanto posar para una cámara se te olvide tu reflejo en el espejo. Y eso puede llegar a ser muy triste. 



#Instagram.

2 de mayo 2015.



#Instagram.



Se me estaban empezando a dormir las piernas en la terraza del "Bá de fran", con el sol calentándome la espalda, cuando una conversación atrajo mi atención. Eran dos muchachas de más o menos mi edad, a saber, unos veintitantos. Lo que no aclara nada, pero ahora todo el mundo es más o menos igual desde que cumple los dieciocho, incluso antes, hasta que llega a los treinta, o incluso después. 

Una era rubia, de un tono tan intenso que parecía imitación de oro, la otra morena, su color natural, pensé. 
Hablaban de la gente a la que seguían en instagram. Que si ese tal Pablo era guapísimo y que además vestía genial. A las dos les gustaba ese chaval, al que yo no pude poner cara, pero me lo imaginé. 
-¡Mira que ojos! ¡Qué guapo es! - decía la una a la otra mientras se sumergían en su perfil. Pasaban las fotos con el dedo, porque lo veía, y se detenían en alguna y se quedaban en silencio observando. 
- Pero la novia no es tan guapa. No sé qué hace con ella. - dijo la rubia. 
- Ya, siempre hay tontas con suerte - se lamentaba la otra. 
Me enteré que también seguían a la novia, porque se metieron en su perfil y criticaron lo que había subido el día anterior. 
Hicieron lo mismo que con Pablo, sólo que el tono era distinto. Sus caras pasaban de la risa más ácida y cítrica a la cara de mayor asco posible, como si olieran huevos podridos o comieran comida caducada. 
- Mírala, siempre enseñando sus ojos azules. Mira casi todo son selfies. ¿Has visto sus fotos de verano? Le sobran unos kilitos. No sé qué habrá visto Pablo en ella, con lo guapo que es... ¡y los ojazos que tiene! - contaba la morena. 
- ¡Ya te digo! - contestaba su amiga. 
Siguieron cotilleando a más gente. A mí la duda me iba creciendo en el seso. ¿Cómo sería ese Pablo? Yo ya me lo imaginaba como un Brad Pitt, o un Ashton Kutcher. Y a su novia como una especie de Paz Padilla o Rosi de Palma. 
Estas dos amigas no estaban mal, eran delgadas, no demasiado altas y no eran feas. Iban bastante maquilladas, pero sabiendo lo que hacían. La rubia, además, tenía los ojos verdes, y los resaltaba con la típica y siempre efectiva línea negra que recorre los párpados. La morena tenía uno labios bonitos y una nariz chiquitita. No eran nada del otro mundo. Por eso me imaginaba a la novia de Pablo como una especie de adefesio contrahecho. 
Siguieron criticando a más gente, a más chicas. Algunas, por lo que entendí, eran amigas o conocidas suyas. 
- Mira cómo enseña carne, es una guarra. 
- ¿Y esas fotos de cerveza, qué se cree, que nos da envidia? ¡Bah! 
- ¿Y éste, que ha empezado a seguirme ahora? ¿De qué va? Le dio a me gusta a no sé cuantas fotos mías. Algunas de hace ya un par de meses...
- Ése es un enfermo. ¿Lo sigues?
- ¡Qué va tía! ¿Por quién me tomas? 
El camarero se acercó y me preguntó si quería algo más y le dije que sí, que otro café con hielo. La conversación me interesaba. 
-¿Has visto que fotos más chulas hace Roberto? El otro día subió fotos de su novia en ropa interior y están muy chulas. 
- Qué va, yo no lo sigo. Ahora mismo lo agrego. 
Por razones que nunca entenderemos, las casualidades ocurren y, muchas veces, cuando deben. Una muchacha castaña y de aspecto frágil, con el pelo largo, y la cara y las extremidades muy finas, pasó por la acera de la terraza del bar. Se sentó en una mesa cercana a la de las dos amigas y se quitó el pelo de la cara, dejando ver unas facciones finas y dulces, con unos grandes ojos azules que sobresalían. De inmediato las dos amigas bajaron el tono y juntaron las cabezas. Luego vino a sentarse un chaval a la mesa de la nueva muchacha. Un chico de pelo ligeramente rubio y rizado, alto y atractivo. Saludó a la morena con un beso en la boca y luego a las dos amigas con un gesto de la cabeza y de la mano. 
- ¡Hola Pablo! - dijeron las dos amigas al unísono. 
¡Ése era Pablo! Y esa debía ser su novia. Por lo que había oído a él me lo imaginaba más o menos como era, pero a ella no. Era mucho más guapa de lo que opinaban las dos. Y mucho más atractiva que ellas juntas.  
Las dos amigas dejaron de cotillear el intagram de todo el mundo y se pusieron a hablar cada una con su móvil, sin articular palabra entre ellas. 
Antes de irse se hicieron un selfie con el palo, poniendo morritos y enseñando algo de escote.
- ¡Que guay tía! Salimos genial. La voy a subir ahora mismo. 
- Pero si acabas de subir la de la tortita y los cafés que nos hemos tomado...
-¡Da igual! Si instagram está para eso ¿no? 
Y se fueron, no sin antes echar una mirada que parecía un mal de ojo a la novia de Pablo. 
Yo me terminé el segundo café sin saber si pensar que hoy en día la gente es más estúpida, o si lo era yo, por no entender cómo se comporta ahora la gente. 

La maleta.

29 de abril 2015.


La maleta.





Son aún las cuatro de la mañana y no he terminado de preparar la maleta. El tren sale a las seis y no creo que pueda dormir. Mis padres duermen e ignoran mis miedos y mis dudas, mejor así. ¡Lo que cuesta llenar una maleta de despedida! La ropa es lo de menos, tengo que llevarme casi toda la que tengo. 
-¿No te vas a llevar ninguna de las fotos del salón? - hablo conmigo mismo. 
¿Hasta que punto es bueno llevarse los recuerdos? Lo que más abulta de las maletas de despedida no es la ropa o el portátil, son los recuerdos, las dudas y los miedos. 
Aún no la he cerrado, pero sé que me va a tocar sentarme encima de la tapa para que encajen todos los futuros posibles, los buenos y los malos; aún más presión necesitará para que encajen las piezas del pasado. ¿Hasta dónde se dejan arrastrar las emociones? ¿Hasta dónde los sentimientos? 
Al fondo de todas las cosas va lo esencial, lo que es lo primero que recuerdas cuando piensas que tienes que trasladarte, lo innegociable y fundamental; los cimientos del traslado. Encima puedes poner lo que te venga en gana, no hace falta ni que la ropa esté bien doblada, no hay que encontrar lo superficial a la primera, sólo tenerlo a mano. Lo importante ha de estar escondido, pero ha de estar. Una frase de un poema del Tao Te Ching dice que lo esencial es invisible a los ojos. 
A punto estoy de coger el perfume de ella y el suavizante de su madre y esconderlo en algún bolsillo con cremallera. 
-Da igual todo, una vez que no vuelvas todo cambiará - me sigo hablando. 
Si todo va a cambiar aún es más importante mantenerse firme en lo que uno cree. Los cambios son vientos, pero mi barco ha de mantener su propio rumbo. Quizás obstinado, testarudo, quizás valiente y decidido. Me siento como navegando de noche con las estrellas encendidas. 
Voy metiendo cada vez más cosas, con cada una me pregunto si de verdad es necesario llevármela. Si esto se prolonga terminaré por llevarme toda mi casa atada en un hatillo, con mis padres dentro zarandeándose y quejándose por la falta de oxígeno. 
Vuelvo a abrir el armario y la voz de mi cabeza me dice que no me olvide de los monstruos. 
-Debes llevártelos - me susurra al oído y me apoya una mano imaginaria en mi hombro. - ¿qué sería de ti sin ellos? 
Y tiene razón. Debe uno siempre dejar hueco para los demonios. Luces suele haber en todos lados, en los chinos puedes comprar un caza sueños de placebo que da el pego. Pero los miedos, los monstruos son intransferibles. ¡Cómo no llevarlos! 
Rebusco en la oscura habitación llena de ropa y hecha de madera. A tientas golpeo camisetas y pantalones esperando que alguno me agarre la mano y poder atraparlo. Toda la vida pensando que los monstruos se escondían para asustarme y no entendía que era yo quien los aterrorizaba. Por eso sólo salen cuando estoy dormido, y me miran y si me muevo se vuelven a esconder. ¿A dónde van cuando me paso las noches en vela? ¿Necesitarán ir a mear, y si es así, a dónde van cuando no duermo? 
No consigo encontrar a ninguno, pero no me desespero, sabrán encontrarme. Por mucho que me teman no pueden vivir sin mi, como yo sin ellos. 
Me siento para fumarme un cigarro de madrugada, que me da la sensación de que son los que más ruido hacen. Oigo el chisporroteo de la brasa consumiendo el papel, incluso creo oír cómo va ascendiendo el humo hasta el techo y busca una salida. A la gente no le molesta que te quieras matar, les molesta que el aire huela a tabaco. Me sonrío ante este pensamiento. Hoy en día a la gente le molestan cada vez más cosas, y a mí cada vez menos. Otra vez navegando por la noche. ¿Habrá algún faro que se apiade de mi? ¿Y por qué un faro, no puedo salvarme yo solo, no puede salvarme sólo el universo? ¿Es necesaria otra persona para que no me estrelle? 
Pienso en metáforas marítimas y en la gente. Pienso en que estoy perdido a la deriva y sólo llevo un ancla. ¿Para qué? Para pararme a mirar a mi alrededor. Un ancla es un punto de inflexión, una llamada a la pausa y la reconsideración de la perspectiva. Las mareas suben y bajan, se eleva la quilla hacia el cielo y zozobra el casco, todo cruje, pero no me muevo. 
Llevo cuatro horas preparando la maleta y todo parece como al principio. Hay cosas que por muy lejos que queramos irnos no podemos cambiar. Y eso no se arregla ni aunque me prepare la maleta mi madre. 


El idioma de Dios.

23 de abril 2015.

El idioma de Dios.


Me he quedado sin boquillas y la noche se antoja larga. Benditas noches eternas. Aquellos que no sepan el placer del silencio onírico, el que recorre la atmósfera cuando brilla la bombilla solitaria en la ciudad, no saben lo que es oírse pensar. En mi mesilla oscilan levemente las torres de libros, algunas con polvo en la cima, otras con las hojas recién arrugadas y otras con frases subrayadas en negro. ¿Qué haría yo sin mi bombilla? La electricidad me libera. ¿Hemos perdido el miedo a la oscuridad? Cuando los demonios fueron expulsados del armario el chaval se quedó solitario y valiente, y decidió enfrentarse a sus propios monstruos. Los que tienen su propia cara y sonrisa.
Echamos los miedos externos cuando nos quedamos despiertos a deshora, viviendo a la vez que los demás sueñan. ¿Universos paralelos? 
¿Qué estará haciendo Rihanna ahora mismo?
Con el tiempo me he ido dando cuenta de que mis miedos crecen y mueren en mis dedos. Viven dentro de mi habitación, duermen en mi cama, saltan en mi cabeza, lloran en el pecho. Mis manos son las que los maduran, las que pelean y las que ganan, a veces, y a veces se rinden. 
Miro en Facebook fotos de gente siempre feliz, siempre sonriente, siempre activa y acompañada. Y me pregunto ¿con qué sueñan? ¿Qué me venden? ¿Quiénes son? ¿Quién soy? 
He encontrado una boquilla asustada, la he cogido en mi palma y la he arropado y he hecho una hoguera para calentarla mientras la beso. ¡Bendito humo! 
- Yo te aliñaba- le digo sugerente y pícaro, como una promesa más que como una proposición. 
- No siempre se puede - me responde dentro de la boca. 
- Tienes razón.
- Como siempre. - me dice cuando se escapa por la ventana semi cerrada, que está así para que no entren murciélagos. 
Otra vez mis manos matando a los demonios. Son dos dedos los que se mueven de arriba hacia abajo, paralelos, sosteniendo una antorcha olímpica que es símbolo de la camaradería, del morir, de la libertad, de la primera victoria sobre la naturaleza. Soy un hombre, una persona, ¿es eso una bendición? 
Estamos condenados o a preguntarnos sin cesar el por qué de las cosas, a infinitas e infatigables contradicciones, o a quedarnos en al superficie de la ignorancia, anhelando el mundo superior a nosotros, el posterior, y el repleto. A estar solos o a estar acompañados. A marear preguntas o a esperar que alguien nos responda. Dios, a veces, me habla con mi propia vida. El lenguaje de Dios es la suerte. La suerte es el azar de las causalidades. La caprichosa intención del juego, el instinto curioso del alma. 
He encontrado otra boquilla justo cuando se despedía la primera. Amor efímero, amor rutinario, vicio, amor infinito. Hasta que la muerte nos separe. 
¿No es precioso como nos gusta matarnos? Odiamos la vida en lo más profundo de nuestro ser. Y al odiarla nos permitimos disfrutar de los placeres. Todos vamos a morir, inconscientemente elegimos cómo llegar al camino. Nada es bueno, nada es malo, nada es más rápido ni más lento. Todo es cíclico. 
Dios nos habla a través de la suerte. Yo no tenía tabaco, y ahora parezco un tren. 
Amén. 

La penumbra.

14 de abril 2015



La penumbra.



No había otra forma de haber hecho las cosas, se decía siempre antes de dormir. Pero, ¿si era la única posibilidad, la única verdadera y posible, por qué no lo complacía? Se decía de todas las formas posibles que las cosas eran como tenían que ser, que había que aceptarlas y vivir con ellas, como cuando se viaja con la maleta llena de por si acasos, que a lo mejor ni llueve, o no hace tanto frío... pero ahí están el chubasquero, el paraguas nuevo y el polar casi sin estrenar. Siempre llevamos herramientas para cuando las cosas salen mal, intentamos prepararnos para lo peor; lo esperamos como el que mira llover cuando quiere pasar el día en el campo. Mira al cielo y se dice, "que no llueva, que no llueva". Mira a las nubes con gesto suplicante y piensa en por qué se merece que no llueva, en lo que perdería si se precipitasen las gotas como alfileres sobre su ánimo. Un rayo de sol diluye el miedo, un segundo, luego otra nueva nube. Y se dice: "nunca llueve a gusto de todos, pero siempre soy yo el que se aguanta". Y eso no es del todo así.
No se para a pensar en los momentos felices y fugaces que nacieron de ésa elección que lo corroe como la coca-cola a las tuberías. Elegir es dejar de hacer algo. Elegir es empezar a hace algo. ¿No querías libertad, pequeño insatisfecho? ¿No querías cometer tus propios errores? Pues aquí lo tienes. Nunca escaparás del miedo al futuro.
Se enciendo un cigarro y no piensa en el cáncer, piensa en el café. Da un beso y no piensa en la mononucleosis, si no en el sexo que pueda llegar después. Termina el orgasmo y vuelve a pensar en fumar. Ni rastro de la muerte. La vida se le escapa de entre los dedos y todo va lentamente hacia la cala del aburrimiento, hacia la apatía de los momentos huecos e insignificantes, la rutina de la existencia que sólo se rompe con las montañas y los fosos. La luz y la oscuridad, pero nada de la penumbra, que es donde habitan las sombras y los sueños. Cuando todo está iluminado las amenazas y las alegrías son reales, con la luz apagada todo es misterio; en la penumbra todo puede ser otra cosa. Como esa silla llena de ropa que es un monstruo o un asesino. O esa lámpara que parece una cara sonriente, o la figura de ése a quien echamos de menos. 
En la penumbra todo es posible. Eso es el futuro, algo que existe, porque ahora mismo existe, pero que siempre se mantiene velado. Podemos acertar, que no adivinar, cómo se nos presentará, pero siempre en la luz tenue, y aveces, titilante de la penumbra. 
Se dice a sí mismo que mañana, o el año que viene, que lo que ahora es ya no será, que lo que no fue no podrá ser. Sin saber que no lo sabemos todo y siempre hay lugar para la sorpresa. Que el mundo no gira a nuestro alrededor, somos nosotros los que nos vamos desplazando y creando estelas. Que la gravedad de otras personas puede desviar nuestra órbita. Que en el tiempo un segundo a veces es lo primero. Que todo cambia y se mueve. Entropía de las emociones, caos en los sentimientos. 
Porque lo que pase, siempre, es lo único que podía haber ocurrido. Todo lo demás son sombras chinescas en la penumbra, ilusiones y sueños y miedos y fantasías que habitan en el condicional, no en el futuro. 

#Lapublicidad.

5 de abril 2015



#Lapublicidad



Nos habíamos pasado tanto tiempo pensando en cómo nos verían los demás que despreocupamos nuestra propia concepción. Había oído tantísimas veces la expresión de que lo que uno necesita es quererse más, que llegué a pensar que todos tenían problemas de autoestima. Y vi la curiosidad del asunto, lo paradójico de la sociedad. Porque cuando uno dice estar a gusto consigo mismo, se siente satisfecho con su forma, con su cuerpo y su alma... la gente tiende a pensar que todo es narcisismo, puro ego. Luego, ¿dónde está el equilibrio? No lo hay. Un género que me causa especial gracia es el de los libros de auto-ayuda; porque, supongo, yo no lo sé, que de lo que trata el libro es de leerlo y, en el transcurso del verbo, encontrar las formas de ayudarse. Te dan unas pautas, te dicen fallos y aciertos, te orientan y te consuelan. Luego, ¿la auto-ayuda dónde está? Es un engaño. O no. En realidad lo que hacen los libros es reafirmar las partes positivas, ése amor propio que siempre mantenemos a un lado porque a la sociedad no le gusta, las presiones externas y propias nos son masticadas y lo vemos todo claro, translúcido. Nos ayudan a que nos ayudemos. ¿Necesitamos eso? ¿No sabemos cuidar de nosotros mismos? 
La respuesta parece ser que es no. Somos crías amamantadas por la sociedad. Nuestra libertad es tan relativa como la opinión pública. Estamos expuestos y nos encanta; estamos expuestos y nos quejamos. Vivimos en la era de la publicidad social. Cada ventana a internet es un escaparate y nosotros los maniquíes, los colores, la tipografía, la distribución y la originalidad de lo que se venda. No somos el producto. Ni mucho menos. Somos la fachada. ¿Qué vendemos? Buena pregunta. 
¿Qué vendemos? 
¿Quien nos compra?
¿Tenemos competencia?
¿Quién queremos que nos compre?
Esa muchacha tiene unos grandes ojos azules y el pelo castaño, casi rubio, que siempre se lo peina a tirabuzones, sacando partido a su ondulado natural, por lo que le cuesta menos esfuerzo. En sus fotos sale siempre en un plano picado, con los ojos enfilados a la cámara, como si fueran ojos de buey hacia el cielo, y en el centro el negro más profundo y minúsculo; mucha luz, para resaltar la circunferencia. A veces pone morritos rojos, morados y negros, otras sale recién levantada y con la mano sujetando la mejilla, con el ceño fruncido y una cara de: ¡qué le vamos a hacer! Y dice: good morning! #morning #sueño #putolunesdemierda
Y me entran ganas de comprarla. Digo para mí: oye, pues no esta mal, es guapa. 
¿Para qué la quiero? ¿Qué me vende? ¿Por qué se hace la foto cuando se despierta y se maquilla un poco, se coloca el pelo y se cambia de pijama coge el móvil y me vende un instante de lo que parece ser su vida? 
¿Por eso consumimos más parejas, porque lo vendido no es la realidad? 
¿Por eso se desgastan más los genitales, porque buscamos la foto del anuncio? 
¿No habéis ido nunca al macdonald? ¿No habéis comprado por e-bay?
Somos la publicidad engañosa. No vendemos nada, pero nadie lo sabe. 

Azaroso walking.

20 de marzo 2015

Azaroso walking.



Habíamos estado recorriendo las calles de la ciudad en penumbra amarilla, todo por culpa de las farolas, sin prestar casi atención a otra cosa que no fueran nuestros pasos. No hablábamos siquiera, ni falta que nos hacía. Ya eran muchos paseos, muchas horas juntos, mucha confianza como para no tolerar los silencios introspectivos que nos asaltaban. Habíamos decidido salir a dar una vuelta, como tantas veces, por los lugares que más nos gustaban: atravesamos la plaza de la catedral, bajamos al río por donde serpentean los caminos de tierra, seguimos paralelos al fluir del agua hasta que pasamos dos de los cuatro puentes, subimos las escaleras que llevaban al tercero y lo atravesamos, cambiamos de orilla e hicimos el recorrido opuesto. Nos cruzamos con mucha gente que salía a hacer deporte, cosa que se ha puesto de moda, y me sentí algo estúpido con mis vaqueros y mi mochila. Ellos iban sudando, algo rojiza la cara por el esfuerzo, con o sin música, solos o acompañados; esforzándose por mantenerse en forma, que es la nueva droga que nos quieren implantar. Los veía a todos concentrados, manteniendo acompasada la respiración, levantando las rodillas, con los brazos en ángulo recto, como mandan los cánones del buen corredor. No sabía ya cómo llamarlos, hace años eran corredores, porque salían a correr, luego dejaron de correr y empezaron a hacer footing, luego jogging y ahora lo que hacen es running. Dentro de poco a saber qué harán sin dejar de hacer siempre lo mismo. 
También nos cruzamos con perros y sus dueños, con señoras mayores siempre en grupos de tres o cuatro, ataviadas con sus mayas reflectantes, algunas con cintas en la cabeza, con sudaderas de colores vivos y voces chillonas. ¿Qué hacen las señoras? ¿Salen a pasear, a andar, hacen walkingstrolling, o qué coño hacen? 
También pasamos por terrazas abarrotadas donde la gente bebía desde café hasta gin tonics, y todo con una normalidad aplastante. Seguimos andando, cada uno mirando sus cosas, al mismo ritmo, casi al mismo paso, pero sin hablar. Yo me entregaba a mis pensamientos como se entrega el artista a su obra, con la misma pasión y concienzuda distracción. Seguro que los que nos veía se extrañaban al no oírnos, pudiendo pensar que algo malo había pasado entre nosotros, que ya no nos aguantábamos, que salíamos por pura rutina y monotonía a pasear, como hacen los matrimonios añejos. Bien pudiera parecer que cada uno andaba solo. Pero ¿no es eso la máxima expresión de la confianza, del amor? Andar como si uno estuviera solo al lado de alguien que también parece estarlo. Siempre nos han hablado de la media naranja, inventada, quizás, por el filósofo Don Simón, donde cada uno es sólo la mitad de algo, y su única aspiración ha de ser la de completarse. ¿Pero qué pasa cuando ya somos una naranja? ¿Nos exprimimos hasta la pulpa? ¿Nos quedamos estáticos y redondos, anaranjados, esperando? ¿Qué se hace cuando por fin consigues ser una naranja completa? 
Para esto salíamos a andar, pera pensar el uno al lado del otro. Cuando a uno se le ocurría alguna idea peregrina y sentía la necesidad de compartirla lo hacía. Así, otras veces nos parábamos a contemplar a los patos, y comentábamos si eran en realidad patos u ocas, porque no sabíamos qué diferencia había. O si ellos sabían el sonido que emitían, que para nosotros es un simple y llano cuac. ¿Cómo nos imitarán a nosotros los patos? 
Pensamientos así de absurdos nos asaltaban cuando caminábamos. 
Otra veces me gustaba caminar mirándola a ella, cómo avanzaban sus pies casi arrastrándose por el suelo, cómo posa primero el talón y cae todo el peso sobre la superficie del pie, sobre la planta, para terminar por despegarse por la punta, en la doblez que hacen los dedos. Miraba sus zapatillas blancas sucias y sus pitillos y sus tobillos, por los que asomaban calcetines de colores. A veces sabía que la observaba y me miraba y me sonreía, sin dejar de ser ella misma con sus pensamientos. 
Eran paseos sin sentido, sin misión ni objetivo, y esa era la naturaleza que queríamos para nosotros. Parece que siempre hay que tener un plan, una meta, una forma de hacer las cosas, un ritmo social. Hoy en día todo lo ha envenenado el progreso y su irreductible e ignorante ansia de igualdad. 
Nosotros salíamos a andar para relacionarnos con la ciudad, para sentir su respiración, para ver gente y mezclarnos con ellos. Ella siempre decía que era importante saber dónde vivimos, ver a la gente cuando está despreocupada, cuando salen con los niños, o con el perro o a hacer cualquier deporte terminado en ing; a ella le encantaba ver cómo la gente seguía las modas que vete tú a saber quién imponía y por qué. 
Y todos con los que nos cruzábamos tenían sus sueños, sus miedos, sus virtudes, sus defectos, sus pasiones, sus fetichismos, sus fantasías, sus filias y fobias. Todos querían a alguien, todos echaban en falta algo, o se fustigaban errores que no podían haber evitado; todos le pedían cosas al futuro, lamentaban el pasado y se pasaban el presente intentando formar parte de algo. Nos gustaba saber que toda esa gente era igual que nosotros, que éramos iguales que ellos, pero sin dejar de ser nosotros mismos. No éramos una naranja entera, ni lo pretendíamos; puede que ni si quiera fuéramos la misma fruta. Para mí ella era como una pera, tan acuosa y dulce, tan suave en sus curvas... y yo, yo sería un limón, o una naranja, más bien una mandarina. ¡Qué bonita macedonia! 
Y a base de paseos y pensamientos volátiles, me di cuenta de que casi nada tiene el sentido que parece tener a simple vista, como este texto, que parecía que iba en una dirección y ha terminado por arremolinarse sobre sí mismo, y a base de girar se ha transformado en una masa de letras ordenadas pero sin ningún fin; algo aleatorio que ha surgido como surgen todas las cosas: por azar puro y duro. Como surgen los sentimientos y se perpetúan en el tiempo, sin razón ni premeditación, simple expresión, sin buscar nada más allá, sólo dejando que la imaginación vomite hasta el último sueño, hasta el último pensamiento. Y todo por un paseo intrascendente. Imaginémonos lo que podría salir si hiciéramos jogging, o running, o footing, o troting