La cura.
Abelardo vive en Madrid desde hace casi un año, quizás algo más, pero siempre que baja el primer móvil que vibra es el mío y el mensaje que recibo es casi siempre el mismo, con ligeras variaciones:
— ¿Bestias?
Hemos cogido la costumbre de sacar a los perros por lo parques del río, que tan apetecibles y fresquitos son ahora. Ambas mascotas se llevan bien y mientras corretean y ladran nosotros paseamos y nos ponemos al día. La amistad de nuestros amigos peludos fortalece la nuestra y viceversa. Cuando lo vi bajarse del coche me levanté del banco en el que llevaba un rato esperando. Mi perro lo había olido antes de yo verlo, y con la frente estirada y el rabo golpeando la tierra esperaba la señal que le permitiera salir corriendo hacia su amigo, al que sin duda echaba de menos. Me levanté y Segundo salió escopetado al encuentro de Lunares. La efusividad que ambos canes muestran en sus reencuentros contrasta notablemente con nuestro saludo parco en afectos. Ellos corren al encuentro del otro, con las orejas pegadas al cráneo por la velocidad y lanzando pequeñas piedritas con las patas. Tan rápido van que no pueden frenar, entonces chocan y se abrazan con las patas delanteras mientras se gruñen mutuamente. Luego se huelen el culo y cada uno va a saludar al dueño del otro, pero con menos intensidad y mostrando respeto. Una vez hecho todo este ritual, se alejan y se ponen a oler sus cosas. Ahí es cuando Abelardo y yo nos encontramos a nuestra velocidad de crucero y nos abrazamos y nos preguntamos qué tal.
— ¿Qué tal?
— ¿Cómo estás tío? — pregunté tras separarme del abrazo.
— Pues muy bien, la verdad — dijo mi amigo y comenzamos a andar en la misma dirección.
Aunque estemos hablando y aparentemente distraídos de lo que nuestras mascotas traman, en realidad ninguno les quitamos ojo; no son perros de gran tamaño, pero en nada que ven uno más grande, sobre todo si están juntos, no dudan en ladrar y enseñar los dientes. Y les da igual que sea un pitbull, un pastor alemán o un cruce entre lobo y oso: desde la distancia se mostrarán fieros y temibles. Hasta que algún día alguno se les acerque y tengan que salir huyendo.
— Y, bueno, ¿qué me cuentas? — pregunté sacando las cosas de mi riñonera para liarme un peta.
— Pues si te soy sincero, estoy muy, muy bien, tío. De verdad. Muy contento — Abelardo no reprimió ni un centímetro de la amplia sonrisa que se había dibujado en su boca.
— ¿Y eso? — pregunté con ardiente curiosidad.
— He conseguido curarme — dijo escueto, sin duda buscando el misterio.
No respondí verbalmente, pero la mirada que le eché, unida al ligero elevarse de mis hombros en un gesto de confusión bastaron para que entendiera que no sabía de qué hablaba. No tenía ninguna noticia de que hubiera estado enfermo.
— Conocí una chica el otro día. Bueno, ya la conocía, pero el otro día coincidimos y parece ser que nos reconocimos, o nos volvimos a conocer, o nos reinventamos. Yo qué sé, hay veces que uno no sabe muy bien que verbo es el que está viviendo. El caso es que, unidos por las frágiles e invisibles cuerdas que el azar usa para tejer su red, acabamos acostándonos.
— Vaya — dije quedamente.
— Ya, yo tampoco lo esperaba.
— ¿Y ella? — pregunté con sorna.
— Supongo que tampoco, te digo que ya nos conocíamos, y nunca había habido más que un ligero tonteo, nada que significara nada.
— Bueno, ¿y de qué te has curado? — dije deteniendo mi imaginación, que ya estaba pensando una broma fácil y simple tras la pregunta.
— ¿Te he hablado de Tamara, no? Desde que lo dejamos he sentido como si me faltara algo; no que ella me lo hubiera robado, ¡qué va! Más bien como si yo se lo hubiera regalado ¿sabes? Algo mío, que me era preciado y que se lo di a ella mientras estábamos juntos y que, al disolverse los sentimientos mutuos, nunca me fue devuelto.
— Es muy feo devolver regalos — dije aún sin saber muy bien por dónde iban los tiros.
— Ya, bueno. Quizás fuera por eso, puede encontrársele algún sentido. El caso es que me quedé como vacío, dentro de mi pecho se creó un hueco que a veces tiraba de mí hacia dentro, persiguiendo la implosión y otras me hacía sentir un hambre extraña, con un malestar muy parecido al de los gases. Supe, tras bastante tiempo sintiéndome así, que lo que le había regalado en toda mi inocencia y con más ignorancia de la que reconoceré nunca había sido mi capacidad de enamorarme. Menuda tontería, ¿verdad?
Me mantuve en silencio por dos razones: la primera porque los perros andaban muy lejos y no me fio de ninguno de ellos; la segunda porque no sabía qué decir. Por suerte Abelardo es muy dado al monólogo, rayando muchas veces el soliloquio, por lo que no le importó que no le contestase. Y siguió contando:
— La sensación que tuve cuando la chica esta se fue aún sigue abrazándome, aunque la noto más tibia. Es un calor que se siente íntimo, acogedor, como el que llega de la intemperie a una casa calentita y puede sentarse en el sillón para descansar. Tampoco sentía el vacío del que te hablaba antes. Yo sé que ella no tiene nada que ver, que este es un proceso mío, de mí para conmigo mismo. Podría considerarse casi como onanismo emocional. El caso es que estoy muy contento de haberme dado cuenta que la opinión que yo tengo de lo que lo demás piensan de mí no es cierta. Porque eso era lo que de verdad me taladraba la razón: el pensar que nadie se acercaría nunca más. Cuando he dicho que le regalé mi capacidad de enamorarme me refería a que ya no podría ponerla en práctica más porque nadie se acercaría. Y no se acercarían porque yo ya no querría que se acercaran. Es todo un poco rebuscado, pero es la verdad. Entonces, cuando esa chica, caminando sobre los hilos del azar como una funambulista, vino a toparse conmigo, me sorprendí y asusté a partes iguales. Me pregunté cosas que no tocaban, como si ella me había visto bien, si no estaba demasiado borracha o si había alguna trampa detrás. Seguramente no fue la mejor noche de su vida, de hecho creo que no estará ni en el top cien o top mil. Me puse bastante nervioso, tengo que confesar, hacía ya mucho que no estaba tan cerca de nadie, se me había olvidado que podía acariciar y besar. Estuve torpe y quise recordar cómo se hacían muchas cosas en muy poco tiempo. Pero eso poco importa.
Miré a mi amigo con el peta en la boca, ya por la mitad. Durante todo su relato estuve un par de pasos por detrás, vigilando a los perros por si acaso, pero escuchándole atentamente. Las sensaciones de las que me hablaba me eran desconocidas, pero la forma tan afectada de la que hablaba de ellas me hicieron tomármelas en serio y creérmelas, aunque no las entendiera del todo. Abelardo se giró y me miró con una gran sonrisa y leves destellos en las pupilas. Estaba aún más contento que antes.
— ¿La vas a volver a ver? — le pregunté.
— No creo. Ya te digo que no fue para tanto. Pero le estaré agradecido siempre, aun cuando ella no tenga ni idea de lo que ha hecho. Porque puede ser que ella no haya hecho nada en absoluto, desde su punto de vista lo único que consiguió fue una noche un poco decepcionante, seguro que está acostumbrada a encuentros con más pasión y destreza y no dudo que cuando se escabulló del hotel algún remordimiento peregrino pasó por su cabeza. Poco me importa lo que ella piense de mí, o de esa noche, la verdad, bastante tengo yo ya como para preocuparme por lo que ella esperaba de mí. ¿Sabes esa idea que se aloja en los ojos, que impregna los espejos y las fotos y que te susurra muy cerca del oído con su aliento húmedo que no eres para tanto, que no eres para nadie? No quiero decir que haya desaparecido del todo, pero sus sílabas ya no son tan nítidas, lo que quiere hacerme creer ya no es tan fácil de entender.
Unos ladridos lejanos llegaron a nuestros oídos y nos giramos al instante. A unos treinta metros había un labrador enorme de color canela que, apoyado sobre las patas traseras se erguía desafiante retando a nuestras bestias con sus ladridos. Los nuestros se quedaron parados el uno al lado del otro sin saber qué hacer, normalmente eran ellos quienes iniciaban los insultos y se encontraban desorientados. Se miraron, nos miraron e hicieron un amago de contestar, pero Abelardo silbó y ambos perros vinieron a donde estábamos y se olvidaron del lejano enemigo.
— Me alegro mucho por ti, tío, te lo digo de verdad — le dije a Abelardo mientras nos dirigíamos a un banco para sentarnos — no sabía que estabas tan mal, pero aunque lo hubiera sabido no podría haberte ayudado; pero me enorgullece saber que no has tenido reparos en contármelo. A veces las casualidades, la suerte como tú dices, nos salva sin saber muy bien cómo, sin tener del todo claro si nos la merecemos o no. En ese vacío del que hablas a veces crecen pequeñas buenas noticias, que si bien no ayudan a evitar la caída del todo, sí que nos permiten agarrarnos y mirar las cosas con la perspectiva de la esperanza. Lo que espero es que no se te vaya la cabeza y ahora vayas en plan Don Juan, sin miramientos o ética. No uses esa noche como excusa para recuperar el tiempo perdido.
— Claro que no. Ahora lo que quiero es domar ese espacio, que ya te digo que no ha desaparecido aún, y convertirlo en un espacio sin gravedad. Y así poder viajar a través de él sin miedo a la caída. Como un astronauta de mí mismo que surca el espacio entre constelaciones sin juzgar lo que ven sus ojos, sin prisas por llegar a ninguna órbita nueva.
Abelardo se quedó en silencio tras pronunciar las últimas palabras y ambos miramos al horizonte sin mediar palabra. Los perros se habían sentado cada uno al lado de su dueño y jadeaban profusamente. Le puse una mano en el hombro a mi amigo y, sin decir nada, disfrutamos de ese espacio mutuo que es la amistad.
Los requisitos.
María volvió a su silla tras bajar a la casa a por una sudadera. Una brisa se había levantado al caer el sol y pasó de cortés a grosera en cuestión de segundos. Con María también volvía Leo, pero con una manta sobre los hombros.
— ¿De qué habláis? —María se sentó a mi derecha y me preguntó al observar a Jaime y a Paula, que hablaban moviendo mucho las manos.
— Alejandra ha contado que hay un chaval que va detrás de ella y está confusa.
— ¿Por? — se interesó también Leo, que estaba a mi izquierda.
— Porque no sabe si el chaval le gusta, todavía vive con sus padres.
— ¿Y? — preguntaron Leo y María a la vez, encogiéndose de hombros.
— ¡A ver Jaime, las cosas no son como tú las cuentas. A mí que viva con los padres me parece muy bien — Alejandra vociferó interrumpiendo la conversación de Paula y Jaime — pero hay ciertas cosas que hay que tener en cuenta, aunque parezcan tonterías.
Leo, que estaba justo al lado de Alejandra se sobresaltó y se encogió para coger discretamente la silla y acercarse a mí, huyendo. Yo moví a María y nos alejamos un poco del espectáculo.
— Es que tiene razón — susurró Leo, que calibró el tono justo para colarse entre los gritos de Alejandra y llegarnos a María y a mí.
— A mí me parece algo superficial, ¿qué más da que viva con sus padres? ¿No sabes cómo está la cosa?, es a lo que nos obligan, no podemos avergonzarnos por ello. No es nuestra culpa — María defendía a Alejandra.
— Ya, pero impide cosas.
— ¿El qué? —pregunté.
— Pues impide cierto tipo de intimidad, a su casa ya no podrán ir a dormir.
— ¿Por qué no? — María preguntó tajante.
— Pues porque es raro, ¿no? Quiero decir, se está pensando si tener algo con él, ¿no? Eso es lo que has dicho — dijo Leo mirándome.
— Sí, sí. Eso es lo que he entendido yo, ahora no sé por dónde irá la cosa — dije señalando a los otros tres, que seguían a lo suyo.
— Pues eso, que apenas se conocen. Si llevasen varios años, pues mira, seguro que ya están metidos en familia, y la cosa cambia. Pero así, desde el principio… a mí no me parece.
— Eso es verdad — dijo María asintiendo con seriedad.
— Es que no es tan fácil elegir con quien empezar una relación — dije.
— ¿Pero Alejandra quiere una relación? —María se echó hacia delante, encorvándose bastante.
— No sé. Ya no hablo de ella.
— ¿Entonces? — Leo también se acercó.
— Pues que, digamos, que quieres empezar una relación, ¿vale? Hay muchos requisitos que cumplir, cada vez más.
— ¿A qué te refieres? No puedes controlar de quién te enamoras — preguntó Leo.
— Bueno, ¿sólo puedes pensar en una relación si te enamoras? — María estiró los ojos hacia Leo, que vaciló un segundo antes de decidirse a mirarlos.
— Yo sí. — sentenció.
— Ah, bueno. Pero que no tiene por qué ser necesariamente así. Yo por ejemplo no me he enamorado nunca — confesó María con cierto orgullo — y he tenido relaciones largas. Yo creo que es más una decisión política. Estoy de acuerdo con lo que dices — me señaló — hay que tener muchas cosas en cuenta.
— No tiene que ser necesariamente el que viva con los padres, o que comparta piso o viva solo, pueden ser muchas cosas de otro tipo. Pasando desde el tipo de cine que le gusta hasta la forma de expresarse que tiene.
— Hubo un chaval hace algún tiempo que no sabía hablar bien; confundía constantemente los acentos de las frases, no era capaz de hacer ninguna coma correctamente y se aturullaba con la entonación de las preguntas — dijo María.
— Vaya, menudo tipo.
— No lo sabes tú bien. No lo soportaba. Pensaba: ¿tan difícil es entonar bien al hablar? Y desde entonces uno de mis requisitos es ese: que sepa hablar.
— Interesante — dijo Leo, que empezaba a tomarse más en serio la conversación. Lo vimos bucear en sí mismo antes de hablar — a mí, por ejemplo, me saca de quicio la gente que no sabe estarse quieta. Estuve con una chica cuando estuve en Skopje que si hacíamos dos días lo mismo, yo qué sé, tomar cervezas en el mismo bar, se aburría. Quería siempre ir a sitios nuevos. Yo soy más reposado.
— Y que lo digas — dijo María riéndose de la postura de Leo, que estaba estirado y con la manta tapándole la cabeza — sólo te falta el sofá para estar como en tu casa.
Leo se miró y se rio también. En ese momento se levantaron Paula y Jaime, que iban a por más cerveza. Alejandra, como dueña de la casa, se obligó a acompañarlos. Nos preguntaron si queríamos algo y les dijimos que sí, luego le dijimos el qué y ellos aceptaron el recado. Cuando se fueron seguimos la conversación.
— ¿Y tú? — me preguntó María.
— ¿Yo? — me detuve a pensar un rato hasta que encontré quizás uno de mis requisitos fundamentales, que no había pensado hasta ahora — no podría estar con alguien que llora por todo.
— Eso es complicado — dijo Leo — una ex mía hacía eso. Bueno, no sé si lo hacía o le salía solo y no podía controlarlo…
— Es que esa es la cosa, que llega un momento que no te lo crees ya de tantas veces que lo has visto — interrumpí a mi amigo.
— ¿Y estaríais con alguien que no os atrajera lo más mínimo? Y que nunca lo vaya a hacer. Que no os produzca deseo.
— ¿Y que nunca lo fuera a producir? — preguntó Leo, más retóricamente que otra cosa.
— Yo no podría — dijo María — para mí tiene que existir eso, digo más, tiene que ser algo fuerte. No digo que sea físico, me ha pasado que tíos que no son nada del otro mundo, por su forma de ser y de hablar, por supuesto, me han derretido completamente.
— ¿Y qué pasa con los requisitos que nos ponemos a nosotros mismos? — pregunté para seguir ahondando en la conversación.
— ¿Te refieres a los requisitos que los demás nos ponen a nosotros? — preguntó Leo.
— No, me refiero a los requisitos de uno para unos mismo. A ver si me explico… por ejemplo: no querer estar con nadie después de una relación larga y tortuosa hasta que las secuelas se hayan diluido del todo. Más de una vez he pensado en eso, en los requisitos que yo me pongo a mí mismo, sin intermediarios. Yo soy un tío detallista y atento pero para serlo tengo que estar bien anímicamente, si no lo estoy no puedo empezar nada con nadie.
— ¿Y para qué sirve preguntarse eso? — Leo hizo una mueca de incomprensión y terminó el culo del litro moribundo y caliente que estaba sobre la mesa.
— Porque siempre estamos pensando en los demás, en cómo los demás nos afectan, cómo nos hacen sentir, qué queremos y qué esperamos de ellos. Pero a nosotros nadie nos pregunta cómo somos o cómo queremos ser, queda en una intimidad oculta, casi censora — María explicó mejor que yo lo que quería decir.
— Yo sé cómo soy — replicó Leo.
— ¿Pero sabes cómo eres para los demás? A mí un chaval con el que salí hace algún tiempo me dijo que lo que más le gustaba de mí era la tranquilidad que irradiaba en los silencios incómodos. Nos estábamos conociendo y había bastante vergüenza y mucha intención de quedar bien, por ambas partes por supuesto; por eso aparecían esos silencios, en parte para no agobiar y en parte por no saber qué decir. Y a él le gustaban porque no sentía la necesidad de romperlos, aunque yo deseaba con todas mis ganas que dejaran de aparecer. A eso me refiero.
— Claro — dije apoyando a María — es que todo gira alrededor de lo que recibimos, o queremos recibir, pero creo que habría que preguntarse si lo que nosotros damos es lo que queremos dar. Di que estás tan a lo tuyo, a tus cosas, que no puedes empezar nada serio porque no tienes espacio ni en el día ni en la cabeza para esa persona, que te gusta y quieres estar con ella, que te atrae y te rebosa la curiosidad, pero a la hora de la verdad, siempre tienes cosas más importantes de las que ocuparte; o que necesitas cierta dosis de soledad para estar bien contigo mismo y con los demás. No puedes iniciar nada si no estás seguro de poder dar lo que tú consideras que tienes que dar.
— Creo que complicáis demasiado las cosas — dijo Leo — antes las cosas eran más sencillas, cuando el amor no era política y sólo consistía en sentir.
— Y así estamos como estamos. — interrumpió María, algo afectada — Gente que se enrola en relaciones tóxicas porque cree el querer justifica cualquier trato; o lo contrario, gente que no ama porque a la mínima se cansa y busca sus ideales donde no tocan. Tan malo es aguantar demasiado como rendirse a las primeras de cambio. La pareja es una elección que linda con lo racional y lo sentimental, siempre con un pie en cada sitio, pero nunca cien por cien estable. Es un baile y hay que medir los pasos que se dan para no pisar y no ser pisado. — la elocuencia de María iba conquistando poco a poco nuestras ideas — Si tú necesitas enamorarte para tener una relación me parece perfecto, adelante, pero el modelo del enamoramiento cada vez se estila menos porque cada vez es más frágil, se deshilacha casi sin motivo y termina por deshacerse en reproches y malos entendidos.
— Entonces, ¿uno de tus requisitos podría ser que la otra persona tampoco se enamorase de ti? — pregunté.
— Podría ser, nunca me lo había planteado así. Quizá — dijo María justo cuando la puerta de la terraza volvía a abrirse y descubría a nuestros tres amigos, que venían cargados de bolsas y sonrientes.
Abrimos un litro de cerveza y Jaime empezó a contar una historia que le había pasado un verano en la costa y con la que nos desternillamos de risa.
La imaginación.
— No intentes engañarme: sé que te has imaginado cosas conmigo — la voz de Martina buscaba arrancarme una confesión.
— ¿Y qué más te da? — intenté enrocarme.
— Quiero saber cómo me has imaginado. Saber si se acerca a la realidad o si tiene algo que ver con los sueños que he tenido contigo.
— ¿Tú también has soñado conmigo? — pregunté sorprendido.
— Ese no es el tema. He preguntado yo primero — Martina se inclinó hacia delante pero sin acercarse. Las piernas cruzadas sobre el sillón la mantenían con la espalda recta y el pelo le caía obediente sobre los hombros.
Una sonrisa llena de picardía apareció de entre sus labios y no pudo retener su imaginación, desbordándose toda sobre mí:
— Seguro que estábamos en tu casa y en un sofá — Martina miró a su alrededor y siguió diciendo: — seguro que yo estaba donde estoy ahora, y tú ahí — señaló y yo asentí ligeramente.
Los ojos se le entrecerraron pero pude ver un brillo de excitación entre el negro.
— ¿Era la primera vez que estaba en tu casa? — preguntó recabando información.
— No
— Llevaba una camiseta tuya, ¿no?
— Sí
— Y estaba descalza.
— Con calcetines.
— ¿Altos?
— Pero desgastados, se te caían y se arrugaban por encima del tobillo.
— Vaya, qué presencia. ¿Y cómo empieza la cosa? — Martina se divertía con la conversación.
— Estábamos hablando de algo y te moviste y me pillaste mirando.
— Vaya — me interrumpió — ¿me mirabas las piernas?
— Sí, estaban muy bien iluminadas. Pero no dijiste nada, yo supe que me pillaste porque luego mudaste la postura y las estiraste, dejándolas que se iluminasen enteras, preciosas. Entonces pensé en qué temperatura tendría tu piel, pues dudaba entre un calor tímido e incitante o un frío de brisa, refrescante y atractivo. Entonces miré hacia los labios entreabiertos que se te quedan cuando te quedas pensando en algo y los supe muy calientes.
— ¿Y eso?
— Porque me llamaban.
Martina no dijo nada, pero estiró las piernas. Me di cuenta del gesto, pero no dije nada y conseguí controlar mi mirada para que no se desviase de su cara.
— ¿Me acerqué yo? — Martina sujetaba la cerveza con ambas manos, pero apenas bebía.
— Claro, es mi imaginación — dije.
— Podías haberme seducido tú — contestó ella, rompiendo la obviedad con la que había pronunciado mi última frase.
— No tengo tanta imaginación — contesté.
— ¡Déjame adivinar! Me empecé acercando inocentemente, acumulándoseme la timidez, como siempre me pasa, en los ojos, los cuales siempre se me rezagan con las intenciones y tengo que arrastrarlos; pero en un salto ya estaba pegada a tu hombro…
— No. Te sentaste ahí — señalé al posabrazos del sofá — y estiraste las piernas sobre mí, sobresaliendo las puntas de los pies de mis muslos — la corregí.
— Cierto. Las piernas. ¿Y empecé a jugar con ellas, verdad? — asentí y la dejé continuar — claro, los calcetines, que son los pies, ¿no?
— Cada uno tiene sus fetiches — confesé medio sonriendo de vergüenza.
— Interesante. Ya veo por donde va la cosa. Empecé, supongo, a pisar despacio tu entrepierna, a arrastrar el pie de atrás hacia delante, buscando. Y me quitaste un calcetín.
— No. Me dijiste tú que te lo quitara.
— ¿Y no te resististe ni nada?
— No podía. Obedecí cogiéndolo desde la punta con dos dedos y me detuve a mirar cómo se estiraba primero y cómo iba dejando aparecer dulcemente la piel de los tobillos y del empeine, liberando al final los dedos.
— ¿Pintados?
— De burdeos, pero algo desgastada la pintura ya.
— Típico de mí.
Dijo Martina bebiendo por fin. Cuando hubo tragado siguió fantaseando:
— Y con tanto jueguecito seguro que te empezó a crecer, y eso a mí me excita mucho, y seguí jugando y eso siguió absorbiendo la sangre de tu cuerpo y creciendo hasta que tuve que meter una mano para sacarla y que no se asfixiase; pero aunque estaba bien y sana, supe que necesitaba reanimación y me vi en la obligación de masajearla. Nunca he hecho una paja con los pies, pero me imagino cómo es, además, los tengo muy suaves, seguro que te lo estabas pasando de lo lindo.
— ¡Cómo lo sabes! — dije con una excitación que no pude disimular.
— Pero seguro que es una postura que no se puede mantener mucho rato, y que al verla ahí con tanta gallardía me entraron ganas de agarrarla y apretarla entre mis manos. Así que me moví y me acerqué para tocarla mejor. ¿Te besé mientras te masturbaba?
— No. Te me acercaste y pensé que venías contra mi boca, pero giraste en el último segundo y enfrentaste con decisión mi oído para decirme: “¿y ahora qué?
— Suena muy sexy eso. ¿Qué respondiste?
— No podía hablar, me tapaste la boca con la mano libre.
— ¿Y con la otra qué hacía?
— Moverla de arriba hacia abajo, y cuando llegabas a la punta hacías algo raro con los dedos que me ponía los pelos de punta. Notaba los escalofríos escapárseme por los ojos, los cuales no podía apartar de los tuyos, que brillaban casi más que los míos. Y besé tímidamente la palma de la mano que aún mantenía cerrada mi boca — conforme le contaba, Martina se mostraba más interesada.
Se recolocó en el sofá y esta vez no pude reprimir una mirada furtiva que recorrió todo el largo de sus piernas. Ella no lo vio y siguió diciendo:
— A mí me gusta empezar lento y sin apretar demasiado, pero de vez en cuando cierro la mano con fuerza y decisión a la mitad para cortar un poco el flujo de sangre, así se colorea el glande y brilla. También me gusta mover la muñeca muy rápido solamente en la puntita, sólo rodeando con los dedos, sin hacer casi fuerza, con suavidad para que se resbale un poco la piel entre las yemas.
— Luego te sentaste encima de mí, pero no me la soltaste, me la agarraste con las dos manos y, sin dejar de mirarme me sonreíste con matices de timidez y picardía. Te divertías mucho.
— ¿Y tus manos? No me creo que estuvieras quieto todo el rato.
— Primero abrí las palmas y te agarré la espalda, te atraje hacia mi boca y te besé, pero huiste enseguida. Luego las fui bajando por encima de la camiseta deteniéndome en la fluctuación de los músculos, marcando tu contorno. Me detuve al llegar a las caderas, que se movían serpenteantes como si las agitara alguna extraña marea. Y las apreté y tú respiraste fuerte. Llevado por el ritmo que tú marcabas sobre mi cuerpo seguí bajándolas hasta llegar al horizonte de la camiseta con la carne y despejé la duda que tus piernas me sugirieron antes.
— Si se sabe acariciar muchas veces es lo más excitante de los preliminares — dijo Martina con seriedad.
— Tenías la piel fría — continué — me recordaba a una brisa primaveral silenciosa pero agradable. Noté cómo se te erizaban los poros tras el paso de mis dedos por las curvas de tus nalgas y descubrí sorprendido que eran del diámetro de mis manos, y como si eso fuera una señal divina las agarré y apreté cada dedo por separado, haciendo que se hundieran en la tersa carne que no dejaba de moverse. Aumentaste el ritmo y se acompasaron los jadeos desbocados de mis pulmones con tus manos juguetonas. Nos sostuvimos una mirada intensa, llena de energía y pletórica de deseos salpicados de sudor del otro que eran imposibles de esquivar sin violencia. Reflejos de posturas imposibles aparecían fugazmente en tus ojos y el relato de una historia que comienza con toda la ropa arrojada al suelo empezaba a formarse en tus labios. Y yo, que soy un devorador de esas historias, noté cómo la lengua empezaba a bullir de impaciencia por conquistar tu boca como si fuera el puerto de entrada al continente de tu cuerpo.
— Espero que llevara unas bragas bonitas.
— No las llegué a ver. En un parpadeo te erguiste sobre las rodillas y con gesto certero abriste hueco y te sentaste encima, derritiendo toda mi voluntad con tu interior. Intenté guiar con mis manos los movimientos circulares de tus caderas, pero con mucha elegancia te las quitaste de encima y las arrastraste hasta pasarlas por encima de mis hombros, colocándolas tras mi cabeza. Y ahí te robé un beso que te hizo mucha gracia, arqueaste la espalda a la vez que te apoyabas sobre las piernas para elevarte hasta casi sacártela del todo; ahí te detuviste unos segundos, deleitándote con mis ojos suplicantes, regodeándote en mi postura. Y antes de dejarte caer de golpe me regalaste una de las sonrisas más sexys que haya podido yo imaginar, la cual se estrelló contra mi boca, callándome un gemido con tus labios deshilachados de tanto mordértelos.
— ¡Bua! Me encanta ese brillo en los ojos que dices. Cuando me paro y él piensa: ¿qué pasa? ¿se acabó? Y entonces todos sus deseos me pertenecen y puedo jugar a lo que quiera. Todos sus nervios están atentos a mis movimientos. ¡Sois tan vulnerables así! ¿Y qué más pasó? — Martina sentía una curiosidad viva que latía en su imaginación con todo este asunto.
— Nada. Ahí termina.
— ¡Venga ya! Menuda mierda.
— A cada uno le llega la imaginación hasta donde le llega — dije terminándome la cerveza para ir a buscar otro par más.
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