Erronear.

Erronear.



Todos cometemos errores, Bárbara, pero esos errores nos van forjando como personas, nos hacen más fuertes, como las aleaciones; como el acero —dijo la mujer mayor que acompañaba a la muchacha cargada de carpetas.

— Que sí, mamá, que sí. Que si de los errores se aprende y que blablablá y yo no sé qué. ¿Y cuando se deja de aprender? ¿Hay alguien que a base de errores, muchos, muchísimos, haya aprendido tanto que ya no se equivoca nunca? — dijo Bárbara visiblemente cabreada.

— Pues no creo hija, porque todos somos humanos y cometemos errores. Nadie puede saberlo todo.

—¿Y después de todos los errores que has aprendido en tu vida, has sabido esquivarlos? Quiero decir, ¿eres capaz de ver un error aproximarse?

— Pues sí, es lo que te da la experiencia y el ser madre. Sabes cosas. — dijo la madre de Bárbara cruzando los brazos en un muy digno gesto.

— ¿Y cuándo viste el error con Juan Ramón? — preguntó la hija muy inquisitivamente.

— Eso es otra cosa, no es un error, es un despiste. — se excusó la madre mientras intentaba disimular el rojo naciente en sus mejillas.

— Ya, claro. ¿Y ahora eres más fuerte? ¿Puedes partir cosas con la cabeza? Ya sabes, como el acero, como las aleaciones. — Dijo Bárbara con una voz grave y ridícula.

— No me seas tonta. Aprendes cosas, lo que no te mata te hace más fuerte...

— A ti te matará un dinosaurio entonces, porque antes de Juan Ramón vino José Alberto, y José Juan... Antonio José y... papá. Debes ser de titanio ya, un x-men por lo menos.

— ¿Quieres dejar de decir tonterías y escucharme? Lo que quiero que entiendas es que los errores son piedras en el camino y que si te caes siete veces, te levantas ocho.

— ¿Como si estuviera haciendo flexiones? ¿Así nos hacen más fuerte los errores?

— ¡Te juro que te parto la boca como sigas tocándome las narices!  —le dijo la madre a Bárbara en tono amenazador pero muy bajito, dejando escapar las palabras entre los dientes.

— Va, paro — dijo la muchacha agachando la cabeza.

—  Tienes que entender que te tienes que equivocar, hija. Que así es como se madura. Las hostias de la vida son las que te hacen ir mejorando como persona. Si yo quiero que vayas a esa residencia universitaria es porque allí podrás cometer más errores. Errores con chicos, errores con chicas si quieres, o con los dos; puedes erronear con quien quieras. Faltar a clase para fumar, perder el tiempo... ser madre soltera...porque en definitiva, vivir es equivocarse. Así serás una mujer de provecho, que sabrá lo importante porque lo ha estado dejando de lado durante toda su existencia. Sabrá apreciar la suerte a base de hostias.

La cara de Bárbara era un poema. Los ojos desencajados no pestañeaban y la boca se iba abriendo lentamente mientras intentaba entender exactamente qué era lo que le había dicho su madre.  

— Estoy flipando, te lo juro. ¿Quieres que erronee, como tú dices, y me quede embarazada?

—Hombre, es que dicho así...

— Creo que eres la primera madre que le dice eso a su hija, de verdad.

—  Lo sé. — dijo la madre, toda orgullosa.

— Me has dejado tonta de la cabeza, de verdad. Pero no soy capaz de encontrarle pegas a tu razonamiento. Así que supongo que sí, que me has convencido. Iré a la residencia e intentaré cometer todos los errores que pueda. Intentaré cometerlos todos. Voy a ser la primera persona que lo sepa todo. Intentaré cometer todos los errores existentes para hacerme super fuerte como tú, mamá. .

— ¡Esa es mi niña! — dijo la madre de Bárbara mientras se acercaba para abrazarla y fundirse las dos en un verdadero acto de conciliación familiar.
El autobús se acercaba y las dos mujeres se pusieron delante de mí. Yo me levanté y pretendía dejarlas pasar delante y seguirlas, muy despacito, para sentarme cerca y seguir escuchando, pero justo antes de que el autobús frenara oí decirle la madre a la hija si quería empezar ya con su nueva vida. Bárbara dijo que sí con una sonrisa y cogió lo que su madre le daba disimuladamente. El autobús paró y se abrieron las puertas mientras Bárbara levantaba una pistola y apuntaba al conductor y le gritaba:


—¡Llévame a mi nueva vida, cabrón hijo puta! 

La chaqueta amarilla.

La chaqueta amarilla.





Eran las cinco de la tarde, más o menos, cuando decidí bajar con mi perro a darle un paseo. No esperaba que cagara o que mease, ya que me había dejado el salón lleno de bonitas boñigas en forma de letras chinas. Es un cachorro y aún no puedo esperar que contenga sus esfínteres hasta que pueda sacarlo. Le puse la correa y bajamos por el ascensor que tanto le gusta y emociona. El paseo era más para mí que para el perro, pero eso a él le da igual, cuando se abre la puerta del ascensor sale escopeteado hacia la calle, como si nunca la hubiera visto, como si aún le quedaran cosas por oler y escudriñar con su pequeña nariz húmeda y negra. Fui hacia el nuevo parque del río para poder soltarlo. Durante mi trayecto vi lo que todo el mundo ve ahora: la famosa chaqueta amarilla del Zara. Por lo menos diez muchachas de distintos tonos de pelo, altura, estilo y belleza la llevaban puesta como si nada. Y a todas les sentaba bien.

Hay dos cosas que están de moda con respecto a esta prenda: una es la propia prenda que conquista las perchas de casi todos los armarios, la otra es la curiosidad y casi la necesidad de buscar gente que la lleve puesta para poder decir: ¡cuánta gente la lleva, es una plaga! No sé qué moda es más superficial.
El caso, que terminé mi paseo y pensé en sentarme a tomar una cerveza y lo hice realidad. No me sorprendió ver a dos muchachas sin chaqueta hablando de ellas.

—Tía, es que ahora todas la llevan, qué pasa ¿que no tienen personalidad? — dijo la que estaba de espaldas a mí y que tenía un precioso y largo pelo rosa.

— Ya ves, como es barata, bonita y está en Zara, todas quieren tener una. — dijo la guapa muchacha con coleta que estaba enfrente de su amiga.

— Es que es eso Mónica, que ninguna se para a pensar que esa chaqueta es una forma de manipularnos. Somos como ovejas, pero en vez de esquilarnos, nos van poniendo prendas para sacarnos el dinero.

— No creo que sea del todo así Marcela. A mí me gusta la chaqueta, el amarillo se lleva mucho ahora, casi todas las bloggers tienen algo amarillo ahora.

— Ya, si ese es el problema. No me gusta la gente que lleva lo que es tendencia porque lo vean en las tiendas. Se está perdiendo la personalidad y la originalidad — dijo Marcela mientras se tocaba su brillante pelo rosa.

Yo que, como siempre, estaba escuchando la conversación mientras bebía mi fría y amarilla cerveza me puse a pensar sobre lo que estaba oyendo. La forma en la que Marcela se tocaba el pelo me hizo darme cuenta que eso era parte de su personalidad, de su forma de enfrentarse al rebaño de la sociedad para marcar su territorio. Mi perro, cuando sea capaz de levantar la pata, meará para marcarlo; ¡a saber cuántos cientos de perros habrán meado en el mismo sitio! Pero no por eso él dejará de hacerlo, es algo que lleva innato.

— Pero es que la chaqueta esa es parte de la personalidad de cada uno, no la comprarían si no les gustara — dijo Mónica.

— A la gente le gusta lo que ve en las tiendas y en youtube o en instagram — Marcela parecía enfadada y deseosa de dejar de forma tajante y clara su postura.

— Ya, pero eso es como el amor — contestó Mónica, sorprendiéndonos a Marcela y a mí 
— todos queremos tener pareja, la buscamos y buscamos, besamos sapos, culebras y cabrones; juegan con nuestros sentimientos, tenemos miedo de que nos rompan pero siempre estamos ansiosos de enamorarnos. Pues lo mismo pasa con la chaqueta. Mira, la originalidad no está en lo que uno lleve puesto, o en cómo se tinte el pelo, porque yo he visto más muchachas con el mismo tono que el tuyo y no por eso voy a decirte oveja, o cabra o vaca. Si toda la gente compra o busca algo es porque le gusta. Esa chaqueta es un filón, todas la quieren. Como el enamorarse. No veo a nadie diciendo que no se quiera enamorar o que no quiera follar porque eso es lo que todo el mundo quiere. No importan las chaquetas, sólo la chaqueta. La de cada uno, ¿me entiendes o no?

Marcela se quedó pensativa y dejó de enredarse en el pelo. Mi perro empezó a lloriquear para que le diera una chuchería de las suyas. Mónica miraba a su amiga segura de que la había desarmado por completo, pero ésta sólo buscaba a su alrededor una chaqueta amarilla para criticar a quien la llevara y dejar claro que, si su pelo era rosa era porque ella quería, pero que las que llevaban la amarilla prenda eran gente sin criterio, que sólo se ponían lo que les vendían las grandes marcas. Yo me quedé con la frase de que la chaqueta es como el amor y me puse a darle vueltas. Si yo hubiera estado hablando con Mónica le habría respondido que no, que el amor es toda la tienda, que cada uno busca el suyo propio. Pero ella me habría respondido que igual es verdad, pero que el amor le sienta bien a todo el mundo, como la chaqueta, que es vistoso y no muy caro, como la chaqueta; y que, en el fondo, todos queremos el mismo tipo de amor pasional, con los mismos requisitos de ternura, dulzura, desparpajo, seducción y libertad.


Antes de irme mi perro se acercó a las muchachas para olerlas y saludarlas con su natural simpatía. Ellas correspondieron y lo acariciaron, provocándole a mi cánido amigo una felicidad que hacía convulsionar su negro y enorme culo de una forma muy graciosa. Nos fuimos de allí y yo sólo era capaz de pensar en cómo le quedaría a mi perro la chaqueta amarilla, y si se haría tendencia entre los diseñadores de moda para perros. 

Alquilar una bala.

Alquilar una bala.




El chaval de los ojos color aceituna me miraba desencajado. Su pistola temblaba levemente en su estirado brazo, no apartaba la vista de mi cara y apenas sí pestañeaba; temía perderse el momento en el que fuera a atacarle. Como si yo fuera a hacerlo... desde siempre he sido inofensivo, y que ese gitanillo me mirase con miedo a que le hiciera algo me enorgullecía levemente. Volvió a silbar como cuando me detectó. A ver quién me mandaba a mí a meterme en Los Colorines. Aparecieron tres personas más, dos hombres de unos cuarenta años y un chaval de mi edad más o menos. Se pusieron tras el que me apuntaba y le dijeron algo al oído para que bajara el arma.

— Gracias — les dije bajando las manos.

— ¡Cállate! — me gritó uno de los hombres.

Siguieron hablando con el chaval y luego le dijeron que se fuera. El que me habló, que tenía una gran cicatriz en la mejilla izquierda, se acercó hasta ponerse a menos de un metro de mí. Alzó un brazo y me lo posó con fuerza en el hombro antes de decirme:

— ¿Qué haces aquí, no sabes que este sitio es mu peligroso? — me dijo despacio y sin dejar de mirarme a los ojos.

— Quiero una pistola— dije con toda la seguridad que conseguí reunir.

— ¿Para qué?

— Para suicidarme — le dije apretando la mirada.

La respuesta no se la esperaba el de la cicatriz, ni el otro hombre ni el chaval que los acompañaba. Cuando decidí venir hasta aquí sabía a lo que me exponía,  la fama de este barrio es bien sabida por todos los de la ciudad; nadie se atreve a venir hasta aquí, ni la poli ni las ambulancias. Hace un par de años quemaron tres autobuses en una semana. Pero pensaba que los riesgos no importaban porque venía a lo que venía. No se me ocurrió ningún otro lugar para encontrar una arma. En Estados Unidos esto no pasaría.
— ¿Y por qué no te pego un tiro y ya? — dijo el chaval que me había estado apuntando con la pistola, que había vuelto, y se acercaba a mí a pasos cortos y otra vez con el brazo extendido.

— ¡Migué, tate tranquilo! — dijo el hombre cicatrizado.

— Por mí bien — dije más chulo que un ocho.

— Pero vamo a ver, que yo me entere. ¿Pa qué coño te quiere suicidá tú?

— Eso es cosa mía — me enroqué.

— Mira, chaval, yo he estao en la cárcel tré veces, no te me pongas chulo que te pego un tiro.

Justo después de pronunciar estas palabras se quedó mudo y entendió que esa amenaza para mí era un regalo. Desprovisto del factor miedo, la cicatriz de su cara era menos aterradora. Se dio cuenta, por fin, de que podía hacerme lo que quisiera, que si me amenazaba con la pistola no surtiría el efecto deseado, más bien al contrario; en su cara se notaba que se estaba preguntando qué debía hacer.  Me soltó el hombro y volvió con sus compañeros y con el chaval de los ojos aceitunados, que seguía apuntándome, pero nadie le hacía caso. Y él a mí tampoco, me apuntaba sin mirarme, más atento a oír lo que decían sus colegas que a amedrentarme.
Discutieron durante unos minutos, yo permanecí inmóvil preguntándome por qué venderle una arma a alguien que te ha dicho que se va a suicidar es tan problemático. Esta gente, según los rumores, se liaba a tiros cada cierto tiempo, habiendo muertos muchas veces. Siempre se estaban vengando y seguramente todos habrían disparado un arma con intención de matar.

— O matarme vosotros, si no queréis venderme la pistola. Aunque preferiría hacerlo yo mismo, es más poético.

— ¡Shhhh! — me chistó el de la cicatriz.

—¡Cállate de una vez! — chilló con voz de rata el chaval de la pistola.

—¿O qué? — le contesté, otra vez más chulo que un ocho.

— ¿Quieres un gujerito chiquitito en medio la frente? — dijo ladeando la cabeza como un psicópata de hollywood.

— Sí, quiero — le dije a modo de novia en el altar.

El chaval movió la pistola como un negro del Bronx y parecía confuso. Miraba a sus amigos pidiendo ayuda para saber qué hacer. Comprendí que, quizás, era el único que nunca había disparado. En sus ojos creía adivinar que esperaba no tener que hacerlo nunca, todo era una pose para parecer un tipo duro. Los demás siguieron debatiendo unos minutos más, cuando hubieron terminado el de la cicatriz le hizo bajar el arma al chaval antes de venir a ponerme de nuevo la mano en el hombro.

— Mira, chaval, tienes huevos, lo reconozco. Pero no pueo venderte el arma. No vendo a gente de bien, me traería muchos problema. Lo entiendes,¿no? ¿Y si la poli encuentra la pistola y siguen el rastro hasta mí? Tengo que potegerme.

— Pues lo hago aquí y te quedas le pistola — le dije mientras sacaba mi cartera y le enseñaba los quinientos euros en billetes pequeños que hacían que casi reventaran las costuras — en cierta manera, es dinero gratis, como un regalo. Te quedas el dinero y luego recuperas la pistola, yo sólo necesito una bala. ¿Qué te parecen quinientos euros por una bala?

El hombre se llevó la mano a la nariz y se la acarició sopesando la situación. Quién me iba a decir a mí que iba a encontrar moral en el barrio más peligroso de la ciudad, donde las ambulancias, si entran, nunca llegan a tiempo para curar los balazos, o las puñaladas, de los que aquí viven. El hombre me miraba como quien se encuentra con un ovni por primera vez, sin saber si está soñando o no, sin ser capaz de entender qué está viviendo. Con lo fácil que sería que se cabreara y me pegara un tiro.


El clítoris del cerebro.

El clítoris del cerebro.




Me apeteció de repente irme a tomar una tostada al sol junto a los naranjos ácidos de la plaza de España. Dejé a Alicia enredada entre las sábanas y me vestí sin hacer casi ruido. Bajé y me hice una coleta para disimular un poco el pelo sucio, me froté los ojos cuando noté el sol en la cara y giré tres veces a la izquierda para llegar al bar en el que había pensado. Pedí mi café y la tostada y me entretuve mirando a la gente que paseaba a sus perros, la mayoría de ellos van mirando el móvil y se enfadan cuando su cánido decide detenerse a miccionar o a cagar. Y lo arrastran al pobre dejando su rastro recto y oscuro y su rostro compungido y avergonzado. El camarero trajo las tostadas, pero se le olvidaron los modales y me pidió la que abonara la cuenta en el acto. No me gustan estas cosas. Iba a darle el dinero en monedas chicas para que le jodiera tener que contarlo, pero luego pensé que eso, aunque fuera engorroso, sería un favor, pues le daría cambio. Así que decidí darle un billete de cincuenta y que vaciara la caja. Me comí la tostada en cero coma, y cuando me había terminado de liar el cigarro, el camarero trajo la vuelta con su ceño más fruncido. Había tenido que ir a dos locales de al lado a por cambio; el pobre...

Siempre me gusta beberme el café con un cigarro, me parece muy poético y bohemio; postureo intelectual para uno mismo. En la mesa de al lado había una muchacha con gafas que leía un libro. Tengo que decir que nunca me había encontrado con una chica leyendo sola en un bar, pero sí me lo había imaginado, y siempre con gafas. Bonita coincidencia. Vi que leía a un autor con un nombre raro que no conocía. Di el primer sorbo de café y me quemé. Y tampoco había echado azúcar. Yo, como mi madre, no soy persona hasta que me tomo el café, pero el tomarme el café como un zombie es complicado, nadie valora los esfuerzos de los vagos recién levantados. Vi como la chica de gafas me miraba bastante, miradas cortas y vergonzosas. Parecía indecisa, pero al final se arrancó, estiró todo su cuerpo hacia mí y me dijo un tímido perdona que no hubiera oído si no hubiera estado atento al movimiento.

—Perdona
—Dime — contesté mirándola.
—¿Puedo hacerte una pregunta? — dijo ya con un poco más de confianza en su sonrisa.
— Sí, claro.
— Es que... verás, estoy leyendo este libro y hay una frase que me ha hecho preguntarme una cosa...
— Dime — dije curioso.
— A ver... aquí dice que el fijarse en el físico es superficial y que querer a alguien por su físico es materialista y hasta degenerado. Dice que lo importante es el interior, y que no hay nada más erótico que una buena conversación. Y te lo ilustra con una foto de un cerebro masturbado como un coño, no sé si me entiendes. — Y estiró el libro para que viera, en efecto, un cerebro masturbado como una vagina.
— Sí, ¿y qué pasa? — dije sin saber a dónde me llevaría esa pregunta.
— Pues... que si eso es así, porque no sólo lo dice le libro, si no que es un pensamiento arraigado en la sociedad... ¿tienes novia, por cierto? — pregunto elevando el tono de voz.
— Sí, desde hace cuatro años.
— Perfecto. Entonces, si lo que dice el libro es verdad, y no hay nada más erótico que una buena conversación, porque es la forma en la que se expresa el interior de alguien ¿No sería más traición el tener una conversación interesante con alguien que acostarte con él? No sé. Porque si te acuestas con alguien que te pone estas cayendo en la superficialidad. ¿No?  

La pregunta entró rebotando en mi cerebro y proyectando un eco metalizado que me mareaba. Ella decía que si lo que se tiene que valorar el interior en oposición al exterior, el tener una conversación estimulante y profunda con alguien puede ser un tipo de infidelidad, ya que el cuerpo, el sexo, se queda en mera superficialidad. O eso creí entender.

— No digo que sea lo mismo, porque el sexo se puede hacer con amor — siguió diciendo la muchacha de gafas— pero, a la hora de cometer una infidelidad espontánea, sin amor de por medio, ¿no sería más grave el desnudarse interiormente que el quitarse la ropa?
La muchacha se quedó mirándome en silencio esperando una respuesta que no encontré. Me moví en el asiento y me atusé la perilla para hacerme el interesante y que me diera más tiempo para pensar.

— Lo siento, es una rayada, lo sé. Pero es que no podía quedármelo dentro.
— Sí, sí, es una buena rayada. Pero, ¿esta conversación entra en la categoría de interesante?
— Supongo... — dijo ella con semblante confuso.
— O sea, que sin yo querer, según tú, le he puesto los cuernos a mi novia. — dije socarrón.
— ¡Hostia! Jajajaja. Pues puede ser — dijo ella riéndose con ganas.

Nos despedimos y me fui a mi casa aún dándole vueltas a la cosa. Entré por la puerta y Alicia estaba ya despierta.

— ¿Dónde estabas? — me preguntó dándome un beso.

— En la plaza de España, poniéndote los cuernos figuradamente. 

Si viene a tu casa buscando libros, no te la tires.

Si viene a tu casa buscando libros, no te la tires. 




Conocí a una muchacha de largo pelo negro y liso, con lunares en la cara y cuerpo estilizado que me miraba en la discoteca. Yo, que nunca he sido de acercarme a nadie, me acerqué a ésta movido por vete tú a saber qué deseo carnal. Empezamos a hablar y ella se reía de mis chistes malos, agachaba la mirada cuando le sonreía y me propuso hasta bailar. Mis manos agarraban su cintura como cuando me tocó transportar el antiguo jarrón chino de mi madre. La sujetaba con cuidado de que no se rompiera y con la calidez y ternura que provocan las obras de arte en los espectadores expertos. Ella era una delicia, no voy a mentir, ni voy a intentar rebajar su belleza describiéndola, pues el lenguaje todo lo constriñe y adultera hasta no dejar nada de realidad ni de sensación. Me gustaba y me ponía, la noche parecía confabular a mi favor cuando me dijo que diéramos una vuelta. Le pregunté que a dónde íbamos y me respondió que a mi casa. Exitazo, pensé. Exitazo del bueno, de esos que no te crees.
Abrí la puerta de mi casa con el corazón palpitando la posibilidad de sexo, cosa que creía yo que era bastante probable por el simple hecho de que ella había entrado después de mí en mi casa. Pensé que todo estaba rodado y que sólo había que dejarse llevar. Pero entonces ocurrió lo que ocurrió. Le ofrecí una copa y me la aceptó. Pero cuando fui a llevársela al salón ella no estaba allí. Estaba recorriendo toda mi casa con aire curioso y cara extrañada.

— ¿Qué haces? — le pregunté acercándole la copa.
— Estoy mirando a ver si tienes libros. — me contestó sin mirarme y cogiendo la copa.
— ¿Y para qué? — volví a preguntar, extrañado.
— Porque si no tienes libros no vamos a follar — dijo tajante, y salió de la salita llena de cajas para avanzar por el pasillo para volver al salón.
— ¿Y qué más da si tengo o no libros?
— ¿Cómo que qué más da? Si no tienes libros no follamos. ¿Qué soy yo entonces, un cuerpo bonito, un objeto sexual para tu uso y disfrute? No, perdona, yo tengo sentimientos y pensamientos, y si tú no tienes libros, me da que sólo me quieres por mi cuerpo. Y eso, además de machista, es superficial.
— Pero el sexo es puramente carnal — respondí intentando recomponerme de lo que acababa de oír.
— Pero no todo es sexo — volvió a usar el tono cortante.
— Ah vale, creo que ya me entero del asunto. Nos conocemos en una discoteca, me gustas y te gusto, porque te he gustado, porque si no, no sé a santo de qué has venido a mi casa. Ambos queríamos el cuerpo del otro y parecía que habíamos cerrado bien el acuerdo. Pero ahora me vienes buscando libros en mi casa con la soltura con la que entra mi madre a buscar cosas desordenadas y rincones sin barrer. Y me sueltas esa frase que revolotea por las redes sociales como si fuera una verdad absoluta: si no tiene libros en casa, no te lo folles.
—Exacto. No quiero ser un objeto para nadie.
— ¡Soberana estupidez! ¿Qué tendrán que ver los libros para el sexo? Si me dijeras que estás buscando el Kamasutra para, al menos, tener un mínimo de calidad, te digo que te compro el razonamiento, la felicidad lo primero. Pero que me acuses de superficial y de convertirte en un objeto por querer tener sexo contigo... eso sí que no. Y te digo por qué. Porque que a ti se te quiten las ganas de follar conmigo, que las tenías, porque no hayas visto libros en mi casa me parece bastante más superficial que lo que tú me puedas recriminar a mí.
— Pues no es así.
— Sí, sí es así. Y te voy a decir por qué. — La cogí de la mano y la llevé de nuevo a la salita llena de cajas — mira — le dije mientras abría una de las cajas que estaban tiradas por el suelo — me he mudado hace poco y aún no he terminado de desempaquetar.
Abrí la caja y ella se asomó para comprobar que estaba llena de libros. Le dije que con la mayoría de las demás pasaba lo mismo, que aún no me había puesto a ordenarlos por pereza. Entonces su cara cambió y empezó a sonreírme y a hacer tentativas de tocarme el brazo.
—Perdona, me he precipitado, ya sabía yo que tú tenías que tener libros... — puso su voz más melosa, complementando su cara de niña buena que, seguramente, usaba desde niña para librarse de las riñas.
— Sí, tía, te has precipitado. Pero gracias ¿eh?
— ¿Por qué?
— Porque me has ayudado a acuñar una nueva frase: si viene a tu casa buscando libros, no te la tires. Es la misma superficialidad que tú me juzgues por mis libros como que yo te juzgue por tus tetas y por tu culo, que por cierto tienen un ocho y un nueve. Porque vamos a follar y punto, atracción física. La superficialidad es pensar que algo que yo tengo me define. Tú no eres tu cuerpo, ni yo soy mis libros. Así que termínate la copa y te vas.


Su cara se desencajó y vi en sus ojos rabia e impotencia. Me hizo caso y se terminó la copa. Antes de irse le dije que le iba a dar una regalo por las molestias. Rebusqué en una de las cajas y le di un libro. Le dije que era para que no pasara al contrario, porque no sabía si ella tenía libros en casa y no quería que un tío la quedara con el calentón por no haber visto una mísera solapa. El autor del libro era Juan Carlos Onetti, y el título Los Adioses, porque a buen entendedor, pocas palabras bastan. 

Centros comerciales.

Centros comerciales.




Estuve hace algún tiempo dando una vuelta con una amiga por una gran superficie, un centro comercial tan limpio que mi cara se reflejaba en el suelo y corría el riesgo de resbalarme a cada paso mal dado. Yo la acompañaba porque ella me lo había pedido. Íbamos a mirar ropa, no a comprarla, cosa que me sorprendió por parecerme una idea algo confusa, casi contradictoria. No se puede ir a ver ropa y volverse, pensé yo. Esta amiga mía es muy dulce, ingenua y harto infantil, pero en el mejor sentido de la palabra, exactamente en el que significa bondad, alegría, cierta tendencia a la bipolaridad y anchura de corazón. Me agarró de la mano y fuimos entrando en las tiendas una por una. En todas se perdía entre las perchas como un perrino chico que sale por primera vez al campo. 

Cogía faldas y pantalones, sacaba perchas de camisas y las ponía junto a los leggins, se divertía poniéndose delante del espejo sujetando un conjunto y girando las caderas para verse completa. Yo la miraba divertido pero sin entender nada. En una tienda me llevó frente a los probadores y fue saliendo con un conjunto cada vez. ¿Cómo me queda? Y le quedaban todos genial.
Caminamos entre las tiendas, obviando unas cuantas sin ni siquiera entrar. No hacía falta entrar en todas, ni mirar toda la ropa que pudiera haber en ellas. Ella seleccionaba y se aceleraba cuando encontraba algo de su gusto. Debo decir que, en contra de lo que hubiera pensado, al pasar más tiempo recorriendo las tiendas, no me cansé más, ni sentí hastío; al contrario, me sentí contagiado y hasta estuve a punto de entrar a probarme una camisa de flores y unos pantalones tres tallas más pequeños que los que me corresponden.

Fue en este frenesí gratuito, pues ninguno compramos nada, cuando entendí lo que fuimos a hacer, lo que todo el mundo va a hacer a los centros comerciales. Éstos funcionan como museos de lo banal, templos orgiásticos del individualismo colectivo. En ellos siempre hay música y casi nunca relojes, los olores se mezclan con las sonrisas complacientes y pacientes de los dependientes. Los niños quejándose, la famosa estampa del marido o novio sentado cargado de bolsas, las caras sonrientes de los niños que han sacado algo nuevo a su madre. La gran variedad de colores y formas, la distribución aparentemente azarosa de los productos, las cajas al final de la tienda, los maniquíes sin rostro que te sugieren que toda la ropa de allí te quedará bien. ¿Por qué no tienen rostro los maniquíes? Para que no sean más guapos que tú. De las perchas no cuelga solamente ropa, cuelga una sensación, un estereotipo, una ambición que anhela la diferenciación tanto como reclama la universalidad. En una tienda te encuentras a gente muy distinta entre sí. Pero en todas siempre hay más ropa de mujer que de hombre. Y me pregunté: ¿no pasará la igualdad, también,  por poner los mismos metros cuadrados de productos para la mujer y para el hombre? Y luego pensé que si el hombre es un ser más visual que la mujer... ¿no es lógico que sea la mujer la que más se emperifolle y más tiempo dedique al colorido y la forma de la vestimenta?


Pero mi amiga no veía lo mismo que yo, para ella todo aquello era como ir al cine. Para ella la diversión estaba en imaginarse comprándose la ropa y, con ella puesta, venir a comprar más. Para ella, y no sé si sólo para ella, el imaginarse la ropa que se compraría si tuviera dinero es un método de escape de su estrecha vida económica. Y para fantasear, aunque sea en un centro comercial, no hace falta gastar un duro. 

Las mujeres entran gratis.

Las mujeres entran gratis.


Lo primero que quiero decir es que esto es un juego, no hay que tomárselo a la tremenda ni como si intentara imponer mi pensamiento sobre nadie. Lo que viene a continuación es un divertimento, una vuelta de tuerca, una forma divertida de repensar y de imaginar las cosas. Sé que cada uno puede pensar lo que quiera, y que igual la idea que propongo no comulgue con mucha gente, pero eso no es razón suficiente para que nadie pueda sentirse ofendido, pues la opinión, si no es con intención, no hiere. Y mi opinión no va con intención de ofender a nadie.
Lo que propongo para darle un par de vueltas a la cabeza es lo siguiente:

En una discoteca cualquiera entran las chicas gratis y los chicos deben pagar diez euros. A ellos con su entrada les entra una consumición "gratis", a ellas no.

Este es el ejemplo que propongo y quiero analizar si se trata de machismo o no. A priori parece un caso de machismo puro y duro, algo clásico y que seguramente casi todo se ha referido a este ejemplo alguna vez. Lo que yo me pregunto es: ¿por qué es machismo si ellas entran gratis?

Una frase que deambula por internet es: "si no pagas por el producto, eres el producto". Lo que parece incontestable, pero claro, el lenguaje y las situaciones no son simples, si no que tienen matices incontables que le dan la razón de ser. El feminismo aboga por la igualdad y dice que el dejar entrar a las chicas gratis es un reclamo y que cosifica a la mujer, dejándola en un lugar superficial que denigra su dignidad como persona. Vale, yo no creo que sea del todo así. Si ellas entran gratis es simple márketing, como el dos por uno de los supermercados, pero en ningún caso denigra la imagen de la mujer ni menoscaba su dignidad. Primero, porque si se hace eso es porque sale rentable, y sale rentable porque los que soportan el peso de esa oferta son los hombres que, atraídos por la perspectiva de que haya muchas mujeres, no les importará pagar diez euros para entrar. Más que nada porque si no existiera la oferta ellos seguirían pagando diez euros. Y segundo, porque , y esto es fundamental para entender mi postura, los hombres van a donde están las mujeres; seguramente movidos por el deseo de follar, o al menos con la esperanza, pero esa idea sólo se relaciona con el ejemplo de forma indirecta, motivacional.

Los hombres, según diversas estadísticas, consumen más alcohol que las mujeres, por lo que no es descabellado pensar que, aún pagando diez euros, ellos beberán más, se dejarán más dinero en la discoteca que ellas que entran gratis. Por lo tanto, la oferta no va encaminada a aumentar el consumo de la mujer, que puede pasar, si no a atraer a cuantos más hombres mejor. Por lo tanto, del que se abusa y al que se le esquilma es al hombre.
Es cierto que la mujer actúa como reclamo, pero igual que el reclamo que se usa para las aves, es el que acude el que sale perjudicado. Porque no hay que olvidar que lo que más le gusta a un hombre (heterosexual me refiero) es una mujer. Y la mujer tiene el poder de atraer a los hombres, por lo que la discoteca se beneficia de este comportamiento natural para sacar tajada con el siguiente planteamiento: si vienen más chicas, vendrán más chicos; si las chicas entran gratis, vendrán aún más. Por lo que vendrán más chicos que nos les importará pagar los diez euros de la entrada para sufragar, en parte, la oferta de dejarlas entrar gratis a ellas. Por eso cuando escucho que se trata a las mujeres como ganado no lo entiendo, porque lo que yo veo es que a los que se les utiliza usando la forma más básica y burda de reclamo, es al hombre. Los hombres somos, en este caso, el ganado ovino que se deja arrastrar ante la perspectiva de mojar el churro. ¿Simple? Sí, mucho. ¿Ocurre de verdad? También. Entonces, lanzo una pregunta al aire:


¿De quién se abusa entonces, de aquellas que se les hace una oferta que las beneficia, o de aquellos que, ante el reclamo, van como borregos alienados, movidos por ilusiones sexuales y pagan los diez euros necesarios?