Monogamia.

Monogamia.




El otro día volví a mi bar de siempre, esta vez acompañado por una mancha negra con las patas blancas que correteaba por entre las sillas. Me senté a dos mesas del lugar que me gusta por culpa de un hombre mayor que leía. Yo siempre me he imaginado leyendo despeinado en un bar, y en cierta medida me recordaba a como me imaginaba yo en el futuro. En esta época del año siempre me cuestiono si el café debe ser aún con leche o ya sólo con hielo. El sol engaña cuando sale y parece que debería tomarse algo frío, pero al esconderse prefieres una taza, lo que me obliga a tomar mi decisión en el momento de sentarme: si hay un rayo que me calienta, con hielo; y punto.

Cuando ya estaba encendido el primer cigarro obligatorio y me disponía a probarlo, tres muchachas de alturas dispares se sentaron entre el hombre que me gustaría ser de mayor y yo. Ellas parecían tener la misma indecisión con la temperatura de la bebida. Presté atención en busca de una solución a mi dilema. La más alta y rubia pidió una coca cola, la mediana, de pelo negro y liso, pidió un café con leche. Empate. La última y más bajita, con el pelo azul, pidió una coca-cola, pero sin hielo. ¿Eso desempataba algo? Porque la coca-cola no está fría, pero no puede considerarse caliente.
Fumé y miré como mi perrito se acercaba a ellas y las olía, provocando una sucesión de ·ay que monos y de pero qué cositas que me hizo gracia. Cuando mi perro las dejó en paz, para decepción de todas, se pusieron a parlotear. No voy a negar mi predisposición a escuchar conversaciones ajenas. La del pelo azul tomó la iniciativa, dirigiéndose a la morena del pelo liso.

— Tú no te comas la cabeza, las cosas salen solas. Si se rompen no es un drama. Nada dura para siempre... — la rubia alta interrumpió con un carraspeo elegante y dijo:
— Hay cosas que sí. Mira Ernesto y yo. — y añadió una mirada de superioridad moral y reproche a su amiga del pelo azul.
— Diez años no es siempre, Rosalía; diez años son diez años. — dijo la del pelo azul.
— Depende de para qué, Aurora; nosotras nos conocemos desde siempre y sólo son cuatro años más.

Ambas se enzarzaron en una discusión sobre matices temporales dejando anonadada a su amiga del pelo liso. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando y que la importante de la conversación era su amiga, se callaron y volvieron a interesarse por ella.
— Lo que te quiero decir — retomó Aurora— es que hagas lo que sientas, tía. ¿Te gusta? ¡Pues ya está! Y si luego no resulta ser como imaginas, pues patada y listo. Aquí la importante eres tú y si eres feliz o no.
— Exacto. "Rora" tiene razón. Tu mira por ti y ya está. Pero no vayas pensando que las cosas se terminan o que te va a decepcionar. Eso que lo haga "Rora", que es una cínica catastrofista, tú ilusiónate, igual te sale bien. — Y Rosalía se deshizo en una gran sonrisa cándida de tierna felicidad.
— ¿Y qué es que las cosas salgan bien? —dijo la muchacha del pelo liso.
La pregunta calló sobre todos los que estábamos allí con la fuerza y el peso de un meteorito. Un cráter verbal se creó en nuestras cabezas. Yo dejé de pensar durante un par de segundos tras el impacto. Hasta mi yo del futuro levantó la vista del libro y miró hacia las muchachas. "Rora" y Rosalía se miraron sin saber qué responder. El eco de la pregunta dentro del cerebro anulaba cualquier posible respuesta.

— A eso me refiero. ¿Por qué lo bueno es que acabe con él durante diez años? ¿Las opciones cuáles son, o aguantar toda la vida o que no llegue al año? Pues no sé, tías. Lo que yo pienso es que acabar siempre con la misma persona no es que la cosa acabe bien, pero tener que ir buscando cariño para dormir cada año o cada seis meses, tampoco creo que sea bueno. Es que ninguna de las dos es mala, lo que pasa es que tampoco son buenas...

Sus amigas la miraban y asentían, pero no decían nada.

— ... yo es que le he estado dando vueltas a lo de la monogamia, y no me entero. Porque una cosa es el sexo y otra el amor. No sé si me explico. En el mundo animal se habla de relaciones sexuales, en el hombre de amor. ¿Es monógamo el que le pone los cuernos a su mujer? ¿Y el que se divorcia cuatro veces? ¿O es que significa que cada vez solamente puedes amar a una persona? Porque si es así, si te acuestas con uno y no haces un trío, es monogamia, ¿no? Yo ya no sé nada.

 Sus amigas intentaron ordenar sus pensamientos para decir algo, porque sentían que el silencio que había hecho su amiga era una incitación a hablar. Por mi parte, yo también estaba aturdido y confuso. Mis ideas eran resbaladizas y apenas podía juntar dos o tres a la vez sin que se me escaparan y rebotaran por todo mi seso.
Pero no fueron sus amigas las que hablaron. Si no el hombre que leía en mi sitio. Dejó el libro abierto boca abajo en la mesa, carraspeó y dijo:

— La monogamia y el amor es lo que tú quieres que sean. Si para ti es lo esencial y lo suficientemente estimulante compartir diez años, o toda la vida con una persona, eso es para ti el amor. Si al contrario prefieres ir descubriendo los distintos tipos de cuerpos y de mentes, de situaciones y de emociones, esa es tu definición de amor. Yo, que soy perro viejo, te digo que hagas lo que te dé la gana, porque al final tú no vas a controlar el futuro. Y otra cosa, no te vuelvas a sentar entre Dios y el demonio, porque casi nada funciona por opuestos.

El hombre se levantó y se fue. Acarició a mi perro y me sonrió antes de hundirse en el gris de las aceras. Las muchachas bajaron el tono y ya no pude oírlas. Mi perro me arañaba el pantalón y me decía que nos fuéramos, que ya no pintábamos nada allí y que quería pelearse con su manta, que por la mañana le había ganado. 

Necedades.



Necedades.




Últimamente no dejo de pensar en los peligros de la vida, en lo complicada que es la existencia placentera y sosegada de mi alma. Pienso en mí porque en ti supongo que ya piensas tú. Reflexiono sobre las causas bondadosas y solidarias de nuestra especie y en sus esfuerzos por hacernos inmortales. Si pongo la televisión veo innumerables anuncios de comida sana, de maquillaje anti-arrugas, de ropa de deporte, de miles de cosas beneficiosas para la salud y para la longevidad. Hay que comer bien, hacer ejercicio, quitarte de las grasas, sudar, hay que reír y darse cremitas para que la piel se mantenga tersa. De pequeño pensaba que las únicas que se cuidaban eran las mujeres y me parecía perfecto, luego aparecieron las cremas para hombres, las mascarillas y la moda de la depilación. Todo sigue perfecto, y creo que para mí, y sólo para mí, todo seguirá perfecto por siempre.
El mundo se ha feminizado, que no afeminado. Esta época está controlada por las mujeres, es una época femenina. No puedo evitar verlo allá por donde mis ojos pasan, todo se basa en la apariencia, en la longevidad y en el atractivo. La salud es lo primero, dicen. Para mí no. Yo no quiero ser inmortal, no quiero ser extremadamente longevo. Yo quiero morir viviendo como quiero, no quiero aumentar mi vida por aumentarla, no quiero ser atractivo sólo por el mero hecho de serlo. Quiérete como eres, pero haz deporte y no fumes, casi ni bebas, arréglate y ve a la moda. Dependemos cada vez más de los demás. Y me podrás decir tú, porque yo no, que lo que piensen los demás de la trae al pairo, te la repampinfla, que tú eres tú y punto, el dueño de tu vida y tu destino, un Dios que pequeñito con sus defectos, y que por ellos la gente ha de quererte. Yo no digo eso. Yo estoy influido por la opinión de los demás y no huyo de ello. No soy un pequeño Dios con ínfulas de todopoderoso, yo soy un hombre limitado que cada vez se decepciona más con su condición. Sí, me decepciono y me entristezco por haber nacido así, por ser uno más en un siglo que ya no piensa en nada, que sólo se deja llevar por la corriente del progreso, que se subyuga al dinero y que sólo piensa en el éxito social.

En este mundo reducido y colorido todo me parece demasiado serio. Los problemas cotidianos como el desamor no me parecen tan graves. Creo que lo peor (y lo mejor) que le ha pasado a la sociedad es la individualización de la persona. Por eso es todo tan grave cuando nos pasa, por eso nos llevamos las manos a la cabeza cuando sentimos verdadera empatía. Gritamos y maldecimos las injusticias, vemos documentales de explotaciones, de esclavitud y nos rasgamos las vestiduras mientras despotricamos contra la humanidad. Pero se nos pasa con un Mcdonald's o viendo la nueva películas; ¿te gustó la última de DiCaprio? ¿A que tú lo habrías hecho de otra manera, a que sí? Sí, sí, no digas que no, y si no es la de DiCaprio es cualquier otra cosa, porque todos sabemos hacer mejor las cosas cuando ya están hechas. ¡Qué fácil es corregir el pasado desde la imaginación.


He dicho que la individualización es lo peor que le ha pasado a la humanidad, la otra cosa es la democracia. Que van unidas. Pero claro, no critiques la democracia. Que si viene de los griegos, que si el pueblo es el que debe gobernar porque es el pueblo mismo el que vive. Yo critico lo que me dé la gana, y escribo sin ton ni son, sin estructura. Porque esto no lo va a leer casi nadie, y quien lo lea dirá que él lo haría mejor y más rápido y más bonito. Pues nada, ya está. Y punto. Pero aparte.

Obligada masturbación.

24 de febrero 2016

Obligada masturbación.




Él había llegado a su casa después de estar deambulando un rato después del trabajo. Nadie lo esperaba, excepto la cafetera aún encendida que ya no hacía ruido ninguno. Nada más llegar pasó por delante del negro café sin mirarlo, abrió el frigorífico y sacó una cerveza. Abrió el cajón donde estaba el bote de marihuana y se lió un porro antes de abrir la lata frío y de sentarse en el sillón a mirar la televisión apagada. Su trabajo no es que le gustara o le disgustara, si le preguntases no sabría ni él mismo que sensación le producía. ¿Indiferencia? No sé si la indiferencia es una sensación. Dejó caer todo el peso de su uno ochenta y tres en el mullido sillón. El humo blanco ascendía al cielo como las burbujas doradas de la cerveza que, aunque no se veían tras la lata, ahí estaban. No necesitaba descansar, no estaba cansado ni hastiado ni nada. Ni estrés, ni aburrimiento, nada. No sentía nada frente a la negra pantalla de la televisión. 

Uno de sus pensamientos verdes creció en su cabeza acelerada: vivimos a base de pajas. Al principio le hizo gracia, pero tras dos sorbos y tres caladas la cosa cambió. Nos obligan a masturbarnos, pensó con la seriedad de quien juega a hacer filosofía. Pensó en todas las cosas que rodeaban su vida y la de los demás. Pensó en el amor, en la moral y en los valores; pensó en internet, en los besos, los polvos de una noche, el dinero, el trabajo, el ocio, las vacaciones; hasta pensó en su sillón, en la televisión que informaba mejor cuando no hablaba nadie en ella. Pensó en las redes sociales y en la multitud de pescadores que salen con sus móviles cargados al cien por ciento de batería pero sin ritmo. Pensó en unos y ceros y entendió que todo eso eran pajas mentales. 

Estuvo tentado de encender la televisión para distraerse, pero antes de que el brazo atentara contra su intimidad de pensamiento otra idea se lo impidió. "No te masturbes más". Y no encendió la televisión. Tampoco miró el móvil que vibraba como loco. Y ahí fue cuando lo entendió del todo. Había pensado en la masturbación como un proceso puramente masculino por su naturaleza viril. Pero no se trataba de subir y bajar y expulsar, era más bien acariciar vibrando, meter y sacar hasta gritar. Todo lo que ocurre está diseñado para que, durante unos instantes, dejemos de ser nosotros mismos y creamos que lo que sentimos es lo máximo. Miró su móvil vibrar y supo que lo que dentro de él pasa es la imitación de un orgasmo. 

Nos obligan a masturbarnos con nuestro móviles, con nuestros sueños, con nuestras ansias de mejorar en un mundo que ya no mejora, que ya no puede ofrecernos nada más que vida humana. ¿Dónde están las aventuras y las lecciones de vida? Ahora todo parece tender hacia la moral social y hacia el bienestar. Pero no es cierto. Nos han metido en la cabeza la idea de la competición, nos han hecho adorar la pereza y la facilidad, la perseverancia y el trabajo duro. Sobrevivir en un mundo de hombres, solamente humano, en el que el amor lo puede todo es una paja mental que, tras muchas veces de agitar o meter, acaba enrojeciendo el órgano hasta atrofiarlo. 

Y pensó con la última calada y el último sorbo que no es lo mismo el amor que el sexo, ni el sexo que la masturbación. Pero que todas esas cosas sólo intentan sustituir la sensación de que no sabemos por qué somos como somos, ni qué somos en realidad. 

El espectador y los actores.

10 de febrero 2016

El espectador y los actores.




Veo como la gente fluye en ríos que buscan ir a mear. Niñas se agarran de las manos en filas de cinco o seis. Muchos cuellos se giran ante las minifaldas y las medias, ante los leggins apretados. Todo el mundo está disfrazado, hay decenas de miles de pelucas rosas, muchos tíos en falda y con tetas, muchas chicas disfrazadas de futbolistas, de swat, de conejitas y bailarinas. Hoy todo el mundo tiene una excusa para estar de buen humor, el colorido y los tambores han tomado la ciudad y da igual que llueva o que haga frío. Todos los años lo mismo, ya han llegado los días en los que el buen humor y la música en directo espolea nuestros sentimientos y desata los hielos de los cubatas.

Yo, como siempre y como en cualquier lado, no me muevo. ¿Para qué? Hace años que ya no tengo la necesidad de salir a buscar a nadie; si camino no voy a encontrar a nadie a quien me alegre saludar más de un ¡ey, ¿qué pasa? fugaz y casi mentiroso. Y nadie tiene la intención de encontrarse conmigo. Me siento al lado de las palmeras y miro y hablo y bebo y fumo. Siempre he sido más espectador que actor, soy más el que paga para divertirse que el que cobra para mentir. Me gusta que me mientan como me mienten los actores, me gusta que me mientan como me mienten los carnavales. Para mí todas las mujeres disfrazadas tienen su no sé qué. Y todas van vestidas de algo, sobre todo las que no llevan trajes de los chinos y van con su bufanda de comprar en el Mercadona y su sonrisa triste de no querer estar allí. Hace unos años me encontré con una bailarina de peluca lila y mirada chispeante de ron. No hablé con ella, no estuve a menos de cinco metros de ella, creo. Pero la miré y me miró, y la vi. Entendí el disfraz y la actitud que lleva inherente, como si fuera la protagonista de una película. Me gustó su mentira tanto que me pregunté por su verdad, ¿quién sería, qué color de pelo sería el natural? Preguntas que sólo duran lo que dura el botellón. Nada interesante.

Pero ahora, sentado y sin pasar frío, miro a mi alrededor y pienso en la gente moviéndose y me acuerdo de cuando tenía que remover la tinaja con aceitunas de mi tío. Siempre hay gente moviéndose en alguna dirección, yendo o volviendo de algún sitio; todos sonrientes y casi bailando. También hay parejas que se apoyan en una papelera y se besan. Un cura intenta llevarse a una bombera al confesionario con la escusa del espíritu santo. Un jugador de fútbol americano alardea de músculos de plástico ante una abeja que bebe en pajita y oscila ligeramente sus caderas. Niños de trece años son sujetados por sus amigos que, descojonados, intentan que se recupere de la borrachera. Y nadie hace nada. Ni yo.

Me gusta estar en mitad de todo, como cuando colocamos la bolsa de hielo en un sitio desierto y ahora hay caminos hechos de espaldas encontradas que atraviesan la masa como los senderos de las cabras. Da igual dónde te pongas, siempre va a pasar alguien por tu lado. Desde donde estoy nadie repara en mí, ni para pedirme tabaco, cosa que me alegra esta noche porque estoy especialmente alegre y acabaría por regalarlo casi todo.


Bebo un trago largo de mi copa y pienso que soy como un niño grande en el cine, que en lugar de palomitas bebe gintonics y que mira atentamente al fascinante espectáculo que tiene delante. Porque todo lo que veo son representaciones, interpretaciones desinhibidas de aquellos que se han liberado de su cara y su aspecto y se sienten invisibles y divertidos. No existe otra cosa que no sea el disfraz, no hay disfrazado, no hay pasado en una noche que cada año se repite como un ritual necesario para todos; porque es muy divertido disfrazarse de lo que sea con tal de no ser uno mismo. 

Tú eres un encanto de niña.


Tú eres un encanto de niña.




Yo estaba sentado, como siempre, cuando aparecieron dos muchachas dispuestas a comerse el mundo. Se sentaron en la mesa de al lado y empezaron a charlar. No me interesaba mucho la conversación, yo estaba más a mis pensamientos, que iban desde el ridículo de la primera vez que cogí la bicicleta por la ciudad hasta si debería empezar ya a beber cerveza. Eran la una menos diez y sentía aún un cuerpo matutino; la cerveza siempre a partir de la una, antes siempre café o zumitos. En algunos lugares se empieza a las doce, pero yo no los frecuento, me parecen extranjeros y extraños. El caso, que estaba deambulando por mi pensamiento cuando una de las muchachas dijo algo que rasgó la entretela de mi ensimismamiento:

— Tía, lo importante es que te aporte cosas.

Entendí que estaban hablando de chicos y agudicé el oído. Siempre he sido algo cotilla y no me importa reconocerlo. Mi ánima es una amiga que ya no suele rivalizar conmigo de forma belicista, más bien al contrario.

— ¿Pero qué cosas le aporto yo? ¿Y si se cansa porque le aburro, y si lo agobio? — decía la muchacha más alejada de mí con claros síntomas de miedo en el rostro.

— Si está contigo es por algo — sentenció la otra.

¿Qué es el amor? Me pregunté en ese momento. Una de ellas tiene problemas con la pareja, problemas del futuro condicional. Se pregunta constantemente y si... Y la amiga le responde que lo importante es lo que pueda uno asimilar, que lo que se aporta está ya implícito en uno mismo, que lo fundamental es que lo de fuera te pueda llenar, cubrir y rodear. Las preguntas de la de las dudas son buenas, dolorosas y sinceras. Se ha caído la máscara de los primeros tiempos, del enchochamiento más carnal y lascivo, pero también cariñoso e infantil. Seguramente el destrozarse de la máscara contra el suelo debió ser un ruido atronador, como si todo lo estable estallara y no hubiera lugar para esconderse de la metralla. De ahí ese miedo y esa postura ligeramente encorvada, buscando refugio.

— De verdad, te rallas por unas cosas... ya me gustaría a mí que se hubiera fijado Arturo en mí. Tía, es guapísimo, viste bien y tiene dinero. No sé qué cosas te piensas. — dijo la amiga de la miedosa.

— No todo es eso, Sara.

— ¡Ya lo sé Jara, coño! Pero es que además es médico, y tiene libros en casa. Y ya sabes: si no tiene libros en casa, no te lo folles.

— ¿Y yo qué? — preguntó Jara con la esperanza en los ojos de oír algo que la convenciera y la animara, pero Sara no tenía pinta de ser así.

— Tú eres un encanto de niña, lo sabe todo el mundo.

Y ahí vi cómo las esperanzas de una verdad donde ella fuera como se creía antes se desvanecieron. Se las estrujaron hasta dejarlas secas. Sara creía ayudar a su amiga diciéndole lo que a ella le gustaría. Entendí que en ningún momento había intentado ayudar a su amiga. No había entendido la situación, con comprendía el sufrimiento de su amiga, no hablaba el mismo idioma. Ella intentaba decirle a su amiga lo que podía, que no era mucho, y siempre bajo la lupa de su propia intención. Se hablaba a ella e intentaba que su rasero fuera el mismo para su amiga. No había comprendido que Jara lo que quería no eran banalidades, si no saberse acompañada por alguien que pudiera entenderla. Esa sensación y el sonido de la máscara contra el suelo la había dejado un poco sorda y distraída. Buscaba una voz a la que agarrarse ya que la suya le parecía irreconocible. No buscaba consejo, buscaba recuperar su voz.


Las muchachas se fueron y me quedé yo pensando en ellas y en cómo estamos de obsesionados con los demás. Para todo pensamos en los otros, para cualquier cosa nos influyen. Llenan nuestra cabeza con sus prejuicios, con los nuestros hacia ellos, con sus intenciones, críticas y halagos. Y ya no nos oímos, y así no podemos escucharnos. Vi marcharse a las amigas y me fijé en Jara. Y pensé que si se sentía asustada por estar sin máscara, eso sólo era razón suficiente para que cualquier hombre no se fuera de su lado. 

Las respuestas no existen.

Las respuestas no existen.



¿Sabéis ese punto en el camino en el que lo mismo te da seguir hacia delante que pararte, que retroceder y volver? Pues ahí estaba yo, en el puto medio de cualquier parte, a la misma distancia de mis sueños que de mi nacimiento. Y ahí, sentado en una piedra que encontré, me puse a pensar en qué pasaría si siguiera hacia delante. Pero esa pregunta lleva adheridas muchas emociones y matices, y más preguntas. ¿Qué es seguir hacia delante? ¿Es verdad todo lo que he vivido? ¿Soy yo, en alguna de mis formas, real?
Eso es lo que tiene de peligroso sentarse a pensar, que no sabes qué se te puede ocurrir. El otro día me paré, como ahora, pero en lugar de reposar mi culo sobre una piedra lo hice sobre una silla medio rota que me estaba esperando. Estaba más atrás en el camino, pero en ese momento era el lugar más alejado que conocía. Estuve ahí sentado varios minutos, decenas de ellos, pensando en lo mismo en lo que estoy pensando ahora. Removiendo como si fuera una densa sopa fría todos mis recuerdos y mis emociones, y las emociones que me producían esos recuerdos. Pero no saqué nada en claro, como ahora. ¿Quién se para a pensar y es capaz de encontrar respuestas a la primera, a la segunda, a la décima? Yo nunca he sido capaz de atisbar, ni de lejos siquiera, una sola respuesta a algo que me haya preguntado. Sí, vale, las respuestas existen, pero no sé dónde. Muchos parecen tenerlas todas y cuando me ven serio antes de un examen me dicen que no me preocupe.

—No te preocupes tío, la suerte está echada. — y se van, así, como si me hubieran solucionado la vida.

También me suelen decir cuando algo va mal que todo saldrá bien; pero nunca he oído a nadie decirme cuando las cosas van bien que no me emocione, que ya empeorará la situación. Nadie es nunca sincero cuando se trata de dar respuestas. No son sinceros ni consigo mismos, y esto es porque sólo les interesan las respuestas. Nunca han sentido la fuerte punzada de una buena pregunta en la parte de atrás de la cabeza, como un martillazo, que te deja medio tonto y mareado. Yo nunca he visto una respuesta volando hacia mí cuando soy yo el que formula una pregunta en el pensamiento.
La última que me golpeó lo hizo con tanta fuerza que caí al suelo y creía que perdía el conocimiento. ¡Ojala, quizás sin conocimiento pudiera haberme metido dentro de la respuesta! Pero qué va, sólo fue un susto. Justo después del golpe el cuerpo se te queda entumecido y te hormiguean los dedos de los pies, las manos, y todas las ideas. La pregunta fue: ¿ por qué seguir andando?
Andando entendido como seguir el camino, como una procesión hacia la muerte que no se detiene. Yo no temo a la muerte, pero ignoro el propósito de seguir avanzando hacia ella. Y otra pregunta vino tras la primera y me golpeó en la cara: ¿me acerco a la muerte o me alejo de mi nacimiento? Y otra: ¿notaré cuando me quede menos tiempo del que he vivido, cuando traspase la mitad de mi vida? Opté por quedarme en el suelo con las manos en la nuca y las rodillas en el pecho, pero no lloré, yo ya no lloro, hace tiempo que dejé de hacerlo y ahora se me ha olvidado por completo. Igual es por eso por lo que las preguntas duelen tanto.

Me quedé así, como un feto, porque tenía la ilusión de que viniera una respuesta por el aire, con aspecto blanquecino y luminoso y me dijera por qué debería seguir andando por mi vida, o por qué debería dejar de hacerlo; pero no vino nadie, sólo unas muchachas muy bellas que se rieron de mí y me hicieron burlas. Y me pareció que ellas tenían la respuesta y no me la querían dar, y las odié y las maldije por lo bajo y por lo alto. Una se giró y me miró, pero no dijo nada, me puso ojos de desprecio y se giró dejando que su pelo se moviera y reflejara el sol poniente antes de criticarme con sus amigas. No quise moverme durante un rato, temeroso de más preguntas. Pero una vez creí que no iba a venir ninguna más, me puse de nuevo en marcha. Y así he llegado hasta aquí.

Pensé que igual no había llegado a donde crecen todas las respuestas, que debía seguir avanzando sin que nada me perturbara y sin miedo a las preguntas. Y eso hice, y por eso estoy aquí, sentado, recordando golpes con la sensación de que da igual que avance o me quede sentado, las respuestas no llegan nunca. Pero ¿para qué las queremos?

#Sueña.

13 de diciembre 2015
#Sueña.




Sueña con un mundo mejor, con los niños pobres desaparecidos, con el hambre extinta; sueña con utopías coloridas, con la justicia universal, con la conciencia ecológica; sueña con tu coche y tus futuros hijos, con tu vida a la americana que siempre has querido. 

Queremos que sueñes con una moral homogénea, con buenas personas; sueña con derechos que no discriminan, con una sociedad sin prejuicios. Sueña y pon esa cara de niño que tienes cuando estás indefenso. Sueña tumbado y a oscuras, solamente iluminado por la pantalla del móvil. Sueña con lo que te han dicho que te mereces los de El Corte Inglés para estas rebajas. 

Queremos que sueñes y descanses bien. Queremos controlar tus pesadillas. Publicidad subliminal. Máquina del fango. 

Sueña, pero no queremos que pienses. Porque nos gusta que la gente luche por sus sueños, pero no que defiendan sus ideas. No tengas ideas, ¿para qué? si ya te enseñamos nosotros cómo debería ser el mundo. Sueña, te lo mereces; ya habrá alguien que piense por ti.