El espectador y los actores.

10 de febrero 2016

El espectador y los actores.




Veo como la gente fluye en ríos que buscan ir a mear. Niñas se agarran de las manos en filas de cinco o seis. Muchos cuellos se giran ante las minifaldas y las medias, ante los leggins apretados. Todo el mundo está disfrazado, hay decenas de miles de pelucas rosas, muchos tíos en falda y con tetas, muchas chicas disfrazadas de futbolistas, de swat, de conejitas y bailarinas. Hoy todo el mundo tiene una excusa para estar de buen humor, el colorido y los tambores han tomado la ciudad y da igual que llueva o que haga frío. Todos los años lo mismo, ya han llegado los días en los que el buen humor y la música en directo espolea nuestros sentimientos y desata los hielos de los cubatas.

Yo, como siempre y como en cualquier lado, no me muevo. ¿Para qué? Hace años que ya no tengo la necesidad de salir a buscar a nadie; si camino no voy a encontrar a nadie a quien me alegre saludar más de un ¡ey, ¿qué pasa? fugaz y casi mentiroso. Y nadie tiene la intención de encontrarse conmigo. Me siento al lado de las palmeras y miro y hablo y bebo y fumo. Siempre he sido más espectador que actor, soy más el que paga para divertirse que el que cobra para mentir. Me gusta que me mientan como me mienten los actores, me gusta que me mientan como me mienten los carnavales. Para mí todas las mujeres disfrazadas tienen su no sé qué. Y todas van vestidas de algo, sobre todo las que no llevan trajes de los chinos y van con su bufanda de comprar en el Mercadona y su sonrisa triste de no querer estar allí. Hace unos años me encontré con una bailarina de peluca lila y mirada chispeante de ron. No hablé con ella, no estuve a menos de cinco metros de ella, creo. Pero la miré y me miró, y la vi. Entendí el disfraz y la actitud que lleva inherente, como si fuera la protagonista de una película. Me gustó su mentira tanto que me pregunté por su verdad, ¿quién sería, qué color de pelo sería el natural? Preguntas que sólo duran lo que dura el botellón. Nada interesante.

Pero ahora, sentado y sin pasar frío, miro a mi alrededor y pienso en la gente moviéndose y me acuerdo de cuando tenía que remover la tinaja con aceitunas de mi tío. Siempre hay gente moviéndose en alguna dirección, yendo o volviendo de algún sitio; todos sonrientes y casi bailando. También hay parejas que se apoyan en una papelera y se besan. Un cura intenta llevarse a una bombera al confesionario con la escusa del espíritu santo. Un jugador de fútbol americano alardea de músculos de plástico ante una abeja que bebe en pajita y oscila ligeramente sus caderas. Niños de trece años son sujetados por sus amigos que, descojonados, intentan que se recupere de la borrachera. Y nadie hace nada. Ni yo.

Me gusta estar en mitad de todo, como cuando colocamos la bolsa de hielo en un sitio desierto y ahora hay caminos hechos de espaldas encontradas que atraviesan la masa como los senderos de las cabras. Da igual dónde te pongas, siempre va a pasar alguien por tu lado. Desde donde estoy nadie repara en mí, ni para pedirme tabaco, cosa que me alegra esta noche porque estoy especialmente alegre y acabaría por regalarlo casi todo.


Bebo un trago largo de mi copa y pienso que soy como un niño grande en el cine, que en lugar de palomitas bebe gintonics y que mira atentamente al fascinante espectáculo que tiene delante. Porque todo lo que veo son representaciones, interpretaciones desinhibidas de aquellos que se han liberado de su cara y su aspecto y se sienten invisibles y divertidos. No existe otra cosa que no sea el disfraz, no hay disfrazado, no hay pasado en una noche que cada año se repite como un ritual necesario para todos; porque es muy divertido disfrazarse de lo que sea con tal de no ser uno mismo. 

Tú eres un encanto de niña.


Tú eres un encanto de niña.




Yo estaba sentado, como siempre, cuando aparecieron dos muchachas dispuestas a comerse el mundo. Se sentaron en la mesa de al lado y empezaron a charlar. No me interesaba mucho la conversación, yo estaba más a mis pensamientos, que iban desde el ridículo de la primera vez que cogí la bicicleta por la ciudad hasta si debería empezar ya a beber cerveza. Eran la una menos diez y sentía aún un cuerpo matutino; la cerveza siempre a partir de la una, antes siempre café o zumitos. En algunos lugares se empieza a las doce, pero yo no los frecuento, me parecen extranjeros y extraños. El caso, que estaba deambulando por mi pensamiento cuando una de las muchachas dijo algo que rasgó la entretela de mi ensimismamiento:

— Tía, lo importante es que te aporte cosas.

Entendí que estaban hablando de chicos y agudicé el oído. Siempre he sido algo cotilla y no me importa reconocerlo. Mi ánima es una amiga que ya no suele rivalizar conmigo de forma belicista, más bien al contrario.

— ¿Pero qué cosas le aporto yo? ¿Y si se cansa porque le aburro, y si lo agobio? — decía la muchacha más alejada de mí con claros síntomas de miedo en el rostro.

— Si está contigo es por algo — sentenció la otra.

¿Qué es el amor? Me pregunté en ese momento. Una de ellas tiene problemas con la pareja, problemas del futuro condicional. Se pregunta constantemente y si... Y la amiga le responde que lo importante es lo que pueda uno asimilar, que lo que se aporta está ya implícito en uno mismo, que lo fundamental es que lo de fuera te pueda llenar, cubrir y rodear. Las preguntas de la de las dudas son buenas, dolorosas y sinceras. Se ha caído la máscara de los primeros tiempos, del enchochamiento más carnal y lascivo, pero también cariñoso e infantil. Seguramente el destrozarse de la máscara contra el suelo debió ser un ruido atronador, como si todo lo estable estallara y no hubiera lugar para esconderse de la metralla. De ahí ese miedo y esa postura ligeramente encorvada, buscando refugio.

— De verdad, te rallas por unas cosas... ya me gustaría a mí que se hubiera fijado Arturo en mí. Tía, es guapísimo, viste bien y tiene dinero. No sé qué cosas te piensas. — dijo la amiga de la miedosa.

— No todo es eso, Sara.

— ¡Ya lo sé Jara, coño! Pero es que además es médico, y tiene libros en casa. Y ya sabes: si no tiene libros en casa, no te lo folles.

— ¿Y yo qué? — preguntó Jara con la esperanza en los ojos de oír algo que la convenciera y la animara, pero Sara no tenía pinta de ser así.

— Tú eres un encanto de niña, lo sabe todo el mundo.

Y ahí vi cómo las esperanzas de una verdad donde ella fuera como se creía antes se desvanecieron. Se las estrujaron hasta dejarlas secas. Sara creía ayudar a su amiga diciéndole lo que a ella le gustaría. Entendí que en ningún momento había intentado ayudar a su amiga. No había entendido la situación, con comprendía el sufrimiento de su amiga, no hablaba el mismo idioma. Ella intentaba decirle a su amiga lo que podía, que no era mucho, y siempre bajo la lupa de su propia intención. Se hablaba a ella e intentaba que su rasero fuera el mismo para su amiga. No había comprendido que Jara lo que quería no eran banalidades, si no saberse acompañada por alguien que pudiera entenderla. Esa sensación y el sonido de la máscara contra el suelo la había dejado un poco sorda y distraída. Buscaba una voz a la que agarrarse ya que la suya le parecía irreconocible. No buscaba consejo, buscaba recuperar su voz.


Las muchachas se fueron y me quedé yo pensando en ellas y en cómo estamos de obsesionados con los demás. Para todo pensamos en los otros, para cualquier cosa nos influyen. Llenan nuestra cabeza con sus prejuicios, con los nuestros hacia ellos, con sus intenciones, críticas y halagos. Y ya no nos oímos, y así no podemos escucharnos. Vi marcharse a las amigas y me fijé en Jara. Y pensé que si se sentía asustada por estar sin máscara, eso sólo era razón suficiente para que cualquier hombre no se fuera de su lado. 

Las respuestas no existen.

Las respuestas no existen.



¿Sabéis ese punto en el camino en el que lo mismo te da seguir hacia delante que pararte, que retroceder y volver? Pues ahí estaba yo, en el puto medio de cualquier parte, a la misma distancia de mis sueños que de mi nacimiento. Y ahí, sentado en una piedra que encontré, me puse a pensar en qué pasaría si siguiera hacia delante. Pero esa pregunta lleva adheridas muchas emociones y matices, y más preguntas. ¿Qué es seguir hacia delante? ¿Es verdad todo lo que he vivido? ¿Soy yo, en alguna de mis formas, real?
Eso es lo que tiene de peligroso sentarse a pensar, que no sabes qué se te puede ocurrir. El otro día me paré, como ahora, pero en lugar de reposar mi culo sobre una piedra lo hice sobre una silla medio rota que me estaba esperando. Estaba más atrás en el camino, pero en ese momento era el lugar más alejado que conocía. Estuve ahí sentado varios minutos, decenas de ellos, pensando en lo mismo en lo que estoy pensando ahora. Removiendo como si fuera una densa sopa fría todos mis recuerdos y mis emociones, y las emociones que me producían esos recuerdos. Pero no saqué nada en claro, como ahora. ¿Quién se para a pensar y es capaz de encontrar respuestas a la primera, a la segunda, a la décima? Yo nunca he sido capaz de atisbar, ni de lejos siquiera, una sola respuesta a algo que me haya preguntado. Sí, vale, las respuestas existen, pero no sé dónde. Muchos parecen tenerlas todas y cuando me ven serio antes de un examen me dicen que no me preocupe.

—No te preocupes tío, la suerte está echada. — y se van, así, como si me hubieran solucionado la vida.

También me suelen decir cuando algo va mal que todo saldrá bien; pero nunca he oído a nadie decirme cuando las cosas van bien que no me emocione, que ya empeorará la situación. Nadie es nunca sincero cuando se trata de dar respuestas. No son sinceros ni consigo mismos, y esto es porque sólo les interesan las respuestas. Nunca han sentido la fuerte punzada de una buena pregunta en la parte de atrás de la cabeza, como un martillazo, que te deja medio tonto y mareado. Yo nunca he visto una respuesta volando hacia mí cuando soy yo el que formula una pregunta en el pensamiento.
La última que me golpeó lo hizo con tanta fuerza que caí al suelo y creía que perdía el conocimiento. ¡Ojala, quizás sin conocimiento pudiera haberme metido dentro de la respuesta! Pero qué va, sólo fue un susto. Justo después del golpe el cuerpo se te queda entumecido y te hormiguean los dedos de los pies, las manos, y todas las ideas. La pregunta fue: ¿ por qué seguir andando?
Andando entendido como seguir el camino, como una procesión hacia la muerte que no se detiene. Yo no temo a la muerte, pero ignoro el propósito de seguir avanzando hacia ella. Y otra pregunta vino tras la primera y me golpeó en la cara: ¿me acerco a la muerte o me alejo de mi nacimiento? Y otra: ¿notaré cuando me quede menos tiempo del que he vivido, cuando traspase la mitad de mi vida? Opté por quedarme en el suelo con las manos en la nuca y las rodillas en el pecho, pero no lloré, yo ya no lloro, hace tiempo que dejé de hacerlo y ahora se me ha olvidado por completo. Igual es por eso por lo que las preguntas duelen tanto.

Me quedé así, como un feto, porque tenía la ilusión de que viniera una respuesta por el aire, con aspecto blanquecino y luminoso y me dijera por qué debería seguir andando por mi vida, o por qué debería dejar de hacerlo; pero no vino nadie, sólo unas muchachas muy bellas que se rieron de mí y me hicieron burlas. Y me pareció que ellas tenían la respuesta y no me la querían dar, y las odié y las maldije por lo bajo y por lo alto. Una se giró y me miró, pero no dijo nada, me puso ojos de desprecio y se giró dejando que su pelo se moviera y reflejara el sol poniente antes de criticarme con sus amigas. No quise moverme durante un rato, temeroso de más preguntas. Pero una vez creí que no iba a venir ninguna más, me puse de nuevo en marcha. Y así he llegado hasta aquí.

Pensé que igual no había llegado a donde crecen todas las respuestas, que debía seguir avanzando sin que nada me perturbara y sin miedo a las preguntas. Y eso hice, y por eso estoy aquí, sentado, recordando golpes con la sensación de que da igual que avance o me quede sentado, las respuestas no llegan nunca. Pero ¿para qué las queremos?

#Sueña.

13 de diciembre 2015
#Sueña.




Sueña con un mundo mejor, con los niños pobres desaparecidos, con el hambre extinta; sueña con utopías coloridas, con la justicia universal, con la conciencia ecológica; sueña con tu coche y tus futuros hijos, con tu vida a la americana que siempre has querido. 

Queremos que sueñes con una moral homogénea, con buenas personas; sueña con derechos que no discriminan, con una sociedad sin prejuicios. Sueña y pon esa cara de niño que tienes cuando estás indefenso. Sueña tumbado y a oscuras, solamente iluminado por la pantalla del móvil. Sueña con lo que te han dicho que te mereces los de El Corte Inglés para estas rebajas. 

Queremos que sueñes y descanses bien. Queremos controlar tus pesadillas. Publicidad subliminal. Máquina del fango. 

Sueña, pero no queremos que pienses. Porque nos gusta que la gente luche por sus sueños, pero no que defiendan sus ideas. No tengas ideas, ¿para qué? si ya te enseñamos nosotros cómo debería ser el mundo. Sueña, te lo mereces; ya habrá alguien que piense por ti. 

#Queremos hacer.

30 de noviembre 2015

#Queremos hacer.


Se dice que el ser humano es el único capaz de ser consciente de su propia muerte, y siempre que lo he oído mi sensación ha sido de orgullo, de elegante inteligencia y superioridad. Pero no creo ahora que eso sea tan así. Tener constancia de la invención que supone el tiempo es sentir esa sensación de aburrimiento activo en la que no paras de buscar cosas que hacer y ninguna te satisface. El tiempo, como las matemáticas, son inventos humanos para hacer el mundo más sencillo y comprensible. Por eso parece que somos cada vez más máquinas. Dividimos el tiempo para hacer más cosas, nos aferramos a la idea de que cuanto más rápido pase, mejor; que cuantas más cosas quepan en él más grande se hace. Queremos una vida longeva llena de experiencias amontonadas. No queremos que pase el tiempo... porque no queremos envejecer, porque con el paso del tiempo lo bueno se acaba, lo que ha subido baja y todos mueren.
Queremos hacer. Dos verbos que resumen la condición humana. La primera persona del plural con sujeto omitido que precede al verbo de la letra muda. Escribimos cinco letras y pronunciamos cuatro; suena a propósito de fin de año. Siempre deseando, toda la vida puesta en el futuro, arrojada y expectante. 

¿Qué es el futuro?

El futuro es un lugar donde siempre habita la mejor versión de nosotros, es un espacio donde cabe el mundo entero, donde habremos aprendido de los errores, donde sabremos cómo ser felices; allí se nos habrá curado todo, estaremos de pie después de habernos levantado ocho veces de siete caídas. Es un tiempo donde hemos aprendido del pasado, donde pondremos en práctica, por fin, el carpe diem. Allí estarán ellos, y ella, o él, y los demás. Siempre hay gente que sonríe en el futuro; y a penas quedarán lágrimas cuando lleguemos.
Queremos hacer. Intención vaporosa y solidaria. Es una buena intención, una proposición que sueña que puede cambiar el mundo. Sólo basta con querer, quererlo muy fuerte y mucho, te dicen. Un queremos sin pizca de amor, un verbo que al conjugarlo varía su significado. Cada vez significa más cosas, y cada vez menos. Cuanto más, menos. Siempre es así. Cuanto más tiempo fuera, menos tiempo dentro. Cuantas más cosas quieres, menos tiempo tienes para ellas. Cuanto más tiempo tienes para tus cosas, menos puedes hacer.

¿Por qué queremos hacerlo todo?

Porque creemos que si  perdemos el tiempo perdemos dinero. El tiempo es oro. ¡Pues deme todo el tiempo del mundo y seré rico, para ti tus billetes, yo tengo oro! Pero el tiempo no existe, por eso todos nos vamos sin nada. ¿O es el oro lo que no existe, y por eso nos vamos de esa  manera?

Ya no necesitamos las dos monedas para Caronte, y eso es porque ya no sabemos hacia dónde vamos. 

#Dos minutos de silencio.

16 de noviembre 2015

#Dos minutos de silencio.




Un minuto de silencio por las víctimas. Un minuto de silencio en el que poder entregarnos a nuestros pensamientos. Respetamos el minuto y nadie habla, muchos lloran, todos piensan y se abstraen. Terminado el minuto todo vuelve a la normalidad, las bocas vuelven a pronunciar opiniones que vienen de lejos. 
Nada más saberse el ataque terrorista las redes sociales se llenaron de indignación, todos los teclados y las pantallas del mundo occidental ardían en enojo y frustración; en inseguridad. Podría haberle pasado a cualquiera, podría haber sido en cualquier ciudad. Todos somos París, y París es todo occidente. 
Pediría otro minuto de silencio, a continuación del primero de recuerdo, para pensar en el presente, en dónde estamos y cómo estamos. Reflexionar, no sólo sobre lo ocurrido, si no sobre todas las cosas que podamos. Y yo pienso: estamos alienados por toda la propaganda del bienestar, de lo efímero y fútil, del ocio como despertar y como condición humana. Estamos alejados de la muerte, que sólo viene a vernos en familiares y en las noticias. Nos hemos acostumbrado a ver el mundo a través de la seguridad de internet, todo a través de una pantalla, todo más cerca y más lejos. Pensamos que como aquí, en occidente, hemos desechado a Dios y el laicismo a tomado cada rama de la vida, como la religión se pretende eliminar de la educación todo el mundo ha hecho lo mismo. Hablamos del exterior con un deje de altanería. Vivimos bien, deseamos vivir mejor dentro del estado de derecho que parece universal. 
El ISIS no es nuevo, no ha aparecido ahora, este no es el primer atentado que perpetra. Pero casi todos han sido fuera. Y los vemos y nos indignamos, nos quejamos, opinamos en las redes y volvemos a nuestra vida. Ahora ha sido aquí, y habrá más aquí y más ahora. Habrá más sangre y más cadáveres. He leído a gente que reivindica más repercusión para lo que sucede fuera, para los atentados en Beirut, o donde sea. Gente que, tras la masacre del 13N se queja de que hay gente muriendo fuera y nadie dice nada. Gente que dice que por qué los muertos de aquí son más importantes que los de allí. Y, en cierta medida, comparto la pregunta; pero la respuesta que se me ocurre es la siguiente: 
Aquí estamos acostumbrados a lidiar con la muerte en forma de enfermedad, en forma de machismo o de accidentes, estamos acostumbrados a ver el mundo que está fuera de occidente a través de una ventana antibalas. Pues bien, nos ha alcanzado. Y no son más importantes las victimas de París que las de Beirut, ni que ninguna otra. Pero siempre hemos pensado que el ISIS estaba fuera, que a nosotros no nos tocaría. La sociedad del bienestar no está hecha para la guerra, no está preparada para el terror ni la sangre. Decimos que hemos dejado atrás las guerras, que nos dimos cuenta de lo que hacíamos con la Segunda Guerra Mundial, que el tiempo de las cruzadas quedó atrás y enterrado. Pero no somos todo el mundo. 
Yo también condeno los atentados, a mí también me hierve la sangre, también estoy bloqueado e indignado. Han venido a nuestra casa, como ya sabíamos que pasaría. Pero ¿cómo se lucha contra un enemigo invisible? Porque no sabemos donde está ni quién es ni lo que es capaz de hacer. Porque no atentan contra nadie, si no contra todos, no tienen intereses económicos, no tienen un plan en el que ellos salgan vencedores, no al menos en este mundo. Ellos creen en el cielo, buscan ser mártires, quieren elevarse y trascender. Y nosotros no entendemos eso, no entendemos cómo se puede pensar en morir matando, no nos entra en la cabeza. Y por eso estamos indefensos. ¿Por qué moriríamos nosotros? ¿Por qué mataríamos? ¿Mataríamos por la vida, por los derechos humanos, por venganza? 
Están aquí y no sabemos que hacer, nos han pillado indefensos. No atentan contra alguien, ni contra un país, atentan contra nuestra forma de vida. No es cuestión de religión, al menos no para nosotros. Ellos no entienden que vivamos así, como nosotros no entendemos que mueran matando. 
Por eso pido el minuto de silencio posterior al de recuerdo. Un minuto para pararnos a pensar qué se puede hacer contra esta gente. Pediría más de un minuto si se pudiera, porque, cualquier solución que se dé traerá más muerte. 

#Las piedras del camino.

3 de noviembre 2015



#Las piedras del camino.




¿No cambia tu suerte? Ya sé lo que pasa, que siempre tropiezas en la misma piedra y al rascarte la rodilla o la cara, toda manchada de sangre, miras hacia el suelo y ves la postura pétrea y firme de lo que te ha hecho caer; maldices en voz alta y por dentro la mala saña del destino, del camino, de los minerales inservibles y dañinos, quizás hasta un poco malvados. Te levantas y caminas, sigues caminando hacia el frente mirando cada ciertos pasos hacia atrás, sonriendo por dejar la piedra alejarse  y poder empezar a olvidar esa caída dolorosa. No olvidas la piedra, no olvidas la caída; sólo olvidas los pasos anteriores a caerte. La piedra es el enemigo, tú no has hecho nada, no tienes culpa de nada, es la voluntad del mineral lo que hace que te precipites a comer suelo, aún sin hambre. 

Pero más adelante en el espacio y en el tiempo vuelves a tropezar y a caer, la misma sangre, las mismas heridas, la misma piedra que sonríe desde el suelo con una mueca altanera y un deje de chulería. Y repites el proceso y las maldiciones. Vuelves a avanzar mirando hacia atrás, esperando que en algún tramo llano puedas coger carrerilla para llegar más rápido a la meta. 

El tropiezo es algo de lo que no podemos escapar, nadie puede caminar por la naturaleza sin precipitarse alguna vez, no existe un camino llano por el que podamos deambular sin que nada se nos interponga. Lo único que podemos hacer mientras avanzamos es pisar fuerte y seguros el suelo, nuestro suelo; si nos dejamos distraer por caminos paralelos, por caminos ajenos, por cualquier cosa que no seamos nosotros mismos... tropezamos y sangramos en la tierra seca. No es la piedra la que nos persigue, somos nosotros los que, en un cabreo febril, la cogemos y la arrojamos hacia el futuro con toda la rabia y la fuerza de las que somos capaces. Vamos persiguiendo ese tropezar que seguro llegará. Somos nosotros los que vamos poniendo las piedras en el camino. 

Una muchacha sólo sale con capullos que le son infieles y sólo la quieren por su físico. ¿Cuántas veces se ha dejado engañar ya? Todos los hombres son iguales, o si no lo son, todos los que son unos cabrones le tocan a ella. Ella, que le gusta leer novelas simplonas y que entretienen, busca a un tío que le dé qué pensar; ella, que le gusta salir de fiesta y beber busca un hombre tranquilo y sosegado; ella, que sólo conoce las discusiones a voces y considera normal llevar siempre la razón quiere una pareja que la escuche y la entienda, con la que se pueda hablar de cualquier cosa. ¿Cómo va a encontrar algo así cuando no deja de buscar en los mismos lugares? El amor, que se encuentra tras un vaso de alcohol y en la noche, la mayoría de las veces, es algo vacuo y superficial. Se pretende encontrar la pareja donde todos van a follar. Puedes ir a follar, puedes follar y pasártelo bien, pero en el fondo de cada cual tenemos metidos que el amor es algo que merecemos y que, tarde o temprano, llega inexorable, no se puede parar, no hay frenos que lo puedan detener. Pero, ¿qué amor quiere quién exige cosas que carece? Ahí arrojamos la piedra pensando que nuestra fuerza es todopoderosa y que saldrá de la órbita de nuestro mundo, de nuestros pensamientos, para alejarse hasta el final de los tiempos. Las piedras del camino no son cometas, no son cosas exteriores al mundo interior. 

Pensamos nuestra vida como si fuera un camino llano y hermoso, con grandes vistas en todas direcciones y nos enfadamos cuando vemos que es hostil. ¿Qué hemos hecho para merecer esto, por qué a nosotros, por qué la mala suerte? Un secreto: el mundo es hostil con todos, no hay una razón ni una intención en hacernos caer. 

Reconoce por donde caminas, reconoce tus pies y tu fuerza para lanzar las piedras lo más lejos posible. Pero, sobre todo, reconoce que ese camino que andas es el tuyo y que no es recto, no está construido, no está el mundo aplanado a tus voluntades  para que te desenvuelvas con naturalidad y rapidez. El mundo no nos pertenece y no nos tiene que agradar. Tropezar con las piedras es algo necesario, pero la culpa no es de la piedra, la culpa es de esperar que todo vaya sobre ruedas.